| La misión afgana Por Andrés Freire (Canal Mundo, 19/02/2002) |
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A Afganistán partieron las tropas españolas, como parte de la Fuerza Internacional de Asistencia y Seguridad. No es ésta una misión de la Unión Europea, sino una alianza ad hoc de 13 países de la UE, liderada por el Reino Unido y autorizada por la ONU. En principio, el contingente español se compondrá de 485 militares, pertenecientes a equipos de zapadores, sanitarios, logística y buscaminas. La división de trabajo propuesta por Condoleeza Rice en la campaña electoral (los americanos luchan, los europeos asisten), que tanto escándalo produjo en el viejo continente, parece que se cumple por la vía de los hechos consumados. Y mientras marchaban a Afganistán, pocos se han preguntado abiertamente “qué diablos se les ha perdido allí”. Las intenciones americanas en la región, aunque enmascaradas tras la retórica habitual, son tangibles: abrir unas bases militares en un espacio geopolítico cada vez más importante, con el objeto de luchar por el control sobre los flujos de energía del Caspio y situarse estratégicamente en un área vecina a Irán, Pakistán, India, Rusia y China. Además, el tener tropas en un país ayuda a conseguir contratos de reconstrucción. (Aunque no creo que fuera esto en lo que pensaba Schumpeter cuando hablaba de la destrucción creativa del capitalismo). Los propósitos europeos en Afganistán son menos claros. El primero es compartir con los americanos una modesta parte del botín, en forma de participación en los negocios del gas y el petróleo, y algunos contratos de reconstrucción. El segundo objetivo, quizás más importante, tiene mucho que ver con el prestigio: Demostrar que la Unión Europea tiene un papel que cumplir en los asuntos mundiales, papel que incide sobre todo en la importancia de los aspectos no militares de la seguridad. De ahí que la vertiente civil de la misión, la construcción de un estado de derecho más o menos democrático en Afganistán, sea mucho más importante para Europa que para Estados Unidos. Por consiguiente, al despedir a nuestras tropas, el Jefe de Estado español no tuvo rubor en proclamar que partían a “rescatar a un pueblo del horror del fanatismo”. A nadie asombraron estas palabras, a pesar de su inescapable regusto colonial (con parecida lógica subyacente: unos portan la luz a los salvajes mientras que otros arramblan con sus materias primas). Y si a nadie asombraron las palabras del Rey, es porque éste se limitaba a repetir el discurso aceptado por todos acerca de la intervención europea en Afganistán. De esta ola de neocolonialismo que aqueja a Europa, no sólo asombra que tenga lugar tras décadas de análisis crítico del periodo colonial, sino que encuentre más defensores en la nueva izquierda que en la vieja derecha. En cierto sentido, Afganistán se asemeja a “la primera guerra feminista”, del mismo modo que Kosovo fue la primera guerra de los pacifistas. De ahí que no sean pocas las ONGs que se han acomodado a la “bombología de la liberación” (¿en espera acaso de los subsiguientes programas de ingeniería social?). A la situación real sobre el terreno, a las circunstancias estratégicas que se van a encontrar los soldados europeos, nadie parece haber prestado un especial interés. Les recuerdo que nuestras tropas se dirigen a un país situado a 5.500 kms. de distancia, y su entrada en él no habría sido posible si los aliados americanos no lo hubieran bombardeado. Los nativos, tal vez por ignorancia, todavía no saben que las bombas tenían por objeto liberarlos del fanatismo, y la vida de los militares españoles estará a merced de su benevolencia. De momento, les está prohibido salir de Kabul, pues en el resto del territorio, campea el desgobierno y la violencia. Las batallas entre señores de la guerra continúan, prosiguen las bombas americanas. Inevitablemente, el objetivo de la misión (nation bulding) implica la intromisión de las tropas europeas en un mundo de lealtades tribales y banderías, donde el opio y sus rutas son la principal riqueza, y la vida humana es bien de escaso valor. El objetivo colateral de la misión (el de mejorar la situación de la mujer afgana) supone la injerencia occidental en las estructuras familiares de los clanes locales. Con ello queremos apuntar que, si la misión es seria, topará con violentos y decididos enemigos. Para el ejército español, estas operaciones de pacificación (¡qué orwelliana suena la palabra!) han sido ante todo un intento de ganarse una nueva legitimidad. En cada partida, los soldados son despedidos con orgullo por políticos y columnistas. Una vez idos, nadie se preocupa por saber cómo les va o lo que hacen (asistir impávidos, por ejemplo, a una limpieza étnica en Kosovo). Quien les envía a Afganistán, no piensa en ellos como soldados de un ejército, sino como materializaciones de conceptos abstractos: “fuerzas armadas para la paz”, “el papel de Europa en el mundo”. Pero si estos conceptos son frases huecas, puro viento, serán ellos los soldados, en sus carnes y sus huesos, los que sufrirán los embates de la realidad. Y, aparentemente, la realidad no ha sido un factor tenido en cuenta al planificar la operación afgana. |
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Andrés Freire. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 13/02/2002
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