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El triunfo del europeísmo formalista
Por Félix Soria (Canal Mundo, 17/06/2003)
 
 

No es cierto. No es cierto que el futuro de la Unión Europea (UE) se dilucide sólo y exclusivamente en la Convención Europea, esa suerte de asamblea de notables que dirige el ex presidente francés Valery Giscard d’Estaing. La configuración institucional de la UE, así como la más que previsible puesta en marcha de dos comunidades que avanzarán con el paso cambiado, se están decidiendo, ante todo, en los despachos gubernamentales de Berlín, París, Londres, Roma, Madrid... e incluso en la Casa Blanca.

El fracaso de la cumbre de Niza, donde se debía haber consensuado la estructura básica que permitiría dar el salto de la UE de 15 socios a la UE de los 25, no fue un revés puntual, ni tampoco fue una solución de urgencia para evitar males mayores. Niza fue un éxito en un aspecto poco valorado. La reunión de Niza (incluidas las siempre sabrosas conversaciones de pasillo) sirvió para dejar constancia de que el proyecto europeísta se ha quedado en lo que se ha quedado. ¡Basta de dar vueltas a las palabras! La UE, tal como la entienden hoy por hoy la mayoría de gobiernos de los Veinticinco (los actuales y los futuros socios) es un proyecto que sólo persigue armonizar mercados, compatibilizar diferentes estructuras económicas y productivas y, sobre todo, abrir y reforzar resortes financieros. Poco más. Los aspectos sociales, e incluso los del apartado de Justicia e Interior, que unos y otros aceptan uniformar muy levemente, sólo se tocan cuando es necesario hacerlo por causas que siempre son de origen económico o geopolítico. La carne y la sangre de la UE (es decir, la población y las fuerzas productivas) apenas cuentan. A veces, ni siquiera cuentan.

Salvo en algunos ámbitos y sectores de Alemania, Francia, Holanda, Bélgica y Luxemburgo, en el resto de países la construcción de una auténtica Unión Europea sólo es apoyada por minorías y, en todo caso, por aquellos que se benefician de las políticas de cohesión; las cuales, para colmo, están a punto de ser laminadas a causa de la racanería presupuestaria de los llamados grandes.

Más que miedo a perder comisarios o representatividad en el Consejo de Ministros de la Unión, los actuales países socios temen perder competencias y el control efectivo de importantes parcelas de poder en aspectos económicos, geopolíticos y, de rebote (¡sólo de rebote!), sociales.

En la trastienda de las instituciones, los consorcios trasnacionales (desde las industrias petroleras hasta las constructoras de coches, pasando por las químicas, farmacéuticas, metalúrgicas o las de alimentación y los transportes) son decididamente partidarias de una Unión políticamente débil y fragmentada. A mayores, en esa ofensiva antieuropeísta participa activamente Estados Unidos, no sólo con las constantes trabas con las que dificulta y distorsiona acuerdos trasnacionales, tanto en la Organización Mundial de Comercio (OMC) como en las relaciones trasatlánticas, sino que también actúa contra la UE en aspectos de seguridad (léase, en la OTAN) y en Naciones Unidas y en los foros que dependen de esta organización (OMI, TPI, UNESCO, etcétera).

¡Basta de compartimentar los escenarios! La configuración futura de la UE, al igual que otros aspectos de la política internacional, no se deciden en foros abiertos. La Convención Europea, la que pilota el inteligente y mediático Giscard d’Estaing, destapa desencuentros y muñe consensos, aunque estos sean estéticos y formalistas. Pero poco más. La Convención Europea también sirve, por desgracia, para distraer atenciones y ocultar (aunque sea involuntariamente por parte de muchos de sus miembros) las cegueras políticas y los egoísmos económicos (casi todos de origen privado) que impiden sacar a la UE del hoyo en el que cayó durante los debates previos a la cumbre de Ámsterdam (1996-97). Los acendrados nacionalismos económicos y “mentales” de gobiernos como el británico (Thatcher dejó huella imborrable) y el español (la esencia del “aznarismo” es básicamente la autarquía), a los que se suma la renovada ofensiva imperialista estadounidense, han mediatizado todos los debates. Por ende, personajes como Silvio Berlusconi contribuyen a que la Convención Europea, y con ella la mayoría de los creadores de opinión de los países socios, reduzcan el problema al simple cómputo de comisarios y de votos ponderados en el Consejo de Ministros de la UE.

No es cierto. No es cierto que las dificultades para desarrollar el proyecto europeísta radiquen en la proporcionalidad de los votos. Las dificultades son mucho más graves e imposibles de superar en la Convención Europea. A la postre, tiempo al tiempo, la Convención y los gobiernos de los Veinticinco pactarán una estructura institucional y un sistema para la toma de decisiones. Pero, lamentablemente, seguirán vigentes el economicismo y el sacrificio constante de las políticas sociales, relegadas para no entorpecer el salvaje y desestabilizador incremento de las plusvalías.

En ocasiones, un ejemplo resume la esencia de los problemas. Veamos uno que, a poco que escarbemos, destapa contradicciones que más pronto que tarde aflorarán. El producto interior bruto (PIB) español sigue creciendo por encima de la media de la UE; o eso dicen las cifras oficiales. Si otorgamos fiabilidad indiscutible a los sistemas que aplican los economistas institucionales para medir ese y otros parámetros, hay que concluir que, en efecto, el PIB español crece con vigor y, por tanto, nada habría que temer en lo económico a corto y medio plazo. Sin embargo, más del 80% de ese crecimiento del PIB es hijo de las plusvalías financieras, de operaciones especulativas y, por decirlo de modo simple, gracias a un concepto de la Economía que antepone la caja registradora a la producción de bienes reales.

Dicho de otro modo, España produce cada vez más, cierto, pero a un ritmo mucho más lento del que reflejan los datos de la Economía, ciencia que algunos están convirtiendo en un saber cada vez menos fiable y menos objetivo.

Lo que más engorda ese crecimiento del PIB son el aumento de las plusvalías financieras, el aumento de la masa monetaria (dinero en movimiento) y, por poner un ejemplo más pedestre, el aumento irracional e incontrolado del dinero que se mueve en sectores como el de la construcción o el de las llamadas empresas tecnológicas. Amén de fenómenos “empresariales” y bursátiles como el de Inditex y el de Telefónica.

¿Qué tienen en común la perversión de la ciencia económica y la construcción de una Europa más estable? Sencillo. Del mismo modo que numerosos ideólogos y creadores de opinión utilizan la ciencia de la Economía como herramienta del sistema, iniciativas como la Convención Europea ya son, en puridad, herramientas con las que los “enemigos” del europeísmo real enredan la madeja de las ideas y ocultan los problemas reales de la Unión. Y el problema número uno es bien simple: la radical ausencia de voluntad política para que la UE sea lo que hace 50 años proyectaron Robert Schuman y compañía.

La Europa económica, política y social se ha quedado en una Europa financiera y comercial que, para colmo, ni siquiera respeta sus decisiones. Prueba de esto es la actual negativa de las instituciones comunitarias a imponer el libre acceso (aunque regulado) de la flota gallega a todos los caladeros de la Unión, incluido el box irlandés, tal como se decidió en 1985.

No es cierto. No es cierto que la Convención Europea afronte los problemas reales de la construcción de la UE. Los notables que dirige Giscrad D’Estaing sólo trabajan con ladrillos para levantar simples tabiques auxiliares. La estructura del edificio la diseñan los gobiernos. Habrá dos UE (la del eje Berlín-París) y la de los nacionalismos economicistas, soberanistas y decimonónicos que defienden los Blair, Aznar, Berlusconi y la mayoría de los dirigentes de los países ex soviéticos.

El debate de los números y de las representatividades es un debate tan aritmético como políticamente absurdo. La esencia es otra.

 
 

Félix Soria es colaborador del IGADI.

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