| Y la guerra prosigue en Afganistán Por Andrés Freire (Canal Mundo, 04/02/2003) |
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A finales de año, la cosa parecía hecha, y la victoria sobre los talibanes afganos se nos mostraba como un modelo de la guerra para el siglo XXI. Los americanos, por medio de Powell, habían tejido en breve tiempo una compleja red de alianzas temporales (lejos del clásico American way of war: Kill´em all). Antes de lanzarse sobre Afganistán, se habían ganado el apoyo de sus aliados europeos invocando el artículo V de la OTAN (“un ataque contra uno será considerado como un ataque contra todos”, aunque en este caso Estados Unidos nunca ha mostrado pruebas de que el ataque haya sido desde el exterior), consiguieron que los rusos les apoyaran y que los chinos y los moderados árabes aceptaran su operación. Compraron caro la ayuda de los necesarios pakistaníes. En el terreno, tropas ligeras de élite acompañaron a las fuerzas mercenarias locales, buscando información y señalando los objetivos a las flotillas de aviones que llegaban diariamente desde bases y portaviones cercanos. Por primera vez, se lanzaban más bombas de precisión que convencionales. La interconexión entre los sistemas informáticos de las distintas plataformas de armamentos multiplicaba las capacidades y disminuía los tiempos de los ataques. Y en el escenario afgano el mundo pudo confirmar el surgimiento de una nueva estrella en el campo del armamento, los aviones sin piloto teledirigidos. Los UAV (Unmanned Air Vehicles) volaban durante horas sobre el campo de batalla, y posibilitaban al general Tommy Franks observar en directo desde su cuartel en Miami lo que allí estaba ocurriendo. Y si los aviones caían o eran derribados, no pasaba nada; no hay muertos y son baratos. Por fin, por fin, los militares vislumbraban por encima de “la niebla de la guerra”. Además, y por primera vez, esos aviones fueron cargados con misiles, que atacaban con precisión a los enemigos. El honor le correspondió a un Pedrator propiedad de la CIA. (Que un arma revolucionaria sea estrenada por una organización no-militar es otro signo del curso de los tiempos: la militarización de la vida civil, la indistinción entre estado de guerra y el de no guerra). Durante un tiempo la satisfacción entre las élites rectoras de la política exterior americana era general. Se había hallado, aparentemente, un modelo cómodo y barato para futuras operaciones. Michael O´Hanlon, reputado analista, calificaba en el Foreing Affairs la guerra afgana como A flawed Masterpiece, siendo la “falta” en la “obra maestra” la escapada de Ben Laden y el Mullah Omar. Sobre todo la del primero de ellos, el más importante, a quien se tuvo encajonado en las montañas de Tora Bora, pero que pudo escapar a las zonas tribales de Pakistán. Y fue precisamente la filtración de noticias de lo ocurrido en Tora Bora la primera señal clara de que las cosas afganas no marchaban por la senda esperada por los aliados occidentales. Tal como cuenta Bruce Anderson en The Spectator, la huida de Ben Laden fue facilitada por la negativa de Tonny Franks a utilizar tropas americanas en el asalto final, ante el estupor e indignación de las SAS británicas. El miedo de la Army a poner en peligro a sus soldados parecía seguir en vigor. A resultas de esta aversión al riesgo por parte del Pentágono, y la poca fiabilidad de los aliados locales, las tropas de Al-Qaeda pudieron escapar. No faltaron, por supuesto, conspirativistas que clamaron que le dejaron huir a propósito (así lo interpretó, por ejemplo, Ramón Pérez-Maura en el ABC, quien saludó el talento de los estrategas americanos: the war must go on, y sin Bin Laden no habría excusas para ello). Parece claro, por tanto, que los ataques desde el aire no implican el control de la tierra. Y también que la desaparición de los talibanes y sus aliados árabes de Al-Qaida ha sido más una retirada táctica que una derrota estratégica. Cada vez que las tropas anglosajonas (pues sobre el terreno hay americanos, británicos, australianos y neozelandeses) han salido de sus campamentos y han recorrido tierra han encontrado, según las fragmentadas noticias que aquí llegan, con una fiera resistencia de las tropas locales. Pues sin artillería de apoyo, con una flotilla de aviones que se limita a soltar su carga letal y volver a su refugio, la lucha termina por ser hombre a hombre. Uno de ellos, un soldado bisoño y virgen de batallas, crecido en la placentera sociedad occidental. El otro, curtido en guerras y austeridad, conocedor del terreno. En ese contexto, no es extraño que la armadura de los soldados haya sido de enorme utilidad. Tampoco sería extraño que los enfrentamientos hayan sido más numerosos y más sean las bajas de lo que afirma la única fuente informativa que recibimos de Afganistán: el Pentágono. (Esta es la opinión de Seymour Hersh, el investigador más incisivo sobre lo que ocurre en Afganistán). Sin objetivos claros, sin propósitos definidos, el futuro de las tropas occidentales en Afganistán parece difícil. La tarea de reconstrucción del país (el tan denostado nation-building) es labor de pesadilla, aún más cuando allí falta el aliado natural de los americanos, la clase media que saca provecho del capitalismo. Y, aunque no está bien alegrarse del mal ajeno, a muchos conforta el hecho de que el modelo de intervención rápida, quirúrgica e indolora (para los americanos, claro) que los Estados Unidos tenían preparado para el siglo XXI haya fracasado tan pronto. De haber triunfado, nada detendría al amigo del norte en su afán de bombardear países para hacer un mundo mejor. |
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Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 02/02/2003
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