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La bomba de relojería se apellida Saud
Por Félix Soria (Canal Mundo, 18/11/2003)
 
 

¿Se imagina usted que la denominación oficial de España fuera España de los Borbones? Pues Arabia Saudí es el único país del mundo cuyo topónimo oficial va acompañado del nombre de la familia reinante. La saga de los Saud fue institucionalizada hace 240 años por el jeque Muhamad Ibn Saud, que convirtió en ley fundamental de su entonces incipiente reinado el catecismo de los wahabitas, una secta fundamentalista sunní creada por Muhamad Ibn al-Wahab, coetáneo de Ibn Saud.

El actual monarca saudí, Fahd Saud, es, por tanto, el guardián del wahabismo; amén de dirigir una familia reinante compuesta por unas 3.000 personas, entre las que figuran cientos de jeques y decenas de príncipes.

Los Saud controlan todos y cada uno de los resortes de poder del país, desde las instituciones legislativa, judicial y ejecutiva del Estado hasta los consejos de administración de las más importantes empresas árabes (petroleras y constructoras, servicios y sanidad, transportes y alimentación). Al mismo tiempo, los Saud ostentan la comandancia suprema de las fuerzas armadas y dirigen la policía y la temida Mutawan, el cuerpo de funcionarios encargado de ejecutar las sentencias del Comité para el Fomento de la Virtud y la Prevención del Vicio.

El wahabismo nació en el siglo XVIII como respuesta del clero musulmán a la progresiva secularización de la Administración colonial otomana, que hasta bien entrado el siglo XX gobernó Arabia. Durante la época más negra del imperio otomano, que abusó de la violencia hasta extremos inusitados, las reivindicaciones religiosas de Ibn al-Wahab se mezclaron con reclamaciones civiles y políticas. Poco a poco y gracias a su influencia en hogares y colectivos sociales, los cuadros wahabitas tejieron una vasta red de complicidades.

La doctrina wahabita caló, sobre todo, en los clanes arábigos de hábitos nómadas y dedicados en su mayoría al pastoreo. El credo de la secta hizo suyos los postulados de la escuela jurídica hanbalí, cuyas esencias teóricas fueron enunciadas por Ahmed Ibn Hanbal, que fue el más puritano, tradicionalista y panárabe de los juristas formados al amparo del califato abasí (siglo XI).

Los wahabitas, al igual que Ibn Hanbal, defienden que la sharia (preceptos religiosos musulmanas) tenga rango de ley civil y que las constituciones de los países árabes hagan suyos esos principios. La sharia de los wahabitas, por ende, es singularmente involucionista porque, al contrario que la sharia de general aplicación entre los suníes, prescribe que las únicas leyes válidas son las extraídas del Corán y de los seis libros de hadices (la sunna), los que exponen las sentencias y opiniones atribuidas a Mahoma y a sus primeros discípulos. Es decir, toda norma o ley dictada con posterioridad carece de legitimidad. Ese criterio –que los dirigentes y mandos intermedios actuales del wahabismo saudí hacen suyo- ha imposibilitado toda modernización o adecuación legislativa a la realidad. En resumen, el wahabismo reproduce valores y ofrece soluciones pergeñados hace catorce siglos.

Los Saud, en su calidad de “obispos” del wahabismo, han rechazado sistemáticamente todo tipo de innovación o reforma religiosa de corte racionalista. De hecho, el rigorista credo wahabí es el pilar ideológico sobre el que descansa la monarquía de los Saud, y con ella la pervivencia de un código penal que todavía contempla, entre otras aberraciones, la amputación de manos a los ladrones, la flagelación de quienes consumen vino y la lapidación de las adúlteras. La Administración civil saudí conculca a diario los derechos humanos que ampara Naciones Unidas.

En Arabia, por ende, los dogmas del wahabismo se aplican –aunque no siempre a rajatabla ni para todos- en una sociedad cada vez más influenciada por los efectos económicos, sociales y culturales que genera la descomunal riqueza petrolífera. El país de los Saud es chocante, pues conviven la más avanzada tecnología, un río de petrodólares y reglas de juego inequívocamente medievales.

El actual monarca, Fahd Saud inició su carrera política en 1962, cuando fue nombrado ministro del Interior. Él fue el mentor del primer y hasta ahora único programa de desarrollo planificado y ejecutado en Arabia, durante el sexenio 1975-1980. Gracias a las reformas y a las obras diseñadas por el equipo de tecnócratas que dirigía Fahd, Arabia posee notables infraestructuras (autopistas, puertos, aeropuertos, hospitales) y la población en general –aunque tras previa selección y constante fiscalización personalizada- goza de generosos servicios asistenciales, aunque de marcado sesgo paternalista y coactivo. En paralelo, Fahd “occidentalizó” el sistema financiero del país.

El afán modernizador del rey, que en su día y antes de acceder al trono concitó esperanza en los sectores liberales de la minúscula y débil clase media árabe, obedecía a su formación y a su dilatada experiencia diplomática. De sus viajes y prolongadas estancias en Occidente, Fahd aprendió que para perpetuar el poder de los Saud era necesario propiciar cierto grado de estabilidad social y, sobre todo, callar bocas y contentar bolsillos. En consecuencia, la dictatorial Arabia de los wahabitas es una sociedad silenciada por el miedo, comprada con el reparto selectivo de riquezas sin cuento y adormecida con prestaciones convenientemente condicionadas.

A pesar de los escaparates institucionales y de la complicidad de la mayoría de medios de comunicación de Occidente, en Arabia la falta de respeto a los derechos humanos es tan palmaria como la que sufrieron los afganos cuando Kabul era la capital de los talibanes, los cuales, paradójica y significativamente, eran y son declarados admiradores de la secta sunní fundada por Ibn al-Wahab.

Nadie ignora, tampoco en Washington ni en Madrid, que miembros de la familia Saud apoyaron económicamente a los talibanes para derrocar al Gobierno afgano prosoviético e instaurar en Kabul una régimen islamista.

En los últimos años, el comportamiento de los Saud –de cuya generosidad también saben los fundamentalistas que operan en Argelia, en Egipto, en Líbano o en la provincia china de Sinkiang– ha demostrado que el primer productor mundial de petróleo ni siquiera necesita tener una política estable de alianzas. El Gobierno de los Saud coquetea desde hace décadas con Washington y, pese a ello, se permite el lujo de financiar impunemente las corrientes religiosas más ortodoxas, desde Marruecos hasta Indonesia. Es más, los Saud alaban la política de la Unión Europea en Oriente Próximo y, sin pestañear, con la otra mano emponzoñan las relaciones islam-cristianismo en los Balcanes y en el Cáucaso (extremistas musulmanes de Chechenia, Kosovo y Bosnia se han nutrido con dólares wahabitas).

Los Saud, generosos también en la costa malagueña, gozan de un poderoso salvoconducto geopolítico: las reservas de hidrocarburos más cuantiosas de la Tierra.

Dando por cierto que los últimos atentados perpetrados en territorio saudí son obra de Al Qaeda, en la península arábiga se dan condiciones objetivas inmejorables para la desestabilización, pero no por causa de las acciones terroristas de la organización que al parecer lidera Ben Laden, sino por el carácter del régimen saudí, por la ausencia de clases medias (no hay ningún colchón social entre la generalidad de la población y las familias que gobiernan y se enriquecen por estar emparentadas con los Saud) y porque el sistema socio-económico carece de estructuras racionales. Sólo la eficaz labor de las policías civil y religiosa, en coordinación con un ejército adecuadamente gratificado, impiden que estalle el polvorín.

Es incierto que Al Qaeda sea el motor de la desestabilización en la finca saudí. Cuanto ocurre y cuanto pueda ocurrir en Arabia en los próximos años es y será responsabilidad de los Saud, salvo para los reproductores de espejismos.

Lo que carece de explicación lógica, incluso desde un punto de vista occidentalista, es que los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea se empeñen en respaldar, legitimar y defender a un régimen podrido cuya previsible caída generará una crisis energética de alcance mundial e imprevisibles consecuencias.

Los Saud, que se han negado sistemáticamente a racionalizar sus criterios de gobernación, constituyen un peligro más real que Al Qaeda. Más desestabilizador que el terrorismo blanquista es la medieval ruindad de una macrofamilia que aplaude el apedreamiento de las esposas que deciden romper con sus maridos. Sólo es un detalle, pero revelador. ¿Quiénes alimentan con mayor eficacia el nihilismo y el caos, los desesperados o iluminados que se inmolan con una bomba adosada al cuerpo o los gobernantes que amparan la iniquidad y la corrupción generalizadas?

En ese escenario, los criterios geopolíticos de Estados Unidos se resumen con una palabra: petróleo. Los hidrocarburos están detrás de todas las decisiones que adopta Washington con relación a Oriente Medio y al país de los Saud, máxime después del relevo de Bill Clinton en la Casa Blanca. Arabia sería una bomba de relojería aunque Al Qaeda no existiera.

 
 

Félix Soria é colaborador do IGADI.

 
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ÚLTIMA REVISIÓN: 18/11/2003
Fernando Pol