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Palabras, valores, ideas
Por Félix Soria (Canal Mundo, 28/05/2002)
 
 

El ascenso electoral de mensajes políticos como los del holandés Fortuyn, el italiano Fini o el francés Le Pen ha motivado que analistas de distinto signo y escuela concluyan que en los últimos años las posiciones ideológicas de ultraderecha ganan adeptos en Europa occidental. Con relación a ese fenómeno, recientemente y de forma acertada, en un texto de Sylvia Gómez Saborido (publicado en A Nosa Terra y por Igadi) se alude, entre otros aspectos, a “la perversión del lenguaje político dominante”.

En efecto, la solidez y los éxitos económicos, políticos y sociales de la clase dirigente occidental –en la que es obligado incluir a los ideólogos y a los líderes electorales de la llamada ultraderecha- están basados en gran medida en la manipulación del lenguaje y, en consecuencia, de las ideas y de los valores.

Los informadores y los creadores de opinión menos inteligentes siguen recurriendo a los trucos más burdos; por ejemplo, recuerdan constantemente que el líder de IU, Llamazares, fue un cuadro comunista; resaltan con aviesa intención que tal o cual dirigente del PSOE levantó el puño en un acto público, o insisten una y otra vez en que la UPG es una organización de extracción u origen marxista leninista. Pero esas tácticas se han revelado contraproducentes y se imponen nuevas técnicas y recursos, tanto para generar fobias como para reforzar creencias (entendidas estas como la antítesis de los razonamientos).

Es imposible tratar con suficiente rigor esos fenómenos en un artículo periodístico, por lo que me limitaré a mencionar dos ejemplos de manipulación, ambos referidos a la inmigración; que es, quizá, el asunto “mejor” utilizado a la hora de generar actitudes de autoprotección y rabiosamente conservadoras.

Primer ejemplo: Las tesis xenófobas que defienden sin ambages ciertos candidatos electorales han merecido comentarios como este: “Le Pen se atreve a decir en voz alta lo que muchos franceses piensan”. Esta observación, enunciada fuera de contexto, sin apostillas y a modo de reflexión genérica, concita que miles de ciudadanos mal informados y sin referencias ideológicas sólidas acaben creyendo (que no razonando) que los postulados de Le Pen son lógicos desde una óptica cultural y económica, e incluso humanamente legítimos y comprensibles.

Segundo ejemplo: Miles de subsaharianos y norteafricanos deciden jugarse la vida y navegan hasta las costas andaluza o canaria a bordo de una “patera”. Pues bien, según la mayoría de informadores y creadores de opinión europeos, esa decisión es consecuencia directa de la miseria y/o del desgobierno imperantes en países como Marruecos, Sierra Leona o Mali. Paradójica y significativamente, la mayoría de las crónicas y textos de opinión publicados en los medios de comunicación europeos rara vez mencionan la ausencia de equidad en el comercio internacional, la infravaloración económica que Occidente hace de los productos agropecuarios, o el control financiero que inversores y empresas occidentales ejercen en la mayoría de países del Tercer Mundo o en vías de desarrollo. De modo que el ciudadano medio europeo acaba convencido de que la inmigración “suicida” y el tráfico de mano de obra barata son males incontrolables, inevitables y que, en todo caso, son fruto de problemas e iniquidades ajenas a Occidente.

Tiene razón Sylvia Gómez Saborido: Hay manipulaciones, pero la más la más efectiva y demoledora de todas ellas es la manipulación informativa.

Le Pen, Fini, Fortuyn, Haider y en algunos aspectos Chirac, Berlusconi, Aznar e incluso el laborista Blair, hacen análisis y proponen soluciones inequívocamente xenófobas. Sin lugar a dudas, en algunas ocasiones y en casos concretos las actitudes de esos y otros gobernantes carecen de maldad; cabe reconocer, incluso, que cuando Blair propone la intervención del Ejército para cerrar fronteras terrestres y marítimas se limita a interpretar correctamente lo que piensa o lo que siente un amplio sector de la ciudadanía. Pero esas y otras consideraciones no justificarían la preocupante ausencia de rigor y el acriticismo de un cada vez más alto porcentaje de informadores y creadores de opinión, que no sólo manipulan consciente o inconscientemente el lenguaje, sino que además se están convirtiendo en meros reproductores de creencias. Insisto: ¡creencias!, sin ideas, sin razonamientos.

La ultraderecha gana adeptos, es verdad; pero las bases de su éxito no están en su inteligencia ni en su rigor, sino en la debilidad ideológica de la ciudadanía, adocenada por la profusión de mensajes simplistas y mixtificadores.

Casi nada es casual, casi nadie es inocente. Si de poner coto a la ultraderecha se trata, los políticos tienen su cuota de responsabilidad; pero también la tienen los sindicalistas, los dirigentes de entidades civiles de todo tipo, los demócratas consecuentes en general, los enamorados de la tolerancia y ¡también los periodistas!

¿Qué hacer? Ante todo, pensar sin miedo.

 
 

Félix Soria é colaborador do IGADI.

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ÚLTIMA REVISIÓN: 27/05/2002