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El acuerdo de Ashgabat
Por Félix Soria (Canal Mundo, 21/01/2003)
 
 

En 1977, al amparo del entonces todopoderoso, omnipresente e infalible Kremlin, las repúblicas soviéticas de Kazajastán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán asumieron el encargo de Moscú de abrir negociaciones con los gobiernos de Kabul y Islamabad para construir un oleoducto que atravesara Afganistán y rematara en la costa paquistaní. La sempiterna inestabilidad política afgana y las obsesiones anti-indias de Pakistán (la URSS e India habían suscrito un tratado de amistad y cooperación) impidieron que la propuesta fructitificara.

Una vez derrocado el Sha de Irán, cuya política pro norteamericana impedía todo diálogo Teherán-Moscú, animó al régimen estaliniano a proponer a los ayatolás chiíes la idea de construir un oleoducto que permitiera transportar el crudo de Asia Central hasta el puerto de Bandar-Abbas, a orillas del Golfo Pérsico, justo en el Estrecho de Ormuz. Las guerras internas y externas en que se embarcaron los teócratas iraníes frustraron la negociación.

Sin embargo, ahora, 25 años después del primer intento de construir un oleoducto específicamente diseñado para aliviar los problemas estratégicos de los campos petrolíferos de Asia Central, finiquitada la URSS y domado el arisco Afganistán, en los últimos días del año 2002 se firmó en la capital de Turkmenistán, Ashgabat, un convenio para hacer realidad el oleoducto afgano-paquistaní.

El recién suscrito acuerdo multilateral ha sido posible gracias al amparo de Washington y a los compromisos adquiridos por un abanico de inversores de nacionalidad diversa que actúan en coordinación con el Banco Asiático de Desarrollo (BAD), que en puridad es el brazo ejecutor del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI) en el continente asiático.

La ejecución de la obra proyectada, cuyo presupuesto ha sido cifrado en 2.100 millones de euros (valor diciembre del 2002), ha sido confiada al consorcio Chalyk Holding, que tiene sede en Ankara (Turquía) pero en cuyo accionariado están representada media docena de inversores norteamericanos que, a la postre, son los que en realidad controlan el holding.

El convenio, al margen de cuestiones económicas, tiene una enorme trascendencia geopolítica; cosa que, una vez más y por desgracia, ha sido obviada por la mayoría de analistas institucionales e independientes de Europa occidental –máxime en España-, donde la noticia ha pasado prácticamente inadvertida.

La posibilidad de que el petróleo de las repúblicas de Asia Central pueda ser embarcado en la costa del Índico resta valor estratégico a la región del Cáucaso, donde se dilucidan pleitos territoriales y seudo-religiosos cuyo origen –al menos en lo presupuestario- radica en los derechos y rentas que proporcionan los oleoductos que transportan crudo desde el mar Caspio hasta los puertos del mar Negro.

Las reservas naturales de hidrocarburos existentes en Asia Central (Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajastán y Tayikistán) son por su cuantía las segundas más importantes del mundo, por detrás de las existentes en la región que conforman la Península Arábiga y Mesopotamia (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Dubai, Qatar, Irak, Irán).

El pacto suscrito en Ashgabat supone un triunfo para las grandes compañías petroleras y el grupo de inversores estadounidenses embarcado en el asunto. Pero en honor a la verdad y para facilitar la futura tarea de los historiadores dedicados a estudiar los detalles del pasado, es obligado subrayar que ese triunfo ha sido pergeñado sin que intervinieran los asesores de la Casa Blanca más cercanos a George W. Bush. Es más, los arrebatos belicistas del presidente de EEUU podría empañar e incluso frustrar el éxito del sector más pragmático de la Administración estadounidense, pues una intervención militar generalizada contra Irak alterará en mayor o menor medida el escenario político de Oriente Medio, lo que obligará a decenas de gobiernos, incluidos los de Asia Central y Pakistán, a replantearse sus políticas de alianzas.

Por otro lado, el acuerdo de Ashgabat es, un revés para los geoestrategas saudíes, iraníes y rusos, a los que por razones fácilmente comprensibles interesaba mantener en segundo plano la producción petrolífera de Asia Central y, al tiempo, perpetuar el secuestro a que están sometidas las exportaciones de crudo de las ex repúblicas soviéticas, cuyos gobiernos están obligados a negociar con un sinfín de interlocutores el transporte de su petróleo hasta el mar Negro.

Aunque el oleoducto afgano-paquistaní no estará operativo antes del año 2010, según previsiones que los propios inversores han considerado optimistas, los dirigentes de Moscú y de Teherán están obligados a replantear sus políticas en la región y, al mismo tiempo, los líderes de la región caucasiana -sean chechenos de uno u otro signo, así como los gobernantes georgianos y azerbayanos, entre otros- deberán tener en cuenta que la ubicación estratégica de sus países será menos valiosa porque los oleoductos que desembocan en el mar Negro dejarán de ser imprescindibles para las trasnacionales petroleras y para los países que comercializan y consumen crudo de Asia Central.

En el tablero internacional hay peones, máxime si poseen petróleo, que pueden arruinar la mejor de las estrategias y derrotar al más bregado ajedrecista. Si el acuerdo de Ashgabat sale adelante –a pesar de la torpeza geopolítica de Bush junior-, los Putin y Jamenei, los nuevos zares económicos de Rusia y los ayatolás, las bandas armadas del Cáucaso y los amigos del río revuelto que pululan en la región, todos sin excepciones, habrán perdido capacidad de maniobra. Tiempo al tiempo.

 
 

Félix Soria es colaborador del IGADI.

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