| Los sauditas y Bush Por Andrés Freire (Canal Mundo, 26/02/2002) |
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La semana pasada, el Washington Post publicó una serie de artículos en los que se describen con inusual detalle los entresijos de la relación entre saudíes y americanos. La calidad de sus fuentes (Príncipe Bandar, embajador saudita en Washington, gente en Ryad del entorno del Príncipe Coronado Abdullah, algún Bush) nos indica que ya está en marcha la campaña de relaciones públicas que los sauditas decidieron realizar, pocos días después del 11 de septiembre. Se dieron cuenta de que tenían perdida la guerra de imágenes que acompaña hoy a cualquier estrategia de poder. Y para vencer al lobby judío, no basta con quejarse, hay que montar otro lobby. Las claves de la relación entre sauditas y americanos ya eran conocidas. Mientras unos aportan seguridad a los pocos dueños de las grandes reservas de petróleo, estos dueños aseguran el suministro a precios razonables e inverten en América sus petrodólares excedentarios. Las diferencias entre ambos países eran negociadas por un grupo reducido de gentes que mantenía estrechos vínculos. Nada lo ejemplifica mejor que el sobrenombre que los tejanos daban al embajador saudita: Bandar Bush. Pero lo más novedoso del reportaje es el relato de ciertos acontecimientos que precedieron al 11 de Septiembre. Como es sabido, la Presidencia Bush había sido recibida con cierta esperanza en el mundo árabe, y con pánico apenas disimulado en el sector israelita. El antiguo presidente George Bush Sr. no sólo era amigo personal y socio de los dirigentes sauditas, sino que a nadie se le ocultaba su hostilidad hacia Israel. Esta hostilidad había sido una de las causas de su derrota frente a Clinton. En las elecciones del 2000, el lobby judío había apostado fuerte por el ticket Gore-Liebermann, mientras que Bush recibía apoyo sobre todo de las corporaciones del petróleo, de tendencias proárabes. Las expectativas de los sauditas ante el triunfo de Bush Jr. fueron pronto cerrándose cuando pudieron comprobar que la Casablanca mantenía un apoyo incondicionado a Israel y prefería no involucrarse en el conflicto de Oriente Medio, a pesar de la segunda insurrección palestina y la escalada bélica de Sharon (Cheney les pasó un mensaje a los dirigentes de la zona: “Dejadles que se frían”). El malestar del Príncipe Coronado Abdullah ante esta situación iba creciendo con el tiempo. Rechazó los acercamientos de Bush Jr. Las palabras tranquilizadoras de Bush Sr. (“mi hijo tiene el corazón en el sitio adecuado”) no bastaban para calmarle. Su paciencia pareció agotarse el 23 de Agosto. Durante el telediario, Abdullah pudo ver la imagen de un soldado israelita pisoteando la cabeza de una mujer palestina. El Príncipe, hombre impulsivo y apasionado, estalló en un acceso de ira (“una mujer agredida por un hombre, este es el insulto definitivo..”). Llamó a su sobrino embajador, quien no estaba en casa. Ello dio ocasión para que el príncipe observara a la mañana siguiente cómo Bush, en rueda de prensa, exigía a Arafat que se esforzara más por detener la insurrección de su pueblo. Otro ataque de furia de Abdullah. Esta vez consiguió localizar a Bandar en su palacio privado de Aspen (valor catastral: 55 millones de dólares), y le dio órdenes tajantes. Debía visitar de inmediato a Bush con el siguiente mensaje: los sauditas respetaban que Estados Unidos mantuviera una alianza estratégica con el régimen de Sharon, pero ello implicaba que Arabia Saudita dejaba de sentirse ligada por el viejo pacto de amistad que les unía. “Para nosotros, a partir de hoy, you are from Uruguay”. El mensaje produjo pánico en la Administración Bush (¿cúantos países hay en condiciones de asustar a Estados Unidos?). En los dos días siguientes, trataron por todos los medios de reparar los daños. Se cruzaron cartas con toda rapidez. El Príncipe Abdullah explicó a Bush “que no podía acceptar esta “unamerican” tendencia por la cual la sangre israelita es más sagrada que la palestina”. En su respuesta, Bush consiguió plasmar ese deseo por agradar y empatizar que es esencial en su popularidad. Negó que el hiciera distinciones entre distintas muertes, y en referencia velada al incidente que tanto molestara a Abdullah, añadió que “él rechazaba las humillaciones a cualquier individuo”. Insinuó Bush a Abdullah que Estados Unidos preparaba un cambio en su política hacia la zona: implicación en el proceso de paz, reconocimiento de un estado palestino viable. La rapidez de la respuesta hizo pensar a los sauditas de que este cambio de política llevaba fragúandose cierto tiempo. Bien puede imaginar uno el secreto con que se llevaban a cabo estas maniobras. Aunque Bush no era el candidato preferido de los hebreos, no dejaba de haber miembros del lobby judío en las altas esferas, a los que convenía mantener oculta toda la negociación. En los pasillos de Washington las paredes oyen, y ni siquiera los teléfonos de la Casablanca son fiables (Cuando Lewinski narró al mundo sus amenos diálogos con Clinton, todos se fijaron en la libido del Presidente, y pasó inadvertido un asombroso comentario de éste: “por este teléfono no puedo hablar, sospecho que una embajada extranjera lo tiene pinchado”). El Príncipe Abdullah, esperanzado por el tono de la carta de Bush, decidió enseñársela a los principales líderes del mundo árabe. Arafat, que estaba en Sudáfrica, fue requerido en Ryad para que la leyera. El fin de semana del 8 y 9 de septiembre, diversos elementos de la administración Bush prepararon con los árabes la puesta en escena de la publicación de ese cambio de política. Se discutía si lo anunciaría el propio Bush o lo haría Powell en la Asamblea General de la ONU. Bandar se sentía eufórico. Pero llegó el 11 de septiembre. Y al Príncipe Bandar Ben Sultán se le cayó el mundo encima: “No puedo imaginarme una manera de hacer más daño al Islam y al mundo árabe”. El cambio de política quedó aplazado, y los sauditas se encuentran desde entonces aún más en la defensiva, acosados por todos los medios de comunicación. Y es que de todas las guerras que se están librando hoy, ninguna más importante ni decisiva como la de proisraelistas frente a proárabes (quizás sea más justo decir “frente a nacionalistas americanos”) en los pasillos de Washington. Se admiten los golpes bajos. |
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Andrés Freire. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 25/02/2002
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