| La política de los EEUU y el orden mundial Por Alberto Arce (Canal Mundo, 11/11/2003) |
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El fin de la guerra fría trajo consigo la oportunidad de que tuviese lugar una “transformación global” de la política internacional. La bipolaridad y su noción de equilibrio de poder, la destrucción mutua asegurada, el equilibrio del terror y la coexistencia pacífica de los bloques capitalista y comunista eran sistemas sólidos con reglas relativamente establecidas y previsibles que facilitaban la comprensión de las relaciones internacionales. La desaparición de la URSS, y con ella de una de las dos mitades que garantizaba la existencia de un orden mundial, dio lugar a una situación de fluidez e indefinición en el ámbito de la sociedad internacional que parece haber llegado a su fin una década después de su comienzo. Si a este momento de transición y cambios, de naturaleza estrictamente política, le sumamos la aceleración del proceso de globalización, de carácter esencialmente económico (aunque no por ello falto de motivaciones políticas), queda claro que nos encontramos ante un Orden Mundial que se encuentra, cuando menos, en un momento de re-conformación. Y en esta situación, los EE.UU. se encuentran posicionados en una situación privilegiada para actuar en la defensa de su particular concepto de “interés nacional”, un concepto que ellos mismos identifican con la extensión a lo largo del planeta de sus ideas de democracia, libertad individual y apertura económica. Entre 1991 y 2001, en lo que podríamos denominar la fase de indefinición del “nuevo orden mundial”, las sucesivas administraciones norteamericanas pretendieron contribuir a “gobernar la globalización” de diversos modos sin definir claramente a través de qué instrumentos perseguirían estos fines genéricos que se encuadran bajo el concepto de interés nacional. En este sentido, la política del Presidente Clinton pretendió dotar de contenidos a la política exterior norteamericana en las líneas del idealismo-institucionalismo más clásicos. Sin atarse excesivamente las manos, tal y como correspondía a su privilegiada situación en el tablero de poder mundial, desarrolló una política exterior que se basaba en determinados valores e ideas de institucionalización y cooperación entre los diversos actores de la comunidad internacional. Los Estados Unidos no tenían quien les hiciese frente en la escena internacional y, en ese contexto, consideraron que no era necesario ejercer más que un liderazgo moral y político que no llevase consigo elementos de dominación o imposición por la fuerza de su voluntad política. La falta de unidad en la acción exterior de la Unión Europea, la debilidad rusa y el relativo aislamiento chino de la escena internacional permitían disipar la idea de la posible emergencia de un poder rival que cuestionase la hegemonía norteamericana. Durante estos años la discusión interna en los EE.UU. tenía lugar en torno a la pregunta ¿Cómo gestionar la victoria?. Su objetivo era encontrar el modo de volver a conciliar su vocación de jugar un papel activo en la definición del “orden mundial” con la inexistencia de uno o varios rivales de entidad frente a los cuales definirse. Desde las discusiones iniciales del federalismo norteamericano entre Madison, Jefferson y Jay, los EE.UU. se han sentido obligados a expandir su influencia por el planeta, bien a través de un supuesto “internacionalismo liberal wilsoniano” como pudimos observar en el gobierno Clinton, bien a través del “unilateralismo armado” de la actual administración Bush. En todo caso los EE.UU. se consideran a sí mismos una nación no tradicional con elevados principios y valores que ofrecerle al mundo. A partir de la elección de George Bush Jr. como Presidente finales del año 2000, este concepto tradicional del “excepcionalismo norteamericano” comenzó a tomar la forma que actualmente podemos observar. Sobre la base de la común e histórica voluntad de liderazgo, que en cada caso puede variar en sus instrumentos de aplicación, el nuevo núcleo de poder en torno al Presidente se conformó en torno a una serie de personas del sector menos proclive a la cooperación internacional. El tipo de apoyos, tanto políticos como económicos, que auparon a Bush a la presidencia sirvió para crear un círculo de poder con un origen extremadamente conservador, ligado a las grandes corporaciones petrolíferas y de vocación mesiánico-redentora a raíz de la pertenencia de muchos de sus miembros a sectores ortodoxos de la iglesia protestante. La dinámica política resultante de los orígenes de su coalición de gobierno comenzó a imprimir un carácter proactivo en la persecución del interés nacional. Los EE.UU. decidieron que era necesario perseguir en solitario sus intereses, tanto económicos como políticos, sin los constreñimientos de los principios institucionalistas-liberales que habían caracterizado la década de los 90. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron el detonante para que esta tendencia proactiva que permanecía latente ante la ausencia de enemigo pudiera convertirse en el motor de una nueva acción exterior. Los EE.UU. necesitaban un factor coyuntural, como lo es la amenaza terrorista y una cuestión civilizatoria, la identificación del fundamentalismo islámico como enemigo a batir, para dar rienda suelta a su vocación histórica-estructural de moldear el orden mundial en función de sus intereses. De la bipolaridad se pasó a la multilateralidad con el riesgo de caer en la unilateralidad. Finalmente esta unilateralidad se ha convertido en un “unilateralismo armado” que debido a la ausencia de actores que puedan moldear o limitar la hegemonía del poder norteamericano corre el riesgo de convertirse en “Nuevo Orden Mundial” si no lo ha hecho ya. La administración republicana ha decidido actuar en solitario cuando y dónde lo considere conveniente. Su estrategia es golpear primero a través de ataques preventivos y formar para ello coaliciones que dependan de unas misiones elegidas independientemente de las instituciones internacionales. Frente a la actitud de los gobiernos demócratas anteriores, que determinaban la misión en función de la coalición de intereses que lograsen conformar, la actual administración está empeñada en congelar el Orden Mundial sobre la base de la ventaja coyuntural con la que cuentan. La guerra en Afganistán fue el primer ejemplo, y en ese caso consiguieron un apoyo mayoritario de la comunidad internacional debido a la agresión que habían sufrido. La guerra de Irak supone el perfeccionamiento de su hegemonía unipolar armada. Las dificultades que experimentan en la ocupación del país pueden suponer el fin de la administración Bush y devolverle el gobierno norteamericano a quien esté dispuesto a adoptar un política exterior más cercana a los principios del institucionalismo liberal y multilateral. La decisión final será tomada por los electores norteamericanos en noviembre de 2004. |
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Alberto Arce é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 12/11/2003
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