| ¿Powell, dimisión? Por Andrés Freire (Canal Mundo, 18/06/2002) |
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El aislamiento del secretario de estado Colin Powell respecto al resto de la Administración Bush ha sido materia de comentario desde la llegada de los republicanos al poder. Su elección fue la única concesión de Bush-Cheney a la moderación, ya que prefirieron arroparse en la política exterior por un grupo cerrado de viejos amigos y veteranos halcones. Las tensiones han estado durante mucho tiempo ocultas gracias al secretismo que es ya seña de identidad del gobierno americano, pero las divergencias en torno al Oriente Medio las han hecho visibles. Ahora, la prensa internacional especula abiertamente con la dimisión de Powell tras las elecciones de otoño. Este choque venía anunciado desde el principio. Es sabido que el intervencionismo que propugnan los neoconservadores que rodean a Bush (en busca de lo que ellos llaman “hegemonía benevolente”) topa con la doctrina que Colin Powell hizo suya en sus tiempos de presidente de la junta de jefes de estado mayor: las intervenciones exteriores han de estar limitadas a aquellas que tengan un interés nacional real, pocos riesgos para los soldados americanos, uso de la fuerza sin complejos y una clara estrategia de salida. Esta doctrina, evidentemente, es absolutamente contraria a la War on Terror, que propugna en la práctica una guerra eterna para erradicar el mal del planeta (“root out evil”), y en la que “ningún medio es en principio descartable”. Es decir, exactamente lo contrario a la doctrina Powell. Que nadie deduzca por ello que Powell es un idealista o pacifista. Lejos de serlo, su trayectoria ha sido siempre la de un hombre cercano al poder, e incluso a sus lados más oscuros. Su propio hijo Michael ha sido encargado de una de las tareas más importantes de la administración republicana: acabar desde su puesto de responsable de regulación de las telecomunicaciones con todas las leyes antimonopolísticas en vigor desde Franklin Delano Roosevelt. Lo que en verdad diferencia a Colin Powell de sus compañeros de administración es su realismo y experiencia. Estamos ante un hombre que ha luchado en Vietnam, que ha visto el mundo exterior y ha comprendido los límites de lo que le es posible hacer al gobierno americano. Sus compañeros, en cambio, sobre todo aquellos que presionan para ampliar el alcance del intervencionismo, han pasado su vida trazando planes en despachos de Washington y si han viajado al extranjero, lo han hecho a hoteles de cinco estrellas para entrevistarse con nativos educados en Harvard. La prudente visión de Powell es compartida por muchos en el departamento de estado, que es la burocracia más internacionalista y viajada de Estados Unidos. Ello les ha ganado la hostilidad de otras burocracias y de muchos grupos de presión (véase el durísimo anuncio que la Organización Sionista Americana publicó en el New York Times, denigrando la postura de Powell ante el terrorismo palestino). La dirección de la política americana recae, sin embargo, cada día más en el Pentágono. Entre otras cosas, porque el presupuesto de Estado es 30.000 millones de dólares, el de Defensa es 300.000. El epicentro de la polémica entre Powell y el resto ha sido, por supuesto, la política americana respecto al Oriente Medio. Los mensajes divergentes entre ellos son constantes en los últimos meses. Recientemente, Ari Fleisher, portavoz de Bush, restó importancia a las palabras de Powell sobre la posibilidad de un reconocimiento provisional del estado palestino, diciendo que reflejaban el consejo de otros países. Toda la labor de Powell y su departamento se vino abajo con estas palabras y con las pocas que farfulló el presidente Bush apoyando inequívocamente a Sharon. Ante este constante sabotaje de su trabajo, y el de su departamento surge el rumor de la futura dimisión del general Powell. Mucho desearían los rivales de Powell que dejara el cargo. Es un rival de demasiado peso para ignorarlo. Con un problema añadido muy grave para los neoconservadores; no puede ser cesado. Su popularidad sigue siendo alta, más incluso que la de Bush, y su carisma sigue intacto, por mucho que lo detesten la derecha cristiana, los sionistas y los nacionalistas negros. Y no sólo lo necesitan los dirigentes extranjeros, también la opinión pública americana siente que su consejo es imprescindible para el presidente. A nadie se le oculta a estas alturas que George Bush Jr. es una persona no ya ignorante, sino incapaz de aprender y dolorosamente consciente (¿no le ven mala cara?) de que no está capacitado para su puesto. Se convierte así en marioneta guiada por las voces que le rodean, sobre todo en aquellas cuestiones que por su complejidad y lejanía no hay instinto del que uno se pueda fiar. De ahí el temor que asalta a todos si desaparece una de las pocas voces sensatas entre las cercanas a él. P.D. Comentábamos hace un poco que los líderes militares del Pentágono habían forzado al Presidente Bush a aplazar el ataque a Irak, y que a resultas de ello los amigos de Israel habían iniciado una campaña contra él. Poco ha tardado Bush en dar a entender que atacará a Hussein. Esta vez, vía CIA. Ya lo decíamos un día: de las batallas de hoy, ningunas tan decisivas como las que se luchan en los pasillos de Washington. |
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Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 19/06/2002
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