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Vietnam después del IX Congreso del PCV
Por Xulio Ríos (Pueblos, xuño de 2001)
 
El Partido Comunista de Vietnam (PCV) celebró su IX Congreso en el pasado mes de abril sin que puedan adivinarse pequeñas sorpresas ni grandes cambios en su línea de actuación, más allá de los sugeridos por el relevo de su troika dirigente. ¿Quiere ello decir que todo está en calma? Ni mucho menos. Como señaló Le Kha Phieu, secretario general saliente, desde la tribuna del diario del Partido, Nhan Dan (El Pueblo), el PCV se enfrenta a un preocupante aislamiento social y al resentimiento de amplios sectores de la población, especialmente en el campo, que no perciben sino las consecuencias negativas de la amplia reforma impulsada desde 1986. No se trata de consideraciones excéntricas de un general conservador, sino la voz de alarma ante la creciente pérdida de influencia del PCV pese al aparente control de todos los resortes institucionales del poder.

La transformación que ha experimentado Vietnam en los últimos años es digna de mención. La política de “doi moi” o renovación, impulsada al principio al socaire de la perestroika pero progresivamente resituada con la vista puesta en China, pretende una transición ordenada a un sistema de economía social de mercado, propiciando para ello un amplio proceso de apertura económica y de inserción en los mercados internacionales, siempre de modo gradual y afectando lo minimo posible al sistema político. El éxito, en términos generales, ha acompañado este proceso, si nos atenemos a los logros y avances de naturaleza económica. Baste un ejemplo: en 1988 la inflación ascendía al 400 por ciento y cinco años más tarde no alcanzaba el 9 por ciento. En 2000 fue del 2 por ciento. No obstante, parecen exageradas las opiniones que pronostican que nos hallamos ante el próximo milagro asiático, ante un nuevo tigre. Ciertamente su economía ha crecido, entre 1995 y 2000, por ejemplo, a una media de 7,4 por ciento, pero las bases de ese crecimiento son aún frágiles en extremo, tanto en lo que se refiere a la vertebración interior como a su relación con el exterior.

Vietnam es aún un país subdesarrollado. La agricultura y la pesca representan las tres cuartas partes del empleo, pero solo aportan una cuarta parte al PIB. De un total de 174 países, Vietnam ocupaba en 1998 el puesto número 122 en el ranking de PIB por habitante. Casi la mitad de la población vive con menos de 100 pesetas al día y por debajo del umbral de pobreza. Etnias como los muong permanecen desde hace décadas postradas en una miseria crónica. Los nuevos signos de opulencia no han conseguido opacar esta compleja realidad, propia de los países más pobres del mundo, y, muy al contrario, han exacerbado las desigualdades sociales y los desequilibrios territoriales, y también los descontentos.

Como en la vecina China, buena parte de la estrategia modernizadora de Hanoi se ha basado en la captación de recursos financieros foráneos y, en primer lugar, de las comunidades vietnamitas existentes en el exterior. Las dificultades de esta política se evidenciaron claramente en la última crisis asiática que originó una importante caída de las inversiones procedentes de los países de la zona (un 40 por ciento entre 1997 y 1998), frenando sensiblemente su “espectacular” despegue. La deuda externa ronda el 30 por ciento del PIB. Y es que no basta el panel de atractivos al uso y tan del gusto de las transnacionales: una población joven (el 70 por ciento de sus 77 millones de habitantes tiene menos de 30 años), un índice de alfabetización que supera el 93 por ciento, la buena cualificación de su mano de obra, por encima de la media de la zona, o los bajos salarios.
La apuesta china por Hainan, a pocos kilómetros de Vietnam, una de las primeras zonas económicas del país, perjudica a Hanoi y dificulta seriamente sus perspectivas de captación de recursos financieros en el sudeste asiático.

En el orden interno, opera un marco similar al existente en su gran vecino del Norte: las hipotecas sociales se disparan. En el medio rural, donde aún reside el ochenta por ciento de la población, el nivel de renta es diez veces inferior al urbano y ello genera malestar y protestas, incrementadas además por el constante aumento de los impuestos, unica vía de las autoridades locales para financiar diferentes iniciativas que el Estado no puede sufragar debido a su extrema precariedad financiera. La descolectivización inducida a partir de 1988, manteniendo la propiedad estatal de la tierra pero liberalizando su uso al estilo chino, ha liberado una importante cantidad de mano de obra que sumada al retorno de las tropas estacionadas en Camboya o el de tantos emigrantes residentes en los países del antiguo CAME, han agravado las dificultades sociales.

Especial atención merece el espectacular incremento del sector informal. Según un informe de la ONU, en 1993. más del 50 por ciento del sector privado se desarrollaba por estos cauces, eludiendo el control y la fiscalidad oficial. Tres años más tarde, representaría el 48 por ciento del PIB. Después del sector agrícola y antes incluso que el propio Estado, el sector informal sería el más relevante, empleando a una persona de cada seis y a tres sobre cuatro si descontamos la agricultura. No es solo que el Estado ha perdido el monopolio del empleo, sino que ha diluído su presencia en el conjunto de la economía y de la sociedad: los alumnos abandonan las escuelas para adentrarse de lleno en la economía sumergida y el Estado no consigue hacer aflorar esa inmensa fuerza que poco a poco le debilita.

El esplendor de la economía informal, con mayor incidencia en el medio urbano y en el Sur del país, responde a la incapacidad del sistema económico para absorber la creciente mano de obra. Cada año más de dos millones de personas se incorporan al mercado de trabajo. El auge del sector informal contribuye en buena medida a la estabilización social del país que, de otro modo, podría experimentar serias crisis; sin embargo, consolida ciertas prácticas que dificultan el establecimiento de mecanismos redistributivos y cuestionan el papel del Estado, o fomenta la absoluta generalización de actividades ilegales como el contrabando, en pleno apogeo en las fronteras con China y Camboya, que nadie consigue reprimir.

La fortuna del sector informal evidencia la flacidez del Estado para sujetar las riendas de la economía, lo que ha permitido cierta optimización de las facilidades para impulsar la liberalización una vez que se ha relajado el discurso ideológico. En otras palabras, la levedad del magma burocrático facilita la reforma pero a su vez la sumerge, en buena medida, en un peligroso caos. Los intentos de hacerse con la situación recurriendo a decisiones administrativas adoptadas por la máxima jerarquía, el Buró Político, como la obligación de establecer células del Partido y secciones sindicales en las empresas privadas, no han funcionado.


Normalización exterior

Buena parte de la fragilidad de Vietnam hunde sus raíces en su convulsa historia reciente, marcada de principio a fin por los conflictos armados. Al durísimo conflicto con Estados Unidos, se sucedieron los litigios fronterizos con China, su implicación en Camboya o los contenciosos, que aún perduran, por el control de los islotes situados en el mar de China meridional. Unido a las severas carencias estructurales, los devastadores efectos de la guerra y la necesidad de aplicar ingentes recursos al esfuerzo militar, dificultaron su desarrollo. Esa situación imponía, además, una voluntad de aislamiento, político y económico, que solo pudo quebrarse a partir de finales de los años ochenta.

La progresiva superación de la histórica enemistad con Washington ha dibujado un nuevo escenario estratégico. Levantado en 1994 el embargo comercial, la plena normalización de relaciones se materializó al año siguiente con la apertura de la nueva embajada en Hanoi. La visita histórica del Presidente Clinton en noviembre de 2000 consolidó ese acercamiento de naturaleza esencialmente económica. La mitad de los 80 millones de vietnamitas de hoy no conocieron aquella guerra brutal.

Diferente ha sido, por el contrario, la reformulación de las relaciones con Rusia, hoy como en el pasado, con una fuerte connotación estratégica, pero ya sin el marchamo ideológico de otras épocas. En marzo de este año, la visita de Putin a Hanoi sirvió para firmar un acuerdo de asociación que garantiza a Moscú el papel de suministrador del anquilosado arsenal vietnamita, el uso de la base militar de Cam Ranh, en el sur del país y abre el camino a las inversiones rusas en sectores como el petróleo o el gas.

Como expresión de esa voluntad de integración regional, desde 1995, Vietnam pasó a formar parte de la ANSEA (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) que en 2003 inaugura un mercado aduanero común al que Hanoi pretende adherirse, a pesar de sus enormes dificultades estructurales, especialmente en orden a la represión eficaz del contrabando.

En cuanto a China, persiste la relación de amor-odio. De una parte, al amparo de la similitud de las políticas aplicadas por ambos Partidos, se han normalizado los principales litigios y prosigue el intercambio de delegaciones al más alto nivel. No obstante, la rivalidad tradicional deja su impronta hoy día en el contencioso de las islas Paracels (Xisha y Zhongsha) y Spratleys (Nansha).


El pulso político interno

El PCV aspira a consolidar su influencia política a través de las reformas: el desarrollo debe legitimar su poder. Actualmente cuenta con unos dos millones de miembros, muy desigualmente repartidos, con una fuerte presencia en el Norte del país y mínima en el Sur. Formalmente, cuenta con una amplia implantación. En las 35.000 aldeas de Vietnam existen células con una media de 5-6 miembros. En los últimos años, el Partido, reconocido mediador, ha venido ensayando cierto distanciamiento del aparato administrativo, procurando enfatizar su papel exclusivamente director, pero reservando al Estado la gestión corriente, procurando una mayor separación entre ambos.

El resultado no es mucho ni menos satisfactorio y ambos actores se han debilitado. En primer lugar, como consecuencia de la erosión inevitable del discurso tradicional, tanto menos seductor cuanto más la realidad se aleja de él. El PCV es consciente de ello y por eso ha fomentado nuevas soluciones, ninguna plenamente satisfactoria, procurando revitalizar el orgullo nacional a través del imaginario histórico y cultural, nueva fuente de su poder y legitimidad.

Pero no resulta fácil por dos razones. Una, la corrupción, que funciona a gran escala. Algunas fuentes señalan a Vietnam como el país más corrupto de Asia. En los últimos dos años, el Partido ha sancionado a más de 19.000 miembros, pero la marea no cesa. Y dos, porque las nuevas capas sociales emergentes no se aproximan al Partido, sino que, cuando les interesa, procuran viabilizar su participación política a través de otras vías, fundamentalmente las Asambleas populares. La reforma político-electoral introducida en 1997 facilita ese proceso minímamente, pues contempla la posibilidad de más candidatos que puestos y sobre todo de promover candidatos que no cuentan con el visto bueno de las autoridades del Frente Patriótico, movimiento que agrupa al PCV y a las más poderosas organizaciones sociales.

En las elecciones de 1997 se registró el primer impacto: el PCV obtuvo el 85 por ciento de los escaños en disputa, siete puntos menos que en el anterior Parlamento. El número de candidatos sin partido que concurrieron al proceso electoral fue del 25 por ciento del total. Todo ello no solo anima el debate político momentáneamente sino que garantiza una vida parlamentaria más rica y plural.

El Ejército, con medio millón de uniformados y amplio prestigio, es un pilar clave. Su influencia alcanza la vida política y económica, casi con idéntico impacto en ambas. Mientras a los miembros del Partido se les ha prohibido estatutariamente la participación en la gestión de empresas privadas, el Ejército ha invertido en numerosos negocios, desde la industria del ocio a la construcción, el transporte aéreo o la explotación petrolífera. Ello le ha permitido también incrementar su independencia respecto al poder civil, en el que influye no solo a través de los militares en activo, sino también a través de las poderosas asociaciones de ex-combatientes. Esta amplia y organizada estructura privilegia sobre todo sus relaciones con los poderes locales en los que resulta menos compleja la culminación de cualquier operación, y tomando buena nota de una realidad que avanza, la creciente autonomía de los poderes locales. En Vietnam, el poder local, tirando provecho de la debilidad actual del Estado, expresa una fuerte tendencia a volverse autónomo.

Es probable y deseable que en el futuro no volvamos a aquella imagen de miles de balseros vietnamitas que huían a Hong Kong escapando de la pobreza. Cerca ya de la autosuficiencia alimentaria largo tiempo buscada, Vietnam ha superado satisfactoriamente la pérdida de sus mercados en el CAME y reorientado sus circuitos comerciales. Hoy, sin socios ieológicos, apuesta firmemente por una integración regional. Para los próximos años preve un crecimiento medio del 7 por ciento que le puede permitir no solo alcanzar cierto nivel de industrialización, sino sobre todo acabar con las situaciones de pobreza extrema e imaginarse dentro de la OMC a corto plazo. Pero debe fortalecer las instituciones impulsando una auténtica democratización social.

“Aprende, no copies”, afirmaba Vo Van Kiet, quien fuera primer ministro. Hanoi necesita encontrar un modelo propio y lo va a necesitar.
 

Xulio Ríos es director del IGADI.

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ÚLTIMA REVISIÓN: 23/05/2001