Ler o artigo en galegoPresencia-OpiniónVolver ó índice / Oriente Medio
Geopolítica, poder y petróleo: Irak y el “nuevo orden” de EEUU
Por Roberto Mansilla Blanco (Tempos Novos, abril/2003)
 
 

La actual guerra que EEUU y sus aliados desarrollan en Irak no es sólo una respuesta del gobierno de George W. Bush a los ataques terroristas del 11/S. Corresponde a una estrategia detalladamente delineada por el Departamento de Estado no sólo para aprovisionarse de los recursos energéticos de Medio Oriente sino para afincar definitivamente la hegemonía de EEUU en el siglo XXI. Esta estrategia, la cual comenzó con la guerra del Golfo Pérsico en 1991, ha venido desarrollándose concienzudamente desde los Balcanes (Kosovo, 1999) hasta Asia Central (Afganistán, 2001), con Medio Oriente y el Cáucaso como regiones geopolíticamente decisivas, sin descuidar la situación de Venezuela como proveedor cercano y seguro. La política de seguridad de Washington consiste entonces en asegurarse de una especie de “cordón” militar en aquellas regiones más explosivas a fin de remodelar el nuevo mundo que se avecina. En el fondo, los riesgos que corre EEUU lo constituyen la acción del terrorismo fundamentalista islámico y los intereses de Rusia, China y las potencias europeas, divididas en torno a la magnitud de este conflicto.

“EEUU no puede ya confiar sólo en una posición reactiva como lo hizo en el pasado”. La cita corresponde al presidente George Walker Bush y data de septiembre de 2002, pocos días después de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Esta declaración del presidente de la principal potencia del planeta resume el marco impuesto por la “Estrategia militar nacional”, un documento que plasma los intereses, las amenazas y las acciones que Washington tiene previstos para las primeras décadas de este siglo. Dicha estrategia fue bautizada por el propio Bush como la “guerra preventiva”, destinada a actuar primero (y, en último caso, de manera unilateral) contra los denominados “enemigos” de EEUU.

Este documento supuso el definitivo enterramiento de la estrategia de contención y disuasión que predominó en la política estadounidense desde 1945 hasta el derrumbe de la Unión Soviética en 1991. Incluso más: algunos analistas consideran que esta estrategia viola los principios del Derecho Internacional establecidos implícitamente desde el tratado de Westfalia de 1648, el cual establecía el derecho de los Estados nacionales a utilizar la fuerza en términos de defensa propia ante una agresión(1).

Desde 1991, la política de Washington en materia de seguridad y política exterior entró en una fase de cierta ambigüedad, aunque los años de gobierno de Bill Clinton supusieron una mayor colaboración de EEUU con la comunidad internacional y a favor del multilateralismo. La primera guerra del Golfo Pérsico contra Irak en enero de 1991, iniciada por el padre del actual presidente Bush, enmarcó muy sutilmente la estrategia que Bush hijo ahora expone de manera más contundente. El “nuevo orden mundial” que Bush padre explicó poco después de la invasión de Saddam Hussein a Kuwait en agosto de 1990 tenía en consideración el colapso de una URSS incapaz de hacer frente al poderío militar de Washington, cuya hegemonía marcaría las pautas de la nueva era histórica que se avecinaba.


El “baile” por el control del petróleo

Parecía obvio que para Washington, la derrota de Irak en 1991, el control de las reservas petrolíferas de Arabia Saudita y Kuwait y la posterior desintegración de la URSS en diciembre de ese año, presentaban un escenario nuevo para la política que EEUU debía seguir. El conflictivo Medio Oriente, con la proliferación de movimientos fundamentalistas islámicos, el eterno conflicto palestino-israelí y la enemistad de diversos regímenes de la región hacia EEUU (casos de Irán, el Irak derrotado en la guerra, Siria, Libia), suponía un problema a mediano plazo, de características inciertas para EEUU. El colapso soviético abrió un nuevo panorama: el Cáucaso y Asia Central, regiones igualmente conflictivas debido a la peligrosa mezcla de rivalidades étnicas, nacionales y religiosas, a su atraso y pobreza de infraestructura, pero inmensamente ricas en reservas petroleras y gasíferas.

Por lo tanto, al abrigo de la administración de Bush padre, personajes que hoy conforman el gabinete de gobierno de Bush hijo comenzaron a trazas los lineamientos necesarios para el aprovisionamiento de esos recursos energéticos que el principal consumidor del mundo debía asegurarse. Condoleeza Rice, Dick Cheney y Donald Rumsfeld, hoy figuras visibles de la política estadounidense, comenzaron a centrar sus miras en las nacientes repúblicas de Asia Central y el Cáucaso. Políticos con mentalidad formada en la “guerra fría” de contención contra la URSS, Rice, Cheney y Rumsfeld también provenían de las intricadas redes de la política energética de compañías tan influyentes como Chevron o Mobil Texaco, con altos puestos de dirigentes en esas compañías.

Fue Condoleeza Rice la que picó adelante. Las reservas petroleras y gasíferas de Kazajstán, Turkmenistán, Azerbaidján, Uzbekistán, Chechenia y Afganistán bien valían la pena para que Chevron destinara una enorme inversión de 10.000 millones de dólares en la región del mar Caspio para iniciar un ambicioso programa de explotación, al cual le siguieron compañías de Rusia, Gran Bretaña, Italia, Escocia, Francia, Japón, China y Alemania, así como las nacientes industrias nacionales los países de la región y otros fronterizos como Irán y Turquía. El problema eran los conflictos étnicos, religiosos y nacionales en muchas de esas repúblicas, cuyos mayores ejemplos eran la lucha de los independentistas chechenos contra Rusia, el avance del islamismo radical, el conflicto armenio-azerí, el de turcos y kurdos o el pantanoso puzzle de Afganistán.

El mar Caspio y Asia Central determinaron una verdadera puja de intereses entre compañías y gobiernos nacionales que terminó provocando un verdadero dolor de cabeza tanto para Washington como para los países interesados en participar de las riquezas de la región. La interminable construcción de oleoductos e infraestructuras chocaban muchas veces con los conflictos locales. Para Washington eran evidentes sus intereses, así como sus dificultades, para poder construir oleoductos que fluyeran petróleo y gas natural hacia un mar abierto como el Océano Índico o el mar Mediterráneo, de allí el proyecto del oleoducto desde Bakú, capital azerí, hasta el puerto turco mediterráneo de Ceyhan, previsto para el 2005, pasando por la capital de Georgia, Tbilisi.

En la actualidad, el conflicto de Chechenia y la intervención rusa en la región suponen para Washington un reto considerable. Del mismo modo, Washington se esfuerza por construir un complejo sistema de alianzas con los autócratas gobernantes de las repúblicas de Asia Central, incluso ofreciéndoles ayuda militar, para poder frenar la expansión del islamismo radical, para preservar sus intereses petroleros y para mantener a raya a Rusia(2).

El 11 de septiembre confirmó los temores de EEUU para poder asegurar sus intereses petroleros. Con los problemas ya mencionados en Asia Central y el Cáucaso, con un Medio Oriente candente, con el hecho de que Arabia Saudita, principal aliado de Washington en la región, sirviera de cuna para los movimientos terroristas islámicos vinculados con Al Qaeda, y con países considerados abiertamente como sus enemigos (Irak, Irán y Libia), al nuevo gobierno de EEUU parecía no quedarle otro remedio que actuar. Los kamikazes que estrellaron las avionetas contra el World Trade Center de Nueva York le dieron la tan ansiada excusa para iniciar los mecanismos necesarios para lanzarse hacia la hegemonía.


Afganistán, Irak y el nuevo mapa petrolero

El primer paso fue derrocar al gobierno talibán de Afganistán. Acusados de abrigar a Osama bin Laden y su red terrorista, los talibanes apenas pudieron ofrecer resistencia a una coalición militar interna y externa dirigida por EEUU. Asentados ya militarmente en Kabul, las nuevas tropas estadounidenses debían servir de marco para desempolvar los viejos intereses petroleros en la región, papel en el cual Afganistán jugaba un rol esencial por ser territorio de paso para dichos oleoductos hacia el Océano Índico, a través de Pakistán, y por Asia Central, gracias a la política de Washington para acercarse a los gobiernos de Uzbekistán, Azerbaidján y Kazajstán. El objetivo era disminuir el rol protagónico que Rusia, China e Irán podrían tener en la región.

La amenaza del terrorismo islámico también tocaba directamente al Irak de Saddam Hussein, un país empobrecido por la enorme derrota militar de 1991, así como por las sanciones de la ONU y la política de bloqueo de Washington hacia un país que conserva unas reservas probadas a futuro calculadas en 1.200 millones de barriles, lo que haría de Irak el segundo gran exportador a nivel mundial después de Arabia Saudita.

Para Occidente, el interés occidental por Irak no es nuevo. Tras la constitución de la Turkish Petroleum Company en 1911, ya los intereses alemanes, británicos y holandeses comenzaron a jugar fuerte en un Irak que entonces era un dominio del Imperio Otomano. La derrota turco-otomana en 1918 y los mandatos de la Sociedad de Naciones dos años después hicieron de Irak un protectorado británico. El descubrimiento de reservas petrolíferas en las norteñas regiones de Mosul y Kirkuk en 1925 provocaron una atracción irresistible para las grandes compañías petroleras, las cuales se sintieron amparadas por la decisión de la Sociedad de Naciones de hacer de estas dos regiones parte territorial de Irak en detrimento de la Turquía republicana que reclamaba derechos territoriales sobre las mismas.

En 1929 se constituyó la Iraq Petroleum Company, con capital ahora franco-estadounidense, especialmente Exxon y Mobil. La independencia de Irak tres años después permitió a las nuevas compañías firmar jugosos contratos con el reino iraquí. La inestabilidad política del Irak moderno, con el derrocamiento de la monarquía en 1958 y los constantes golpes de Estado y disputas étnicas con las distintas facciones kurdas, chiítas y turcomanas, dificultaron un tanto los intereses de dichas compañías, hasta que la férrea dictadura de Saddam Hussein a partir de 1979 dio un pequeño respiro a las mismas(3).

La caída del sha de Irán en 1979 y la llegada al poder de un régimen fundamentalista marcadamente antiestadounidense hizo del Irak de Hussein un aliado fiel para Washington en la región, junto a Arabia Saudita y Egipto. La guerra Irak-Irán permitió a Saddam aprovisionarse de vastos arsenales militares al amparo de EEUU y Europa occidental. La “luna de miel” entre Occidente y Saddam culminó con la invasión iraquí a Kuwait en 1990, pero no el interés norteamericano en controlar el país.

Tras la derrota militar iraquí y doce años de sanciones, el régimen de Saddam se encuentra absolutamente debilitado política y militarmente. Su infraestructura energética también está altamente deteriorada. Se calcula que el 90% de sus instalaciones están sin explorar y, en algunos casos, una inversión en áreas como la del Desierto occidental iraquí podrían aportar 100 mil millones de barriles más en el futuro. El interés estadounidense y de otras compañías a nivel mundial, especialmente francesas, rusas, chinas, británicas, españolas e italianas, entre otras, se centran en los campos petroleros de Kirkuk y Mosul, al norte, y de Rumalia, al sur. El problema estriba en que al norte las guerrillas kurdas constituyen un obstáculo importante, así como las minorías chiítas al sur. A esto hay que sumarle intereses geopolíticos como los de Turquía, un país que construye a pasos agigantados una gran represa (el Gran Proyecto Anatolia) para aprovechar los recursos hidráulicos de los ríos Tigris y Éufrates. Esta represa pasaría exactamente por la región controlada por los kurdos, enemigos acérrimos de Turquía. Del mismo modo, una presencia militar turca al norte de Irak podría reactivar sus históricas reclamaciones sobre Mosul.

En los últimos años, el régimen de Saddam ha podido oxigenarse económicamente con ventas ilegales de petróleo a sus vecinos, especialmente Turquía, Jordania, Siria, Irán y Dubai, al margen del programa de la ONU de “petróleo por alimentos” instaurado en 1995. Dichas ventas han aportado al régimen de Hussein cerca de 600 mil millones de dólares(4), suficientes como para que Washington considere que una acción militar en Irak les reportaría controlar igualmente dichas transacciones.

Independientemente de la guerra internacional contra el terrorismo que EEUU maneja como su cruzada particular desde el 11/S, los imperativos geopolíticos y petroleros salen a relucir constantemente. En palabras del jeque Ahmad Zaki al Yamani, el influyente ministro de Energía de Arabia Saudita entre 1962 y 1986, “el principal objetivo de la guerra que impulsa Washington es el petróleo”, y saca a relucir un documento presentado por Dick Cheney al gobierno de Bush en el año 2000, en el cual se busca reducir gradualmente y luego eliminar la independencia petrolera de EEUU con respecto a Arabia Saudita. Para Yamani, la guerra en Irak significaría no sólo el control de los recursos energéticos sino una baja sustancial en los precios del crudo que podrían provocar una fuerte presión hacia Arabia Saudita y, en consecuencia, el fin de la OPEP como principal regidor de los precios y la producción(5).

Tan sólo basta observar los primeros movimientos del ataque militar lanzado por las tropas anglo-norteamericanas contra Irak el jueves 20 de marzo, comienzo de la operación militar contra Saddam, para darse cuenta de que el petróleo mueve secretamente los cimientos de esta guerra. La toma de las importantes ciudades de Basora y Nasiriya, al sur, constituyen bastiones importantes para aprovisionarse de los recursos petroleros de esas regiones. La táctica de presionar mediáticamente a los iraquíes para desertar tiene como objetivo evitar que una ofensiva militar mayor provoque destrozos considerables a la infraestructura petrolera, ya que dichas reparaciones estarían a cargo de EEUU. Igualmente revelador es la declaración del secretario de Defensa Donald Rumsfeld de juzgar por crímenes de guerra a todos aquellos que destrocen pozos de petróleo, presas u otras infraestructuras. El norte de Irak es igualmente importante por la posición turca, ya que una intervención militar de ese país en la región buscaría evitar que los kurdos se apoderen de las instalaciones petroleras de Mosul y Kirkuk, y así proclamen su independencia(6).


El nuevo orden de Bush

Para el actual presidente de EEUU, el ataque contra Irak constituye una oportunidad única para remodelar Medio Oriente y reafirmar su doctrina de seguridad nacional que permita afianzar la hegemonía global de Washington. Igualmente, entre políticos como Rice, Rumsfeld y Cheney, se difunde la idea de que el futuro de la región podría conocer una suerte similar a los regímenes comunistas de Europa del Este, con EEUU ejerciendo de director de los cambios políticos en la región, a fin de suplantar regímenes despóticos por mayores oportunidades de democracia y liberalización.

El pensamiento neoconservador de los nuevos halcones de la política estadounidense, así como sus estrategias, vienen ganando terreno en la Casa Blanca desde aproximadamente 1997, cuando un importante e influyente grupo de políticos e intelectuales conservadores formaron el llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Americano (PNSA). Esta especie de think tank busca vertebrar un mundo regido por el poder norteamericano y la conclusión llegada por el mismo es que Irak podría constituir la clave de dicho proyecto, de allí su insistencia en utilizar una fuerte presencia militar en Medio Oriente para preservar los intereses estadounidenses en el Golfo Pérsico, incluso si eso significaba eliminar a Saddam. Personajes que hoy forman parte de la administración Bush como Rumsfeld, el vicepresidente Dick Cheney, el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, altos dirigentes del Departamento de Estado como Richard Armitage y Paul Bolton, y el jefe del Consejo Asesor del Pentágono, Richard Perle, fueron los creadores del PNSA. Dicho grupo preconizaba que la estrategia planteada sólo sería posible si ocurría un “acontecimiento catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbour”. Fue lo que ocurrió el 11/S, cuando el PNSA ya estaba sólidamente establecido en Washington(7).

A tenor de lo rápido y efectivo de la ofensiva militar sobre Irak, la guerra bien podría ser cosa de apenas unas pocas semanas. Pero las consecuencias aún son impredecibles. Un Irak fragmentado dejaría de ser una amenaza para Israel, el gran aliado estadounidense en la zona. Igualmente, la presencia militar de EEUU en el país árabe le permitiría ejercer una fuerte presión a regímenes incómodos como Irán, Siria y Libia, así como aliados tradicionales como Arabia Saudita y Egipto, señalados por Washington como residuos de terrorismo islámico, a tenor de lo sucedido el 11/S. Significativo es el caso de Irán, actualmente cercado militarmente por EEUU desde Afganistán y Uzbekistán hasta Irak, Arabia Saudita y Kuwait.

El nuevo mapa geopolítico de Medio Oriente permitiría un cambio de balanza de poder absolutamente diferente, con EEUU afincando su hegemonía mundial y teniendo en Israel y Turquía como fieles garantes de su estabilidad en la región. Igualmente, la iniciativa estadounidense ha logrado dividir a organizaciones claves del sistema internacional como la ONU, la OTAN y la misma Unión Europea, incapaces de manejar efectivamente una crisis que EEUU y sus aliados británico y español no han dudado en resolver por la fuerza. El nuevo orden de Bush bien podría preservar la eficiencia de la fuerza sobre la del Derecho internacional.

Igualmente, una guerra en Medio Oriente no deja de lado el problema palestino. La reveladora cumbre de las Azores permitió a EEUU, Gran Bretaña y España, diseñar un plan de paz para Palestina que estipule la creación de un Estado palestino con nuevas autoridades, con la consecuente defenestración de Yasser Arafat. De allí el apoyo otorgado por Bush y Aznar al nuevo primer ministro palestino Abu Mazen, recientemente elegido en el cargo y considerado por Occidente como un moderado. Palestina e Irak también podrían convertirse en un jugoso negocio para Washington y sus aliados europeos: se estiman los costos de la guerra en 100.000 millones de euros y la reconstrucción de Irak, en 200.000 millones de euros. Una nueva Palestina significaría inversiones estimadas en 30.000 millones de euros en seguridad, infraestructuras vial, de viviendas y energéticas. Bien manejados estos recursos y previniendo que no ocurran ataques terroristas contra objetivos estadounidenses, la economía estadounidense podría registrar una considerable expansión en los próximos meses.

Con Irak, EEUU cierra parcialmente un círculo concéntrico de intervenciones militares que comenzó en ese mismo país en 1991, prosiguió en Kosovo en 1999 y Afganistán en 2001 y que ahora hace de Washington una potencia interventora desde los Balcanes hasta Asia Central. En el fondo, está la intención de vigilar de cerca a eventuales rivales de su hegemonía, tanto global como regional, en este caso Rusia, China, Europa e Irán. Y el estado de los recursos energéticos. La reciente decisión del Senado de EEUU, influida por el lobby ambientalista, de rechazar la perforación de petróleo en Alaska constituye un duro golpe a los planes de Bush(8). Dicha reserva generaría una producción de entre 6 y 16 millones de barriles diarios, con ganancias de 1.000 millones de dólares anuales para el gobierno. De allí a que Irak aumente en el grado de importancia para el gobierno Bush. Y Venezuela, en el futuro, a pesar de la crítica situación que atraviesa el gobierno de Hugo Chávez y la industria petrolera, antaño uno de los proveedores más seguros de petróleo a EEUU.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é investigador do IGADI.

 
 

 

Notas:

(1) Lourdes Heredia, “La doctrina de seguridad de Bush”, análisis de la BBC de Londres, jueves 13 de marzo de 2003. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/news/newsid_2271000/2271950.stm.

(2) Vicken Chetereian, “Asia Central, retaguardia estadounidense”, Le Monde Diplomátique, edición española, No. 88, febrero 2003.

(3) Antoni Segura i Mas, “Iraq, historia y petróleo”, La Vanguardia Dossier, No. 5, año 2003.

(4) Cifras otorgadas por la agencia informativa árabe Al-Bad.com, capítulo de “Iraq: Economy”.

(5) Ahmad Zaki al Yamani, “La guerra es por el petróleo”. Entrevista de la BBC de Londres, viernes 14 de marzo de 2003. http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/business/newsid_2850000/2850113.stm.

(6) Artículos “Bush: Nos apoyan más de 40 países” y “Turquía abre su espacio aéreo a EEUU y se prepara para invadir el norte de Irak”, El País, viernes 21 de marzo de 2003.

(7) Enric González, “Comienza el gran plan para el siglo XXI”. Especial Extra de El País, viernes 21 de marzo de 2003.

(8) “El Senado de EEUU rechaza la perforación de petróleo en Alaska”, El País, viernes 21 de marzo de 2003.

 
Volver ó índice

Volver ó principio


Ir á páxina de inicio
Instituto Galego de Análise e
Documentación Internacional
www.igadi.org

ÚLTIMA REVISIÓN: 02/04/2003
Fernando Pol