| Las anteojeras debilitan la construcción europea Por Félix Soria (Canal Mundo, 04/11/2003) |
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Los mayores de 40 años hemos conocido los carros que empleaban los servicios urbanos de recogida de basura que eran arrastrados por caballos percherones. Aquellos animales llevaban anteojeras para facilitar su conducción por calles y carreteras y, además, para impedir que el sufrido caballo se desviara de la ruta o se asustara debido al paso de los automóviles, o a causa de la jarana de noctámbulos ociosos que se divertían azuzando e increpando al animal. El progreso, aunque sería más adecuado hablar del abaratamiento de las máquinas y de los carburantes, jubiló a los percherones y las anteojeras, salvo en momentos puntuales y para un puñado de casos, han pasado a la historia. Pero hay otras anteojeras. A lo largo de los últimos años, concretamente a partir de finales de 1995, el siempre necesario debate sobre la construcción de una Europa políticamente estable, pacificada y pacífica y, sobre todo, económicamente rentable –este último aspecto es el único que parece importar a los actuales dirigentes de los Quince– ha sido constreñido y, poco a poco, viciado. Los creadores de opinión, con los aparatos de información oficial a la cabeza, han logrado que el rosario de debates que exige la construcción europea quede reducido a dos: Uno, la reforma de las instituciones comunitarias para hacer posible la ampliación –sobre todo la de los mercados– y, segundo, todo lo relacionado con la producción y el comercio –la economía por la economía ya es sustancia y cuerpo ideológico de los partidos mayoritarios en los Quince–. Indudablemente, razonar y hablar sobre y de esas dos cuestiones obliga a tratar aspectos colaterales de indudable calado. Así, por ejemplo, la reforma de los órganos ejecutivos, legislativos y judiciales de la Unión Europea (UE) afecta al conjunto de las administraciones públicas e incluso a los sistemas de representación democrática de cada país socio. Y debatir sobre la actividad económica en la UE implica poner en danza las subvenciones, los aranceles, la Política Agraria Común (PAC), los regímenes especiales impuestos a determinados sectores industriales, la competencia, la productividad, las legislaciones laborales y un largo etcétera de detalles que, pese a las apariencias, no son migajas ni asunto baladí. Pero el interminable sumario de circunstancias, temas, preocupaciones, necesidades, urgencias, plusvalías, equilibrios, ilusiones, salarios, riesgos, aspiraciones, enfermedades, sentimientos, potencialidades, desencantos o proyectos que engloba la llamada construcción europea ha sido reducido todavía más y esos dos grandes asuntos (reforma institucional y economía) han quedado resumidos a sendos apartados: El reparto del poder en las instituciones y el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC). Circunstancialmente –acaso a modo de premeditada maniobra de distracción–, los autores de tanta simplificación (léase Aznar, Blair, Chirac, Schroeder, Berlusconi...) sacan de la chistera cuestiones como la posibilidad de incluir el cristianismo en la futura constitución europea; o bien difunden el enésimo anuncio de que la UE dispondrá de una fuerza militar propia; otro día riñen a Fidel Castro y 48 horas después minimizan o silencian los atropellos de Ariel Sharon y, con la otra mano, envían millones de euros a la Autoridad Palestina para contentar a no se sabe quién; días después firman protocolos de sesgo ecologista (Kioto) e imposible cumplimiento, o bien se rasgan las vestiduras por las matanzas de Timor Oriental tras esperar durante años a que Indonesia masacrara a los timoreses más cultos y más honestos. Y al final, de vuelta al reparto del poder y al acientífico pacto de estabilidad. Pero la cosa no se queda ahí. Lo de repartirse el poder político, cuya negociación ya supone resumir el resumen de la larga lista de cuestiones que abarca la reforma institucional, ha sido resumido –valga la redundancia-- hasta el extremo de que ya sólo se habla de cifras y de proporciones que, por ende, son reinterpretadas veinticinco veces, tantas como la suma de países socios y futuros miembros. En paralelo, el debate económico, que ya había sido limitado a deshojar la margarita del pacto de estabilidad, es minimizado hasta extremos inusitados y ya sólo se habla de cómo y en qué medida hay que reducir gastos (prestaciones) para, por omisión, permitir que las plusvalías y las burbujas (incluidas las inmobiliarias) sigan alimentado el producto interior bruto (PIB) y, de paso, reforzar la concentración de capitales, cuyas dimensiones son prodigiosas y humanamente injustificables (Naciones Unidas dixit). Ningún dirigente económico de la UE ha enunciado, ni siquiera off the record (fuera de micrófono), las preguntas del millón: ¿qué es más desestabilizador para el sistema capitalista, una población trabajadora (incluidos pequeños empresarios y autónomos) que obtiene rentas suficientemente altas para vivir de forma desahogada y gastar más, o un conglomerado bancario y financiero cuyos beneficios crecen año tras año en proporciones que cuadruplican y quintuplican el aumento de los ingresos medios del ciudadano común? Dicho de otro modo, ¿es cierto que un aumento de salarios proporcional al encarecimiento de la cesta de la compra genera más inflación que el incremento desmesurado de dividendos, los cuales, además, apenas alimentan las reinversiones en economía productiva? Las respuestas son la que son. No otras. Pero en el actual proceso de construcción europea y reducidos todos los debates a la mínima expresión, el rigor y la racionalidad oficiales obligan a amontonar palabras sobre el reparto del poder y sobre el pacto de estabilidad, entendido éste como un dogma religioso. Hay que aplicar el pacto de estabilidad a base de reducir el gasto público, ¡sólo el gasto público!, y con él las prestaciones sociales. Y hay que pactar unas instituciones comunitarias tan contablemente equilibradas que, a ser posible, ¡tengan las manos atadas! Los mayores de 40 años hemos conocido las mentiras e intoxicaciones que empleaban los servicios de reparto de basura del régimen franquista para tranquilizar a la ciudadanía. Quienes vivimos aquellos años estábamos obligados a llevar anteojeras para conducirnos con corrección en las calles, en los centros de trabajo y estudio, y en nuestros hogares. Así, con las anteojeras, el régimen evitaba sufrimientos innecesarios. Lo más chocante es que a quienes analizamos sin anteojeras los avatares políticos y económicos de la UE nos tildan de antieuropeístas. Curioso y paradójico, porque nada es más destructor que la exageración. El capitalismo egoísta hace más daño al sistema que la suma de nihilismo y estalinismo. Los percherones estamos dispuestos a seguir tirando del carro, pero sin anteojeras. |
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Félix Soria é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 05/11/2003 |