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El plan contra Irak vuelve al cajón
Por Andrés Freire (Canal Mundo, 11/06/2002)
 
 

La historia es ya merecidamente famosa. La secretaria de Estado Madeleine Albright, mezcla única e inolvidable de arrogancia, ineptitud y maldad, procuraba convencer a Colin Powell, presidente entonces de la junta de jefes del estado mayor, de que aceptara llevar tropas a Bosnia. Ante sus reticencias, Albright le comentó a Powell:

-¿Para qué entonces el soberbio ejército del que siempre estáis hablando, si no lo podemos usar?

“Pensé que me iba a dar un aneurisma”, recordó más tarde Powell en sus memorias. “Los militares americanos no son soldados de juguete disponibles para mover como peones en una suerte de gran juego global”.

Lejos quedan ya en la memoria las operaciones humanitarias de los tiempos de Clinton, pero sigue en pie más firme que nunca el deseo de altos responsables civiles de utilizar el todopoderoso ejército americano en juegos geoestratégicos para rediseñar el mapa del mundo. El 11/9 ha significado para ellos una carta blanca que permite legitimar sus más arriesgadas ilusiones. Y ninguna de ellas más insistente que la de eliminar a Sadam Hussein del poder irakí.

Ya desde el principio, sectores radicales de la Administración Bush trataron de implicar a Hussein de algún modo en la organización de la masacre de las Torres Gemelas. James Woolsey, exdirector de la CIA, fue enviado a Europa en busca de pruebas, y poco halló. Tras la incapacidad de vincular a Hussein y Ben Laden, el argumento pasó a ser otro: Irak seguía desarrollando armas de destrucción masiva, y el mundo no estaría seguro mientras estas armas estuvieran en manos de un tirano capaz de gasear a su gente.

La insistencia en considerar a Irak como parada obligatoria de la guerra contra el terror no tuvo eco fuera de Estados Unidos. Blair, que no escatimó palabras contra el régimen de Sadam, se vio forzado a asegurar, en una reunión privada ante importantes miembros de un Partido Laborista a punto de la rebelión, que no iba a acompañar un ataque americano a Irak, si éste no tenía autorización previa de la ONU. En Europa tampoco gustaba nada la idea, pero a pocos le preocupa hoy lo que opinen los acomodados pero protestones habitantes del viejo continente. El mismo Cheney viajó por Oriente Medio para tantear a los líderes de la región. Encontró oposición absoluta. Es más, en la cumbre árabe, Kuwait e Irak firmaron por fin el tratado de paz, ante la mirada sonriente del Príncipe Regente Abdullah, heredero (de 76 años) al trono saudita.

Nada de ello, parecía aplacar la presión que llegaba de Washington. Muchas veces, de los mensajes emitidos desde Estados Unidos parecía entenderse que la discusión ya no era sobre el si sino sobre el cómo y cuándo. El cúando, aventuraban todos, era en otoño, coincidiendo con las elecciones legislativas. El cómo, de acuerdo con el plan más difundido, era el modo afgano, siendo sobre todo los kurdos quienes harían el papel de la Alianza del Norte. (De ahí, la indisimulada incomodidad de los turcos).

Lo más intrigante de todo este esfuerzo para acabar con Hussein ha sido la dificultad de encontrar motivos aparentes. Es obvio que la justificación en forma de armas de destrucción masiva que desarrolla Irak no se sostiene. En primer lugar, no hay pruebas de que siga haciéndolo. En segundo, sabemos por experiencia que no se atreverá a usarlas, pues la respuesta de los atacados (por cierto, sus misiles sólo alcanzan a Israel) sería apocalíptica. La disuasión, lo vimos en la guerra del golfo, sigue funcionando.

Tampoco es pensable que, tal como se ha comentado muchas veces, nos hallemos ante un asunto personal, por el cual antiguos rivales quieran resolver viejas querellas. Sadam fue durante cierto tiempo su aliado, y fueron consideraciones políticas y no éticas las que decidieron a los Estados Unidos a hacer la guerra contra él tras la invasión de Kuwait (ante el asombro de Sadam que creía tener licencia americana). Incluso, desde el punto de vista estratégico, el vecino Irán es un país mucho más rico y poblado, situado en un punto central de Eurasia, y su desafío a Estados Unidos es más antiguo y exitoso. ¿Por qué tanta insistencia en un ataque que, nadie lo duda, tendría consecuencias explosivas?

Para encontrar la respuesta, hemos de preguntarnos entonces quiénes, en las tortuosas luchas burocráticas de Washington, son los impulsores del frente anti-irakí. Dick Cheney y Donald Rumsfeld, dos famosos halcones, no han ocultado sus deseos de acabar con el régimen de Irak, pero no han hecho de ello una necesidad. Han sido sobre todo sus segundos los que han mostrado una determinación ansiosa y sin frenos por la segunda guerra del golfo: Lewis Libby, asistente de Cheney, Paul Wolfowitz, el número dos del Pentágono y Richard Perle, presidente del Consejo Asesor de Defensa. Es decir, el centro ideológico de los neoconservadores, propulsores de un nuevo orden que ellos mismos reconocen imperial (quien quiera conocer su esquema mental, debe leer el importante artículo de Nicholas Lemann en el New Yorker), y líderes también reconocidos del lobby judío.

Por tanto, la clave de la política americana hacia Irak pasa de nuevo por la conexión Washington-Tel Aviv, y la presión de estos meses sobre Hussein no puede desvincularse de los actos bélicos de Sharon contra la Autoridad Nacional Palestina. Como a estas alturas es conocido (así lo entiende, por ejemplo, el prestigioso estratega israelita Martin Van Creveld) esas actuaciones nada tienen que ver con las necesidades estratégicas de la lucha contra el terrorismo, y sí en cambio están ligadas a los deseos de los sectores más radicales del sionismo de acabar con el proceso de paz iniciado en Oslo. Así pues, uno se malicia (y ante esta gente una mente maliciosa suele acertar) que ellos no temían que el ataque a Irak produjera una brutal sacudida en el resto de los inestables países de la región, sino que lo deseaban. El objetivo sólo puede ser uno: trazar un nuevo mapa de Oriente Medio, desde Israel y Jordania a, ¿por qué no?, Arabia Saudita. Nunca han ocultado ese deseo, y no son personas que se limitan a esperar los acontecimientos, los provocan.

Lo que no esperaba la dirección civil del Pentágono es que la oposición a la guerra fuera tan rotunda, y que ésta viniera principalmente de los responsables militares. Éstos no tienen en estima a los analistas de butaca que discuten estrategias de guerra, sin haber servido jamás en el ejército, y que mandan a sus muchachos a morir, ellos que evitaron con argucias luchar en la guerra de Vietnam. El plan antes mencionado no les parecía posible, y concertaron entre todos los miembros de la Junta de Jefes de Estado Mayor evitar como fuera posible una reedición de la guerra del golfo. Tal como explicó el General Tommy Franks, para derrotar a Irak, serían necesarios 200.000 soldados, sin bases de apoyo, que se verían obligados a luchar casa por casa en una dura invasión ante un enemigo al que no cabía la posibilidad de rendirse. Los militares hicieron saber sus objeciones filtrándolas a la prensa, y convencieron a Rumsfeld de que no era posible el ataque en un futuro próximo. Días después, el Presidente Bush reconoció en rueda de prensa en Alemania que no entraba en sus planes atacar Irak. Los militares habían ganado el pulso, de momento.

Una decisión así no le saldrá gratis al Presidente Bush. Bien sabe él que, si se enajena el apoyo del lobby judío, y del otro sector de la población radicalmente fiel a Israel, la derecha cristiana, se arriesga a sufrir la misma suerte que su padre. Los primeros efectos se están empezando a notar, con la polémica que ha surgido acerca de lo que sabía la Administración Bush del ataque del 11/S. No es casualidad que fuera el New York Post, el más proisraelita de los periódicos americanos, el que titulara su portada con el impactante Bush Knew. Ni que el Weekly Standard, dirigido por el proisraelita Kristol (y pagado por Murdoch), reclame explicaciones concluyentes. Ni que sea Joe Liebermann, senador por Tel-Aviv vía Connecticut, quien impulse una más amplia comisión senatorial de investigación. Todo esto nos lo confirma una fuente muy vinculada al Mossad, Gordon Thomas, quien afirma que las filtraciones provienen del entorno de Sharon, muy resentido contra Bush. Según Thomas, es cierto que el Mossad mantenía vigilados a los miembros de Al-Qaeda en Estados Unidos, pero que avisaron de sus planes casi con desesperación a la CIA, que no se dio por aludida. Que la historia de Thomas sea cierta, o sólo una intoxicación, no lo sabemos. Pero demuestra el grado de dureza con el que están dispuestos a jugar algunos.

Y sin embargo, la duda permanece; si los militares no desean ponerse al servicio de burdas aventuras imperiales, y prefieren limitarse a defender la seguridad nacional de un territorio ya protegido por la geografía, ¿qué utilidad tienen sus asombrosos medios? Ninguna buena, de seguro, como sabían los padres fundadores de la República que prohibieron un ejército permanente.

 
 

Andrés Freire é colaborador do IGADI.

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