| Las bases del Golfo Por Andrés Freire (Canal Mundo, 29/10/2002) |
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Es lugar común afirmar que el interés nacional americano exige el expandir sus bases militares por todo el planeta. Nadie discute esa necesidad. Observemos, sin embargo, las más famosas de las guarniciones imperiales americanas, las situadas en Arabia Saudita. Son las joyas de la corona de la supremacía de Estados Unidos, obtenidas tras el triunfo de la Guerra del Golfo. ¿Qué defienden esas bases? De acuerdo con la verdad común y aceptada, esas bases defienden el suministro de petróleo. Sí, pero suministro, ¿a quién? No a Estados Unidos, que compran más en su propio hemisferio, y tienen producción propia y reservas intactas, sino a Europa y Japón, que son las regiones que tienen en el petróleo del golfo el fluido sin el que no pueden vivir. Es decir, somos nosotros, son los japoneses quienes necesitan ese petróleo. Además, siguiendo la ideología dominante que sirve de referencia a la política económica de nuestra era, la libertad de mercados es un principio imperante. Es incluso un principio estratégico de la OTAN defender la dura lex de la oferta y la demanda. ¿En qué espacio de esa ecuación entran las bases militares? ¿Dejarían acaso de vender petróleo los unos, comprarlo los otros, si no estuvieran allí esos soldados? ¿Bombardearán los americanos los territorios sagrados del mundo árabe, en caso de que el Rey de turno decida detener los flujos comerciales? Bien miradas, las bases del golfo protegen no tanto el suministro a Estados Unidos como las inversiones de los grandes consorcios del petróleo que el suministro a Occidente. Protegen también las propiedades de una amplia casa real muy vinculada a esos mismos consorcios y que, sin esa protección, encontrarían muy difícil mantenerse en el poder. De esta alianza surgen otros beneficios colaterales: los petrodólares acaban siendo invertidos en Occidente, y el comercio del petróleo, cuyo precio es fijado en dólares, mantiene en pie la moneda americana, que de otro modo, podría pasar a ser papel inútil. ¿Pero acaso no han sido, en buena parte, los gastos que acompañan al imperio los que obligaron a Nixon a revocar la vinculación entre dólar y oro? Intereses, en fin, privados los que defienden esas bases. Estados Unidos, como nación, pierde con ellas su gran ventaja estratégica: habitar un continente-isla, en la que no son imprescindible los complejos juegos geopolíticos en los que viven en Eurasia, rodeados de rivales del mismo orden, de posibles enemigos. En un tiempo en que un portaaviones americano es capaz por si sólo de controlar un océano, y una aeronave puede partir de Missouri, arrojar su carga letal, y regresar a casa sin pisar tierra, ¿por qué es menester sazonar el mundo de bases militares? |
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Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 02/11/2002
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