| ¿Adiós a la OPEP? Por Roberto Mansilla Blanco (Canal Mundo, 29/04/2003) |
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La cumbre de la OPEP realizada el pasado 24 de abril en Viena, arrojó algunas cuestiones que resultan imprescindibles para conocer cuál será el futuro del mercado energético mundial tras la guerra de Irak. El más que seguro reingreso de Irak en el mercado petrolero, con un gobierno pro-estadounidense y con una capacidad de producción estimada en más de 6 millones de barriles diarios, prevista para dentro de uno o dos años, muy probablemente echará por el suelo el margen de maniobra del principal cartel petrolero para dictar las pautas de aumento de precios y producción. A la importancia estratégica que Medio Oriente y Asia Central tienen para EEUU y los principales consumidores del mundo, hay que sumarle ahora una guerra silenciosa por el control de las reservas de gas natural existentes al noroeste de Asia, donde se manifiesta la pugna de intereses por parte de Rusia, EEUU, China, Japón y las dos Coreas. Los futuros escenarios en materia energética cambiarán drásticamente las relaciones entre países productores y consumidores a tal punto que estamos en vísperas del ascenso de un nuevo sistema internacional no sólo político sino energético. La guerra en Irak ha evidenciado los intereses petroleros de EEUU, Europa, Rusia, China y otros países asiáticos, a tal punto que el control de las inmensas reservas petroleras iraquíes ha constituido un punto de fricción constante entre las principales potencias consumidoras, los grandes productores y los miembros de la OPEP. En este aspecto, hay que estar atentos en la nueva relación que surgirá entre EEUU e Irak y cómo esto afectará a una OPEP definitivamente debilitada, con escasos márgenes de maniobra de ahora en adelante. El control territorial de Irak por parte de las tropas anglo-norteamericanas ha provocado un significativo descenso en los precios del crudo, aunque en la actualidad estén ubicados en torno a los 24,25 dólares por barril. Igualmente, la crisis petrolera venezolana producto de la huelga de dos meses ha logrado controlarse y la producción venezolana ya sobrepasa los 2,5 millones de b/d (según cálculos del gobierno, aunque otros analistas estiman que dicha producción se ubica en torno a los 1,8 millones de b/d). De igual modo, otro productor significativo como Nigeria, envuelto en un atroz conflicto étnico, cuya producción se estima en 2 millones de b/d, apenas logra ahora recuperarse. Esta situación motivó a un recorte de producción por parte de la OPEP hace apenas unos dos meses y a que compañías petroleras como Royal Dutch/Shell, Chevron-Texaco y Total Fina Elf abandonaran sus proyectos en el país africano. Ante este panorama, los planes estadounidenses de reparto del petróleo iraquí comenzaron a activarse con mayor fuerza. La decisión de la Cámara de Representantes de los EEUU de excluir a Francia, Alemania, Rusia y Siria del futuro reparto del petróleo iraquí ha ahondado la brecha existente entre Washington y sus socios europeos. Atenazados por la rápida victoria anglo-estadounidense en Irak y por esta decisión del poder legislativo estadounidense, Francia y Rusia se han lanzado a una carrera por tratar de limar asperezas con Washington, en materia de reconstrucción del país árabe y sobre la nueva situación de los anteriores contratos petroleros de estos países con el extinto gobierno de Saddam Hussein. Tanto París como Moscú han optado, nuevamente, por un mayor rol de las Naciones Unidas en la reconstrucción de Irak. Sin embargo, el interés petrolero de Total Fina Elf y de Lukoil, las principales empresas petroleras francesas y rusas que hicieron jugosos negocios con Saddam, se hace patente. En este sentido, Lukoil es la que más tiene que perder: ha invertido millones de dólares en la reconstrucción del complejo petrolero iraquí ubicado en torno a Kirkuk y Mosul, situados al norte, y los campos petroleros de Rumaila, al sur. Hoy día, el sur de Irak está totalmente bajo control anglo-estadounidense mientras al norte campean las tropas estadounidenses y las milicias kurdas. En los últimos días, el gobierno de Putin nuevamente se ha acercado al de Bush para lograr reacomodarse en el nuevo escenario: tras una conversación telefónica, el presidente estadounidense le aseguró a su homólogo ruso la participación de Lukoil y otras compañías en el nuevo Irak post-Saddam. Pero el papel de países como Francia, Alemania y China aún no está definido: Chevron-Texaco, Mobil y Halliburton están quitándoles poco a poco el mercado iraquí. Del mismo modo y con el fin de posicionarse con fuerza en el nuevo mercado petrolero, Rusia afina silenciosamente nuevas estrategias: la fusión de las petroleras rusas Yukos y Sibneft, que haría del nuevo consorcio la cuarta petrolera del mundo, es una prueba de que Moscú busca desbancar a Arabia Saudita como el principal productor mundial. Cuestión de mercados y realpolitik: el gobierno de Putin intenta salvar los acuerdos rusos en Irak mientras trata de afincar una relación amistosa con EEUU y Europa para vender su petróleo. El que peor parado podrá salir de esta situación es el principal cartel petrolero, la OPEP. El hecho de que un Irak con un gobierno pro-estadounidense ingresará, tarde o temprano, en el mercado energético, enterrando el programa de Petróleo por Alimentos instaurado por la ONU en 1995, está provocando una pequeña guerra de nervios en el seno de la OPEP. De allí la importancia que tuvo la reunión del pasado 24 de abril en Viena. Tras la guerra del Golfo de 1991, Irak fue apartado de la OPEP. Pero ahora el panorama luce distinto. La conformación de un gobierno iraquí muy posiblemente liderado por Ahmed Chalabi, hombre de confianza tanto para el vicepresidente estadounidense Dick Cheney como para el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, apunta hacia una producción petrolera iraquí controlada desde Washington. Un Irak reinsertado en la OPEP echará por tierra los planes de control de precios y producción por parte del cartel petrolero. Una reactivación de la producción petrolera iraquí puede arrojar volúmenes de extracción ubicados en torno a los seis millones de b/d, en uno o dos años, lo que correspondería un 25% de lo que produce la OPEP. Quizás este escenario sea optimista: algunos analistas petroleros como Daniel Yergin estiman que esto tardaría, a lo sumo, diez años. Pero lo que parece inevitable es que, en un futuro cercano, el “nuevo Irak” tendrá un peso decisivo en el seno del cartel petrolero. Esta nueva situación podría arrastrar a otros países productores, como Arabia Saudita, Kuwait y Qatar, a jugar la “carta de Bush” en materia petrolera, a fin de acomodarse en el nuevo orden petrolero internacional. Para todos es sabido que las relaciones entre Bush y la OPEP nunca han sido buenas y la actual administración estadounidense podría estar acelerando un programa de control del organismo, o su definitiva defunción. Esto podría ser mucho más concreto toda vez que el Senado estadounidense rechazó poco antes de la guerra los planes de Bush de extraer petróleo de la Reserva Forestal de Alaska, una batalla ganada en el Senado por los ambientalistas. Un nuevo gobierno en Irak seguramente mejorará las relaciones de este país con Arabia Saudita y Kuwait, los otros aliados de EEUU en la OPEP. Así que la organización podría verse fragmentada en un grupo Irak-Arabia Saudita-Kuwait-Qatar y, posiblemente, Omán y Emiratos Árabes, frente al núcleo que podría conformar Irán, Libia, Argelia y Venezuela, quienes tratarán de mantener la tradicional política del cartel en materia de precios y cuotas de producción. La cumbre de Viena arrojó un recorte de 2 millones de b/d para mantener la banda de precios de 22-28 dólares, una vieja estrategia que puede desvanecerse a finales de año, cuando llegue el invierno y la demanda de los países consumidores presionen por un petróleo más barato. Para esas fechas, la producción de los campos iraquíes de Mosul, Kirkuk y Rumaila podrían estar reactivados. El nuevo panorama petrolero se presume volátil e impredecible, aunque cada vez más ajustado a las exigencias de Washington y sus aliados consumidores. Es por ello la guerra por el control de los yacimientos, comenzada en Medio Oriente hace más de medio siglo y continuada en Asia Central tras el derrumbe soviético, se activará con mayor fuerza en un período estimado de 20 años. La razón estriba en el aumento de consumo que vendrá de varios países asiáticos, especialmente China. De acuerdo a la Agencia Internacional de Energía, para el año 2030 China importará mucho más crudo que EEUU. Es por ello que los planes estadounidenses de control de Irak, Medio Oriente y Asia Central se hacían urgentes, a fin de mantener a raya a China y Rusia, el otro gran jugador de esta partida. Igualmente, EEUU ha dado prioridad a áreas de producción como el Golfo de México, el Delta del Níger y la costa occidental africana, mientras se vigila estrechamente la situación en Venezuela. Canadá, el cual aporta el 17% de su producción a EEUU, también se encuentra en el área de interés de Washington. Del mismo modo, y para evitar futuros problemas de excesiva dependencia del petróleo, la administración Bush ha dado “carta blanca” a sus planes de investigación del hidrógeno como eventual reemplazante del petróleo. Estos proyectos se estiman complicados pero podrían arrojar buenos resultados en un período de 15-20 años. Pero la nueva área geopolítica que cobrará importancia en la agenda de los principales consumidores se encuentra en las reservas de gas natural del noroeste asiático, especialmente la red de gasoductos que se plantea construir desde la península coreana hasta la de Kamchatka, en Rusia, cercana a las islas Sajalín, y pasando por Siberia. El enorme potencial de energía que posee el Noroeste asiático ha sido una constante preocupación para EEUU. La geopolítica del gas natural en esta zona tiene en Rusia al principal jugador. EEUU, China, las dos Coreas y Japón también apuestan fuerte. Todos estos países buscan en el noroeste asiático la clave para reducir sus dependencias energéticas de Medio Oriente. Esto podría traer un carrera de alianzas y disputas entre los principales consumidores y las principales compañías energéticas, con consecuencias geopolíticas trascendentales. Mientras Rusia acelera sus contactos con las dos Coreas, especialmente con el régimen comunista del norte, para el paso de los gasoductos desde la península coreana hasta el eje Siberia-islas Sajalín, EEUU busca romper esta distribución. Las presiones estadounidenses hacia el régimen norcoreano de Pyongyang al considerarlo parte del “eje del mal” y por negarse a suspender su programa nuclear, podrían tener en factores energéticos a uno de sus principales objetivos. Atenazada por EEUU en Medio Oriente y Asia Central, China busca en esta zona la solución a sus demandas energéticas, a fin de construir gasoductos en Corea del Norte que pasen por Siberia hacia China, unido a los proyectos, aún no concretados, de oleoductos desde Turkmenistán y Kazajstán. Por otra parte, Rusia también ve con preocupación los movimientos que EEUU y China podrían estar ejecutando en esta región, de allí a que juegue una posición ambivalente hacia Washington en varias decisiones de política internacional. La importancia energética de la península coreana podría augurar cambios políticos de importancia, como una mayor acercamiento entre las dos Coreas toda vez que los intereses de Washington, Moscú, Beijing y Tokio coincidan en ese sentido. Propiciar el diálogo y la seguridad en esa zona tan volátil y peligrosa sería la mejor baza para disminuir la carrera armamentística en el este de Asia. |
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Roberto Mansilla Blanco é investigador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 02/05/2003 |