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El debate sobre la próxima ronda de ampliación de la OTAN es uno de esos que interesa sólo
a expertos, y transcurre en pasillos y despachos más que en parlamentos y televisiones (y en Washington
más que en Bruselas). Los países candidatos son nueve: Eslovenia, Eslovaquia, Estonia, Letonia, Lituania,
Bulgaria, Rumanía, Macedonia y Albania, a los que hay que añadir Croacia. La decisión se tomará
en la Cumbre de Praga en el próximo septiembre.
Las opciones que se barajan son múltiples. Hasta hace poco se daban por ciertos sólo dos países,
Eslovenia y Eslovaquia. El primero sigue siéndolo, pero en el caso eslovaco, la amenaza del regreso del
expresidente Meciar pone en peligro muchos planes. Sobre el resto, los titubeos han sido mayores, pero el ataque
del 11/S ha puesto el poder en manos de los radicales en Washington, de modo que la prudencia no será factor
que cuente en la decisión. Por ello, es probable que los países bálticos sean también
invitados, con Lituania como baza segura. Y si bien Macedonia y Albania serán descartados por su inestabilidad
pudiera ser que, por sorpresa, ingresaran en la OTAN Bulgaria y Rumanía, países tradicionalmente
del ámbito geopolítico ruso, pero que proporcionan un importantísimo acceso al Mar Negro.
Y de este modo, la unificación europea prosigue paso a paso, pero no por medio de la organización
diseñada al efecto, la UE, sino por una alianza de defensa liderada por Estados Unidos. Pues la OTAN, por
mucho que se vista de organización de seguridad colectiva dedicada al fomento de la “seguridad y estabilidad””
en Europa, sigue descansando sobre el artículo V, aquel que afirma que “las partes reconocen que un ataque
contra una de ellas será un ataque contra todos”.
Es cierto, sin embargo, que la OTAN se ha convertido en la organización de seguridad esencial en Europa.
La Alianza Atlántica ha sido un formidable espacio para la armonización, cohesión y confianza
entre los distintos ejércitos europeos. Los ha unificado de tal manera, sobre todo en los cuerpos profesionales
de élite, que parecen incapaces de luchar guerras en solitario. Una consecuencia no deseada de esta desnacionalización
de las distintas políticas de defensa ha sido que muchos países, confiados en las garantías
de seguridad americanas, han permitido una degradación profunda de sus aparatos de defensa. Es más,
de reconstruirse los ejércitos, lo harán como cuerpos parciales del ejército común
europeo con base en Bruselas (y obediencia europea)
Es sobre esta doble lógica (seguridad colectiva hacia dentro, alianza de defensa, que genera confianza,
hacia fuera) sobre la que se sostiene el discurso que aboga por la ampliación de la OTAN. Por debajo de
ese discurso, se encuentra dos asunciones básicas que normalmente no son explicitadas, y sin las cuales
es imposible comprender todo el proceso.
En primer lugar, la ampliación, de la que “ninguna democracia europea está en principio excluida”
presupone “el final de la historia”. Es decir, en la región integrada por la OTAN, la democracia liberal-social,
apoyada por la interdependencia económica, es el eje sobre el que se basa la seguridad, y por ello la ampliación
se hace en nombre de los “valores comunes de la democracia y los derechos humanos”. Y el avance hacia el este de
estos valores, y con ellos de la OTAN, es inevitable, por muchos atrancos que encuentre en el camino.
La segunda idea básica es la de que aquella potencia contra la cual se amplía, es decir Rusia, nada
puede hacer para oponerse a este impulso hacia el este del hegemón americano. Empobrecida, débil
y fragmentada, Rusia ha de tragar con lo que sea. Y nunca llegará un momento (pongamos, misiles en Lituania,
o entrada de Ucrania en la OTAN) en que los dirigentes de aquel país decidan que NO, que tal medida es un
casus belli ¿Por qué? Porque aquellos que amplían el espacio de defensa europea dan por seguro
que la guerra es imposible. Incluso para un país que envía a decenas de miles de conscriptos a morir
a unas montañas perdidas del Caúcaso.
El tiempo dirá si la ampliación de la OTAN se apoya en bases sólidas y contrastadas o simple
buenos deseos.. Lo cierto es que, sin apenas debate ni controversia, el gobierno español compromete a nuestros
soldados a “morir por Riga”. Aún más inquietante es la constatación de que nuestra seguridad
depende de la buena voluntad de poderes cada vez más ajenos y alejados. Nos resta confiar en seguir estando
en el lado bueno del Imperio.
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