Ler o artigo en galegoLesen Sie den Artikel auf DeutschPresencia-OpiniónVolver ó índice / Balcáns
¿Quo vadis, Montenegro?
Por Gaby Hagmüller (Canal Mundo, 06/08/2002)
 
 

El próximo 6 de octubre se celebrarán elecciones parlamentarias anticipadas en Montenegro, país integrante de la Unión entre Serbia y Montenegro creada por el denominado Pacto de Belgrado del 14 de marzo del 2002. La anticipación obedece a un conjunto de causas que, yuxtapuestas, provocaron una profunda crisis política que acentuó severamente la segregación de la población montenegrina en bloques políticos contrapuestos, poniendo en peligro incluso sus frágiles valores democráticos y maniatando a los principales actores de la escena política, como el presidente o el gobierno. Una crisis además, en gran parte causada por la necesidad de acomodar el curso político montenegrino a los intereses de los dirigentes europeos a través de una activa intervención del alto representante de la política exterior de la Unión Europea, Javier Solana, poco respetuosa, en opinión de algunos, con el ejercicio de una soberanía que parece molestar en Bruselas.

Montenegro, un pequeño país de una población de 660.000 habitantes, lleva varios años intentando alcanzar su plena independencia. Siendo el único acceso al mar de la antigua federación yugoslava y de la actual Unión de Serbia y Montenegro, varios obstáculos han impedido la plasmación del deseo montenegrino desde un principio asociado a la idea de celebración de un referéndum respecto a la independencia. Conviene no perder de vista los obstáculos externos, como la resistencia serbia, o los internos, como la ligera mayoría parlamentaria del bloque independentista sobre el bloque pro-yugoslavo. No obstante, la dinámica en pro de un referéndum se aceleró dramáticamente en una cumbre entre líderes serbios y montenegrinos que tuvo lugar el 26 de octubre del año pasado, dónde se llegó a la conclusión de que las posturas de ambas partes simplemente no eran compatibles y que la única salida a este choque de intereses sería consultar la voluntad popular montenegrina mediante la celebración de un referéndum. Fue entonces cuando la Unión Europea se inmiscuyó directa y abiertamente, expresando su preferencia hacía “un Montenegro democrático dentro de una Federación Yugoslava democrática”. Javier Solana, actor principal, empujó a las dos repúblicas – sobre todo Montenegro – a llegar a un acuerdo que mantiene la unión federal. Utilizando como cebo la advertencia de que cualquier avance hacía la integración europea sería cuestionado si Montenegro insiste en alcanzar la independencia, Javier Solana ofreció la ayuda comunitaria para solidificar un entendimiento entre Serbia y Montenegro.

La amenaza de cerrar las puertas a la futura integración en Europa de Montenegro no era, sin embargo, la única palanca de presión que forzaba al presidente montenegrino, Milo Djukanovic, a firmar el Acuerdo de la Unión con Serbia. En Italia, un informe oficial sobre investigaciones judiciales respecto a la mafia, acusaba a Djukanovic de estar implicado en actividades de contrabando de tabaco y petróleo. Según medios italianos, Djukanovic figura incluido en la lista de los investigadores desde 1999. Siendo Italia el Estado más opuesto a una posible independencia montenegrina dentro de la Unión Europea, determinados círculos pro-independentistas denuncian la existencia de un complot internacional para forzar a Djukanovic a dejar su cargo, destacando como sospechoso el hecho de que el informe judicial fuera publicado exactamente a la hora de la firma del Acuerdo, aún figurando Djukanovic en la lista del querellante italiano desde 1999.

¿Qué interés tiene la Unión Europea entonces en el mantenimiento de la unión entre Serbia y Montenegro? Por un lado, evitar nuevos precedentes. La independencia montenegrina pondría en peligro el débil estatuto de Kosovo, que también procura la secesión de Serbia, y ello podría originar una nueva desestabilización en la región de los Balcanes. En Montenegro se quiere iniciar el fin de la fragmentación balcánica. Además, en la óptica de la integración europea, no parece muy buena idea secundar a grupos secesionistas de los países aspirantes a futuras negociaciones, mientras que en los países miembros se intenta con mucho esmero apaciguar los movimientos independentistas.

Hay otra razón importante para que la Unión Europea intervenga en los asuntos serbios y montenegrinos: Bruselas no puede resaltar ningún éxito mayor en los años recientes. El asunto de la ampliación tal como el de la política exterior y de seguridad conjunta – aunque se celebran muchas cumbres y se intenta dar la impresión de una febril actividad – apenas registra avances. Nadie sabe que será de la anunciada reforma interna de la Unión. Y en cuanto a la política exterior, hace muchos años que la Unión Europea no es más que una sombra de los Estados Unidos, presente, pero incapaz de actuar o tomar decisiones o afirmarse en posturas propias. Resulta evidente, que dentro de la Unión Europea existen posturas poderosas a favor de una rápida y limpia solución del actual problema en los Balcanes.

En Montenegro, la firma del acuerdo de Belgrado no pasó sin consecuencias. El Partido Liberal, integrante del bloque independentista y de cuyo apoyo dependía hasta entonces el gobernante Partido Democrático de Socialistas de Djukanovic y su aliado el Partido Socialdemócrata, retiró su apoyo al gobierno y formó una alianza tácita con la coalición pro serbia “Juntos por Yugoslavia”. Esta alianza aprobó el pasado 29 de julio nuevas leyes de prensa y elecciones, a pesar del boicot del partido gobernante y sin atender a los requerimientos de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), el Consejo de Europa y la Unión Europea. La nueva legislación sitúa en serio peligro la libertad de prensa y cuestiona la viabilidad democrática del sistema político en la medida en que altera las circunstancias de las elecciones parlamentarias, evidentemente con vistas a mejorar sus posibilidades en las elecciones anunciadas para el próximo 6 de octubre.

La crisis montenegrina no es debida únicamente al acuerdo de Belgrado del pasado 14 de marzo. La lucha entre fuerzas independentistas y pro-yugoslavas no es reciente, y tampoco la persona de Milo Djukanovic es un héroe montenegrino que ha sido victima de un complot internacional, o un independentista que actúa guiado únicamente por el loable deseo de conseguir el mayor bienestar para su pueblo. Pero sin la intervención interesada de la Unión Europea, el poder de decisión sobre el futuro de la pequeña república balcánica probablemente habría sido otorgado a la población montenegrina. Y eso podría suponer un primer paso hacia el afianzamiento de estructuras democráticas y la estabilización de la región. Aunque parece que los verdaderos intereses de la Unión Europea en los Balcanes tienen otras prioridades...

 
 

Gaby Hagmüller é estudiante en prácticas no IGADI.

Volver ó índice

Volver ó principio


Ir á páxina de inicio
Instituto Galego de Análise e
Documentación Internacional
www.igadi.org

ÚLTIMA REVISIÓN: 08/08/2002