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La operación militar de la UE en el Congo: ¿una gota en medio del océano?
Por Benjamín Kienzle (Canal Mundo, 09/09/2003)
 
 

En la mitología griega ‘Artemisa’ era la diosa de la caza y los animales salvajes. Recientemente, los responsables de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la UE eligieron este nombre como código para su operación militar en la República Democrática del Congo (RDC). No fue precisamente un buen presagio. Sin embargo, ‘Artemisa’ fue también la diosa del nacimiento y puesto que esta operación fue la primera misión militar europea fuera del continente y sin ayuda de la OTAN, el código ‘Artemisa’ parece más adecuado. Pero, ¿fue éste un mejor presagio?

Dado que esta operación terminó el 1 de septiembre, se puede hacer ahora el balance de sus resultados. En general, la prensa europea la ha juzgado positivamente. Por ejemplo, en un reportaje de la BBC un habitante de la ciudad de Bunia en el noreste del Congo comentaba: “antes nuestra situación era muy mala – vivíamos como conejos. Ahora tenemos paz. Podemos estar en casa: descansando, cocinando y paseando por la calle. Estamos muy bien.” En efecto, la operación militar fue un éxito, si no olvidamos los límites de sus tareas y el contexto general.

Desde 1998 la RDC ha sufrido un conflicto muy violento, en el que han muerto aproximadamente 3 millones de personas. Ha sido un conflicto muy complejo entre varias, y a veces cambiantes, coaliciones de rebeldes y el régimen de Laurent Kabila y, después de su muerte en el 2001, el de su hijo Joseph. Además, al menos seis estados vecinos han intervenido en el conflicto – primero Uganda, Ruanda y Burundi apoyando a los rebeldes y después Angola, Zimbabwe y Namibia al lado del régimen en Kinshasa. Con razón se conoce a esta guerra como la ‘primera guerra mundial de África’.

Ya en 1999 los peleados partidos del conflicto se encaminaron en un proceso de paz que – después de unos contratiempos – acabo en la retirada de la mayoría de las fuerzas extranjeras y en el acuerdo de Pretoria (Sudáfrica) en diciembre de 2002 entre los partidos más importantes del conflicto. Pero la retirada de las fuerzas extranjeras dejó un vacío político en algunas zonas, en particular en la provincia de Ituri, en el noreste del país. Allí, los conflictos entre los grupúsculos de los rebeldes hicieron temer que el genocidio de Ruanda de 1994 se repetiría y el proceso de paz terminaría según informes del Overseas Developement Institute en Londres, del International Crisis Group y de otras ONGs. Además, estos conflictos se vieron aumentados por enemistades étnicas y conflictos sobre las amplias riquezas naturales así como por las intervenciones extranjeras.

Consecuentemente el consejo de seguridad de la ONU autorizó en mayo de 2003 una fuerza multinacional para garantizar la estabilidad de esta provincia, ya que las fuerzas pequeñas de la MONUC (Misión de la Organización de los Naciones Unidades en el Congo) allí presentes se hubieran visto, de otro modo, desbordadas hasta septiembre, momento en el que llegaron sus refuerzos. La UE ofreció una fuerza de unos 1.400 soldados liderada por Francia que finalmente llegó a Bunia, capital de Ituri, en junio.

Por consiguiente, tres razones nos llevan a pensar que esta misión militar fue más que una gota en medio del océano: Primero, las fuerzas europeas han estabilizado como mínimo la capital, aunque los asesinatos recíprocos continúan en el resto de Ituri. Sin embargo, para la pacificación completa de la provincia, que tiene el tamaño de España, la UE hubiera necesitado 100.000 soldados según el Centro de Misiones Internacionales de Paz en Berlín – algo inimaginable en la situación política contemporánea de Europa. Segundo, el proceso de paz de la RDC está todavía en camino. En julio, los líderes de los grupos rebeldes más importantes tomaron juramento como vicepresidentes conforme a la nueva constitución. Tercero, la UE y su joven PESC mostraron que asumen y son capaces de asumir – parcialmente – su responsabilidad humanitaria fuera de Europa, aunque no debemos olvidar que el gobierno francés también tiene de nuevo sus propios intereses geopolíticos y financieros en África.

A pesar de estos éxitos limitados, la operación militar de la UE en el Congo demuestra también unas deficiencias fundamentales de su PESC. En particular, los europeos no trataron seriamente las profundas causas del conflicto en el Congo que son, además, las causas profundas de la mayoría de los conflictos en el subsahara africano. ¿Cuáles son estas causas profundas?

Primero, las injustas relaciones comerciales entre África y el mundo occidental, en particular con la UE, son corresponsables de la decadencia de la situación económica y social después de la Guerra Fría en el subsahara africano, que, por otra parte, es el foco de los conflictos étnicos. Segundo, las empresas multinacionales pueden explotar las riquezas naturales del Congo (oro, diamantes, coltán etc.) y de otras partes de África sin límites de los gobiernos europeos. Además, estas empresas multinacionales del Congo son las que suministran dinero y armas a los grupos rebeldes a cambio de poder acceder a sus riquezas minerales y, de este modo, financian el conflicto. Tercero, la UE no ha puesto suficiente presión sobre los gobiernos extranjeros que han tenido fuerzas propias en el Congo y que, todavía, se están aprovechando del conflicto.

Aunque de todas formas la actual misión militar fue, en si misma, un éxito limitado, el hecho de que en un futuro los europeos no traten estas causas profundas, no evitará la aparición de nuevos conflictos y, de este modo, se alcanzarán éxitos similares que sólo serán gotas en medio del océano. Al menos, Javier Solana, Alto Representante de la UE, ha reconocido en el informe ‘Europa segura en un Mundo mejor’ del 20 de junio de 2003 que “en contraste con la amenaza visible y masiva de la Guerra Fría, ninguna de las nuevas amenazas es puramente militar.” Todavía esperamos los hechos.

 
 

Benjamín Kienzle, estudiante en prácticas no IGADI.

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