| ¿Una nueva Palestina para el 2005? Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 27/05/2003) |
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El ambiente de tensión que se palpaba en los pasillos del Knesset o Parlamento israelí el domingo 25 de mayo, presagiaban una decisión histórica: la votación sobre la aceptación o no de la llamada “Hoja de ruta” para la paz en Medio Oriente, auspiciada por el denominado “cuarteto” de paz, compuesto por EEUU, Naciones Unidas, Rusia y la Unión Europea. Dicha votación sería la punta de lanza por la que el primer ministro israelí Ariel Sharon, tras consultas apresuradas con miembros de su partido, el Likud, y de otras toldas políticas de la centro-derecha y la izquierda, buscaba crear una nueva fase en el espinoso problema palestino-israelí: propiciar la paz tras 32 meses de violentos enfrentamientos que han dejado cerca de 3.000 muertos. Apoyado tácitamente por Washington y los gobiernos europeos, Sharon logró alzarse con una victoria de 12 votos contra 7, en lo que podría considerarse como la apertura de un nuevo capítulo en la reciente historia de Medio Oriente. Con dicha votación, por primera vez desde su creación, el Estado de Israel reconocía oficialmente el derecho del pueblo palestino a poseer un Estado independiente, con fronteras establecidas. Es de suponer que la principal oposición al acuerdo provino de la variopinta presencia de partidos de ultraderecha y religiosos en el Knesset, opuestos a cualquier concesión a los palestinos. Igualmente, vale la pena señalar que entre los 4 miembros que se abstuvieron se encontraba el ex primer ministro derechista Benjamín Netanyahu. La razón del rechazo estriba en que la mayoría de los votantes de estos partidos son judíos provenientes esencialmente de Rusia y Europa del Este, quienes conforman la mayor parte de los llamados “colonos” judíos que pueblan los asentamientos de la Franja de Gaza y Cisjordania, los territorios donde viven la mayoría de los palestinos. Pero la presión de Sharon a favor del acuerdo, garantizado en el exterior y por la mayor parte de la sociedad israelí (una encuesta arrojó que un 60% de los israelíes apoyaba el acuerdo), motivó a una votación nunca antes vista en el Parlamento. De allí a que el primer ministro de 72 años declarara que “ha llegado el momento para dividir el tramo de tierra entre nosotros y los palestinos”. Al mismo tiempo, esta aprobación abre el camino para una pronta reunión entre Sharon y el nuevo primer ministro palestino, Mohammed Abbas, a acordarse aún fecha y lugar. A la luz de los recientes acontecimientos políticos en Medio Oriente, resultaba clara cuál era la intención por la cual el gobierno de Sharon se abocara ahora en un plan de paz y en la aceptación de un Estado palestino. Tras 32 meses de “Intifada” entre palestinos e israelíes, la batalla militar entre dos enemigos acérrimos como Sharon y Yasser Arafat fue ganada, a un alto precio, por el primero, a tal punto que la ofensiva de hace un año contra el cuartel general de Arafat en Ramallah y el confinamiento del líder palestino, cercado por fuerzas militares israelíes, puede ser considerado como la muerte política para Arafat. Pero esto no detuvo la acción de los grupos extremistas palestinos, especialmente la Yihad Islámica y Hamas, acusados de poseer conexiones con Al Qaeda, y cuya militancia aumenta día a día entre los frustrados jóvenes palestinos. La reciente guerra anglo-norteamericana contra el régimen de Saddam Hussein en Irak y la deposición del dictador iraquí permitió sacar de encima a otro enemigo jurado de Israel, un régimen militarista que podría amenazar la posición israelí en Medio Oriente. No hay que olvidar que Hussein prometió $25.000 a las familias de los terroristas palestinos que atentaran contra objetivos israelíes. Sin Saddam en el poder, con EEUU como gendarme en la zona vigilando de cerca (y presionando) a otros regímenes antiisraelíes como Siria e Irán, y con un Arafat completamente neutralizado, a tal punto que tuvo que aceptar como primer ministro a un miembro moderado como Abbas, el panorama jugaba a favor de Sharon para que éste iniciara las gestiones de aprobar el acuerdo. La decisión del gobierno israelí también refleja hasta qué punto el tema de un Estado para los palestinos ha penetrado con fuerza en la sociedad israelí, como mecanismo válido para poner fin a la rivalidad histórica y la violencia terrorista. De igual manera, refleja la necesidad de reactivar lo ya acordado en Oslo en 1993, pero bajo nuevas perspectivas, lo cual resulta paradójico por el hecho de que el mismo Sharon se encargó de enterrar los acuerdos de Oslo en los más de dos años que lleva en el poder. El acuerdo es sumamente ambicioso en este plan: prevé no sólo el fin de la violencia y la creación para el 2005 de un Estado palestino sino que abre completamente la puerta para que otros países árabes inicien contactos formales con el Estado de Israel, paso previo a un reconocimiento futuro. Pero no todos los puntos en discusión generaron respuestas favorables para la paz y la reconciliación. El status de Jerusalén aún está por discutirse, contando con que las posiciones de ambos son casi irreconciliables: Israel prácticamente ha dejado en claro que no piensa negociar ese punto ya que considera a la ciudad como su capital histórica, misma respuesta que se consigue del lado palestino. El otro punto álgido corresponde al regreso de los refugiados palestinos de las guerras de 1948 y 1967: la decisión israelí manifiesta reservas en este punto, uno de los más importantes porque permite reconocer los derechos palestinos en varias franjas territoriales aduciendo que fueron expulsados en sendas guerras contra Israel. En cuanto a los asentamientos judíos en Gaza y Cisjordania, el acuerdo manifiesta su intención de poner fin a los mismos pero la realidad puede ser distinta, debido a la gran cantidad de “colonos” que allí existen, los cuales aumentan cada año, y que no están dispuestos a marcharse. Dichos colonos cuentan con el apoyo del influyente partido radical de derecha Shas, miembro constante en las coaliciones de gobierno israelíes. También genera incertidumbre la evolución propia de la política interna palestina, ahora que Mohammed Abbas es el primer ministro. Arafat intentará sobrevivir para poder ser el líder que le dio a Palestina un Estado. Abbas es el candidato de EEUU, Israel y Europa occidental para guiar el futuro político palestino, pero deberá confrontar el ascenso cada vez más pronunciado de las opciones islámicas radicales de Hamas y Yihad Islámica, opuestas a todo acuerdo con Israel. El hervidero político palestino será más pronunciado ahora que EEUU ha invadido Irak y se dispone a rediseñar, junto con sus aliados Israel y Turquía, el mapa político de la región. En definitiva, el otrora “halcón” más radical de la política israelí, Sharon, acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad por las conocidas matanzas en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila en el Líbano hace más de 20 años y por la represión en el campo de refugiados de Yenín hace un año, se ha convertido ahora en el principal garante del acuerdo de paz y de la estatidad para los palestinos precisamente cuando su posición siempre fue radical en ese sentido, negándose a negociar con los palestinos sus derechos a un Estado independiente. Quiere pasar a la historia como un hombre que trajo la paz en Medio Oriente, cuando su pasado y presente inmediato demuestran lo contrario. Aunque el panorama regional ha cambiado considerablemente e invite al pragmatismo, mantener el acuerdo costará mucho esfuerzo por el hecho de que la ultraderecha israelí no lo acepta por completo y que el terrorismo palestino puede reaparecer en cualquier momento, atizado por la reciente ofensiva de Al Qaeda. Aunque esté blindado por todos lados, la Hoja de Ruta podría pender de una cuerda floja en cualquier momento. |
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Roberto Mansilla Blanco é investigador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 28/05/2003 |