| Presencia-Opinión |
| De Kosovo a Irak: la militarización corporativa
del petróleo Por Sylvia Gómez Saborido (Noticias Obreras, marzo/2003) |
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En junio de 1999, tras el cese de los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia, las fuerzas americanas se posesionaron de 1.000 acres de tierra en el sureste de Kosovo, justo en la frontera con Macedonia-valle de Presevo, y comenzaron la construcción de una nueva base. Gran proyecto de ingeniería, Camp Bondsteel es objeto de interés en las revistas especializadas; en una de ellas, el coronel Robert L. McClure escribía que el proyecto para la construcción de una gran base americana en Kosovo “se inició antes de que se lanzase la primera bomba”. Hoy, Camp Bondsteel es un enclave, acostumbran a comentar las tropas de la KFOR - que tienen denegado el acceso a ella-, tan visible desde el espacio como la muralla china: 25 kilómetros de carreteras, 300 edificios, 14 kilómetros de empalizadas de tierra y barreras, 84 kilómetros de alambre de espino, 11 torres de vigilancia y más de 7.000 soldados forman el complejo. La presencia cada vez mayor de tropas estadounidenses en Bonsdteel (¾ partes de todas las desplazadas a Kosovo) aparece acompañada de una creciente actividad de las organizaciones recicladas a partir del viejo Ejército de Liberación de Kosovo -UCK-, como la UCPMB o la UCK Macedonia, que actuan contra serbios, albaneses y gitanos con práctica y total inmunidad en el sector norteamericano, siguiendo la nueva limpieza étnica desatada tras la caída del poder serbio y la desintegración de Yugoslavia. Como más tarde ocurrió en Afganistán con la Alianza del Norte, o en Irak con el Congreso Nacional Iraquí, las tropas americanas proporcionan un interesante intercambio de servicios, en el que las milicias locales protegen las instalaciones norteamericanas (militares o comerciales) y, a cambio, se les proporcionan armas o/y el monopolio, en este caso, del tráfico de droga (la UCK controlaba durante la guerra de 1999 el 70% del tráfico de estupefacientes hacia el oeste de Europa). Camp Bondsteel es también parada obligatoria para los discursos de los hombres máis importantes del gobierno Bush. En 2001, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld les explicaba a las tropas el papel que desarrollarían en la nueva Administración: “¿Cuánto debemos gastar en nuestras fuerzas armadas?. En mi visión, nosotros no gastamos en vosotros. Los hombres y mujeres que sirven en nuestras FFAA non son una pérdida para nuestra economía; en realidad, vosotros sois la salvaguardia. No sois un peso, sois un pilar fundamental para nuestro crecimiento”. ¿Tiene Camp Bondsteel, además de su maximalismo, un lugar especial al sol en la política exterior norteamericana? Rescatando un artículo del muy leal Washington Post anterior al inicio de la guerra de Kosovo, encontramos una clave: “con Oriente Medio más y más frágil, las bases de los Balcanes nos sirven para proteger el petróleo del Mar Caspio (...) que requiere una solución a largo plazo para su transporte hacia los mercados europeos y americanos”. El crudo sale del mar Negro y, eventualmente, llega al Mediterráneo, pasando por los Balcanes. Identificados ya los componentes -bases, drogas y petróleo-, Camp Bondsteel se sitúa en un lugar vital entre los corredores energéticos en construcción en los Balcanes, muy destacadamente, el oleoducto Transbalcánico AMBO, sponsorizado por Estados Unidos a través de Exxon-Mobil y Chevron. Ambas compañías deben también servicios a otra, cuyo trabajo es mucho más importante. El contrato de servicios de Camp Bonsdteel, tomado como importante referencia de los métodos corporativos del actual militarismo norteamericano, es el mayor de una serie de contratos militares encargados a la Brown&Root Services. La fortuna de esta compañía ha crecido de la mano del intervencionismo americano en el extranjero y de la creación de “zonas grises” del comercio criminal, aquel que es combatido en teoría por algunas agencias norteamericanas (la DEA) y favorecido en los hechos por otros (la CIA). Conocida desde la Administración de Lyndon B. Johnson como principal adjudicataria en la construcción de embalses, B&R diversificó más tarde sus actividades con la construcción de plataformas de petróleo, bases militares, puertos e instalaciones nucleares. Conseguida la prosperidad con las concesiones otorgadas en la guerra de Vietnam, B&R opera ahora en Bosnia, Croacia, Kosovo, Hungría, Chechenia, Ruanda, Somalia, Pakistán, Laos, Indonesia, México y Colombia como filial de Halliburton Corporation, la más importante suministradora de productos y servicios para la industria petrolera norteamericana. En 1992, Dick Cheney, entonces secretario de Defensa de la Administración Bush senior, adjudica a B&R un contrato excelente: provisión de servicios al ejército norteamericano en sus “operaciones globales”. Cheney dejó posteriormente la política para ser director general de Halliburton entre 1995 y 2000; actualmente es vicepresidente de EEUU bajo la Administración de Bush junior, y cuenta los éxitos de Halliburton como propios a través de la extensión del modelo (una base que abre y protege un oleoducto) a las repúblicas exsoviéticas tras la incursión del pasado año en Afganistán. Tenemos ya la conexión bases, petróleo, drogas e interés corporativo norteamericano en el modelo de referencia de los Balcanes. ¿Por qué muchos políticos de Europa, cabría decir, de la “Vieja Europa”, piensan ahora que la campaña contra Yugoslavia en Kosovo fue una excusa para la construcción de Camp Bondsteel? Camp Bondsteel está situada también en el núcleo de uno de los proyectos más importantes de la Unión Europea, las RETE (Redes Transeuropeas de Transporte, de las que forma parte el Corredor 8, que la UE privilegiaba desde 1994 como ruta estratégica para la mejora del comercio europeo este-oeste tras la Ampliación. La idea de los corredores europeos se recupera tras la caída del muro de Berlín con el fin de facilitar los intercambios multimodales (mercancías, personas, petróleo y gas, telecomunicaciones) entre la UE y los estados balcánicos, también como prolongación al oeste de los mares Negro y Caspio, y Asia Central. En esta política europea, privilegiar una directiva en vez de otra, o decidir los puertos terminales de los nuevos corredores, significaba rediseñar el mapa de la nueva Europa. Durante la II Conferencia Paneuropea (Creta, 1994) se identificaron diez corredores. Los dos principales pasaban por Skopje (Macedonia): El nº 8, Varona (puerto búlgaro del Mar Negro)- Sofía-Skopje-Tirana-Brindisi, propuesta inicial del “Pacto de Estabilización de los Balcanes” pero con estudio de factibilidadd de la petrolera norteamericana Enron. Actualmente, bajo supervisión no comunitaria -a través del Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial-, con el apoyo Estados Unidos, Bulgaria, Italia y Turquía; en su construcción es visible el papel “estratégico” de las guerrillas de la “Gran Albania”. El nº 10, Budapest-Belgrado-Salónica, apoyado por Rusia, Grecia y Yugoslavia, pero también por Alemania, que querría llevarlo hasta las terminales “propiamente” alemanas. Todos los corredores convergen en Macedonia, por lo que la situación de este país es, desde el punto de vista geopolítico, clave, como lo prueba el hecho del rápido tratamiento que está recibiendo su integración en la OTAN. Solo si comparamos el mapa de los corredores con los del tráfico de drogas controlado por las guerrillas albanesas, se observa la extraordinaria coincidencia en los puntos neurálgicos de las redes estradales y de comunicación de la zona, vigilados, desde satélite o a pie de campo, desde Camp Bondsteel. Tras la “deseuropeización” del corredor 8 a través de su militarización, EEUU liga ahora su trazado a la de su propio proyecto, el Corredor Transbalcánico AMBO. El estudio inicial del AMBO fue llevado a cabo en 1995 por el pluriempleado tandem Halliburton/B&R , desde su sede europea de Sofia, en Bulgaria, país por el que pasan la mayoría de los trazados de corredores transeuropeos antes de entran en Macedonia. Hay, ciertamente, un desencuentro entre los intereses estratégicos de los estadounidenses y de los europeos. Estados Unidos está consiguiendo un control sobre los oleoductos para debilitar la competencia de la Unión Europea, transformando en su beneficio los flujos este-oeste, encontrando mercados para sus compañías, creando una nueva dependencia tecnológica en los Balcanes, y, en definitiva, obteniendo el control estratégico y militar a través del trámite del acceso de los nuevos estados a la OTAN, organización donde los países adherentes a la Unión Europea han encontrado una razón de ser en su incondicional apoyo a Estados Unidos. Ni Kosovo, ni Afganistán, ni Iraq son una excepción en la política exterior norteamericana, prepotente, militarizada y corporativa. La Corte Suprema de Estados Unidos ha determinado recientemente que una corporación estadounidense tiene los mismos derechos que un ciudadano particular. Esta sentencia legitima, a los ojos del gobierno norteamericano, la salvaguarda de unos intereses en cualquier lugar del mundo donde se encuentren empresas del país. Como vimos en Kosovo, muchos intereses comerciales resultan ser gubernamentales y, por extensión, militares. Tampoco los métodos son inconexos –el control de los yacimientos implica el control de los oleoductos; la guerra convencional o antiterrorista implica el armamento y uso anterior y simúltaneo de las milicias locales como carne de cañón; el país es primeramente desestructurado y aislado a través de las sanciones–. Tienen continuidad en el mapa y en la violencia, y violación, de la ley internacional y, antes que nada, de cualquier atisbo de justicia. |
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Sylvia Gómez Saborido é investigadora do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 01/03/2003
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