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Una visión incómoda
Reflexiones sobre las consecuencias del 11-S para el papel europeo en la política internacional
Por Gaby Hagmüller (Canal Mundo, 10/09/2002)
 
 

Esta semana se cumple por primera vez el aniversario de los atentados terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre del 2001. Es el aniversario del día que iba a dividir la cronología en “antes” y “después”, del primer día histórico del tercer milenio del cual todo el mundo se acordará dónde estuvo este día. Se cumple un año lleno de acontecimientos como consecuencia de este día, un año en el que una serie de pensadores y filósofos, políticos y politólogos, etc. pronosticaron una reorganización del orden mundial.

¿Se puede hablar realmente de un “nuevo orden mundial”? La respuesta es sí, porque aunque alguien se niegue a ver en el 11 de septiembre el principio de una nueva cronología mundial, las reacciones exteriores de los Estados Unidos en cuanto a la “guerra global contra el terrorismo”, el fortalecimiento de viejas alianzas y la provocada polarización entre el mundo occidental y el mundo oriental no dejaron inalterado el reparto de los poderes a nivel internacional. Además, con su fórmula “¿Con nosotros o contra nosotros?” – expresado el 20 de septiembre ante el Congreso de los EEUU – el presidente George W. Bush ha dividido el mundo en buenos y malos, considerando determinados países (Irak, Irán y Corea del Norte) como el “eje del mal”. La pregunta es ¿qué papel tiene Europa en este nuevo orden mundial?

Desde la caída del Muro de Berlín – cuando se acabó finalmente la Guerra Fría y con ella la polarización mundial entre las superpotencias EEUU y la Unión Soviética y sus ideologías, el capitalismo y el comunismo – el mundo dejó de ser entendible como enfrentamiento bipolar. Ahí se inició el “nation building” de todos los antiguos actores que habían perdido su papel conocido: La Unión Soviética que dejó de ser una superpotencia pero quería serlo, los EEUU que se encontraron sin el enemigo de siempre, y Europa, que ha sido campo de juego de los protagonistas de la Guerra Fría durante décadas. Esta situación suponía un desafío para prácticamente todos los actores principales de la política internacional, y es entonces cuando realmente se reorganiza el mundo, pero sobre todo para Europa. Desde la Segunda Guerra Mundial el papel de Europa en la política internacional era más bien marginal, dada la división entre dos zonas de influencia o estadounidense o soviética. Por eso, la caída del telón de acero suponía la apertura de una zona enorme a la influencia y el mercado europeo occidental, dada la proximidad geográfica y cultural, la historia común y la voluntad de los nuevos países de aceptar los valores occidentales de capitalismo y democracia. Además, la distensión de las relaciones entre EEUU y el bloque soviético, tanto como el creciente pensamiento comunitario de la Unión Europea le proporcionaba la posibilidad de establecerse como actor internacional, como mediator o árbitro en conflictos internacionales.

Poco después de la desaparición del bloque soviético y sus aliados estalló una serie de guerras entre los grupos étnicos de la antigua Yugoslavia. Aquí Europa tuvo su primera oportunidad de actuar en su nuevo papel, y ahí fue, dónde por primera vez fracasaron los intentos de jugar una baza propia en el escenario mundial como actor principal. Después de mil y una mediaciones, negociaciones e intervenciones de la denominada Comunidad Internacional, Europa resultó ser nada más que un mero fantoche de los Estados Unidos. Y eso ha venido siendo así desde entonces, hasta ahora nada ha cambiado. La Unión Europea no se aprovechó ni de una sola oportunidad para ganar terreno en el juego internacional. Las oportunidades fueron varias, sea en las guerras en los Balcanes, en el conflicto del Oriente próximo, o en la reciente guerra contra Afganistán después de los ataques terroristas del 11-S. Pero en ningún momento la Unión Europea se convirtió en un actor relevante con una actuación propia.

Las causas por esta no-actuación son de distintos tipos: las políticas exteriores de cada uno de los Estados miembros no son nada ajustadas, y aunque la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) supone uno de los tres pilares de la “Construcción Europea”, en realidad no se trata más que de un mero proyecto, una visión, cierto que un poco incómoda, porque pese a tanto idealismo el concepto de la PESC sigue siendo poco elaborado y las ideas y consideraciones sobre el mismo no son del todo coincidentes. Aún son los intereses nacionales y las alianzas tradicionales propias los factores decisivos para la actuación de cada país, y Europa no habla con una sola voz respecto a la política internacional, sino con 15 voces. A ello debemos añadir los conceptos distintos de los Estados miembros de la Unión Europea sobre seguridad y defensa, siendo la mayoría de los socios miembros de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN), mientras que otros son países neutrales.

La guerra contra Afganistán, llevada a cabo después de las acontecimientos del 11-S fue un ejemplo por excelencia de la pasividad europea. Mientras que Inglaterra en un acto solidario, permaneció unida a su aliado de siempre, EEUU, los demás líderes europeos se quedaron al margen, indecisos entre el apoyo a la actuación estadounidense y reflexiones propias de política de seguridad. En ningún momento desde la declaración estadounidense de guerra a todo tipo de terrorismo, la Unión Europea destacó con una actuación propia firme y relevante. Y lo mismo se puede decir hasta ahora en las consideraciones actuales del presidente Bush sobre un posible ataque contra Irak.

El supuesto de una acción militar contra Irak supone un nuevo desafío para Europa, sobre todo porque es un caso distinto, dado que los intereses europeos son diferentes a los estadounidenses. En Afganistán, tanto los EEUU como la Unión Europea tenían intereses en un cambio del régimen. Quizá la forma estadounidense de conseguir esto finalmente –pasando por alto las normas del derecho internacional– no era del todo del gusto de los europeos, pero la crueldad del ataque contra las Torres Gemelas permitía justificar las medidas. Pero en el caso de Irak la Unión Europea tiene intereses propios que no son idénticos a los de los EEUU. La Unión Europea no quiere eliminar a Sadam Husein, sino privarle de sus armas de destrucción masiva. Así mismo, la Unión Europea pretende evitar una desestabilización de Oriente Medio para asegurar que en la región sean los factores económicos quienes tengan más peso, y no los militares. Lo que también debe importarle a Europa, es su imagen en los países musulmanes, contando la propia Unión Europea con millones de habitantes inmigrados de estos países, y además con vecinos y clientes con origen en estos países. Una actuación propia serviría no sólo para ganar terreno en el campo internacional de actuación, sino sobre todo para actuar en sus propios intereses.

Hasta ahora los ataques terroristas contra las Torres Gemelas en Nueva York no han cambiado nada para Europa en cuanto a su papel en el ámbito internacional. Pero Europa sigue teniendo la oportunidad de participar de forma activa en la reorganización del orden mundial. Estamos en pleno proceso. La Unión Europea puede quedarse indecisa, pasiva y convertirse en ,“el 51º Estado norteamericano”, como señaló el filósofo Eduardo Lourenço. Pero también puede hablar por una vez con voz propia, europea y distinta, aprovechándose de la oportunidad para hacer realidad la visión de una Europa unida.

 
 

Gaby Hagmüller é estudiante en prácticas no IGADI.

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