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¿Primavera georgiana?
Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 25/11/2003)
 
 

La caída del presidente georgiano Eduard Shevarnadze, que los medios de comunicación y las fuerzas de oposición se apresuraron a denominar como la “revolución de terciopelo”, revela un capítulo más de la histórica inestabilidad del Cáucaso y de cómo en la actualidad existe una lucha por el poder entre Moscú y Washington en materia de geopolítica y petróleo para controlar la estratégica región.

Shevarnadze, ex miembro de la KGB y del Politburó soviético y ex canciller en la era Gorbachov, considerado uno de los principales adalides de la Perestroika que le hizo ganar simpatía y prestigio en Occidente, ha venido gobernando al país caucásico desde hace 11 años, cuando éste se hallaba sumido en una atroz guerra civil. Durante todo este tiempo, su habilidad para manejar la política de intereses, si bien logró estabilizar el país, lo llevó a alejarse en diversas ocasiones de Moscú y acercarse a Washington, demasiado pendiente ésta de las reservas petroleras y gasíferas del Mar Caspio y de cómo esos proyectos de extracción, especialmente el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhán, podían pasar por Georgia. De la misma manera como Shevarnadze tuvo la habilidad para ganar terreno político de las ruinas del Estado soviético y sortear las mafias establecidas en Georgia pudo jugar un doble juego con Rusia y EEUU: mientras pedía a Washington el ingreso de Georgia en la OTAN, se acercaba a Moscú para ingresar en la Comunidad de Estados Independientes y pedir protección ante la ola de descontento popular hacia un gobierno que hizo de la corrupción y el pucherazo electoral un modus vivendi.

El problema es que el sórdido y lento juego de poder entre Moscú y Washington terminaron con la carrera política del otrora denominado “zorro del Cáucaso”. La presión popular emanada tras las fraudulentas elecciones legislativas del pasado 2 de noviembre que le dieron a Shevarnadze una ajustada victoria, provocaron el ascenso popular del opositor Mikhail Shaakasvili, un candidato formado en universidades estadounidenses y que posee el total apoyo de Washington. En este aspecto, la situación de Georgia y Shevarnadze es similar a la que ocurrió en la Yugoslavia de Slobodan Milosevic hace tres años, con Shaakasvili jugando el papel que en su momento ocupó el fallecido prooccidental primer ministro serbio Zoran Djindic.

Por su parte, Rusia ha venido moviendo sus piezas en dos niveles: tratando de mantener a un Shevarnadze que en los últimos días tuvo que atar su supervivencia política al apoyo ruso, de allí la mediación a última hora del canciller Igor Ivanov. Por otro lado, el hombre de Moscú en Georgia se llama Aslan Abashidze, líder de la separatista región de Ajaria, un hombre que ha manifestado su oposición a Shevarnadze y a quien esté gobernando en Tbilisi, capital georgiana. Rusia tiene tropas en el país y ha sido notorio el apoyo militar ruso a los separatistas en Ajaria y Ossetia del Norte.

Y es que precisamente el problema que se le presenta ahora a Georgia, Rusia y EEUU es la posibilidad de que el país se desintegre territorialmente, complicando la inestabilidad del Cáucaso y los proyectos petroleros de Moscú y Washington. Al separatismo de Ajaria se le une el de Abkhazia y Ossetia del Norte, esta última una región rusófila. Del mismo modo, a Rusia le conviene mantener a Georgia bajo su órbita debido a la presencia de guerrilleros chechenos en el valle del Pankisi y porque este país es la puerta al Cáucaso y Medio Oriente. Por su parte, si bien Washington obtuvo una notable victoria con el ascenso de Shaakasvili, la situación de éste también es una incógnita. Aunque dentro de 45 días vengan elecciones presidenciales, las fuerzas tectónicas que se mueven en Georgia y el Cáucaso en general giran hacia una peligrosa inestabilidad, con posibilidades de expandirse en la vecina Azerbaiján, otro país sometido al imperio del nepotismo, la represión y la corrupción y que es vital para los intereses petroleros rusos y estadounidenses.

 
 

Roberto Mansilla Blanco é analista do IGADI.

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