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| Pakistán: ¿Siempre en el lado equivocado? Por Xulio Ríos (Noticias Obreras, decembro 2001) |
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Desde que las primeras miradas de Washington se dirigieron hacia Afganistán para hallar al presunto culpable de las matanzas de las Torres Gemelas y el Pentágono, Islamabad se sabía en el ojo del huracán. La frase de Bush “quien no esté con nosotros está en contra nuestra”, sonaba a tambores de guerra en el principal y único aliado regional y mundial del gobierno talibán. Pero el general Pervez Musharraf ha desplegado una gran habilidad para transformar su complicidad en una ventaja, dando la espalda a su vecino para convertirse en un decisivo aliado de Washington. Salvar la cara como lo ha hecho e incluso aspirando a algo más que buenas palabras es realmente meritorio si tenemos en cuenta que Pakistán ha sido el principal progenitor y protector del régimen talibán. En los últimos años, las implicaciones de Pakistán en la evolución política y social de su vecino han sido permanentes y muy intensas. Sus servicios secretos, con la propia CIA y Arabia Saudí, han contribuido de forma decisiva a organizar la oposición a los soviéticos durante la década de los ochenta. En su frontera noroeste se agolpaban las bases de entrenamiento de la resistencia a la invasión soviética y los refugiados de aquel conflicto -como también los de este- acampaban en su territorio. Pero sobre todo su papel ha sido esencial en la formación del propio movimiento talibán. En las escuelas islámicas de Quetta y Peshawar, el servicio de inteligencia militar paquistaní reclutó a quienes debían poner orden en la lucha sin fin entre facciones tribales de los propios mujahidin que siguió a la retirada soviética. Hasta 100.000 paquistaníes han combatido al lado de los talibanes en los conflictos recientes. Nada de ello ha pesado en el ánimo de Musharraf quien al poco de producirse los atentados expresaba una condena sin paliativos, anunciando la plena disposición de su gobierno a colaborar en el esclarecimiento de los hechos. Islamabad no puso objeción alguna a la solicitud de Estados Unidos para sobrevolar su espacio aéreo e incluso situó su base área de Jacobad a disposición de las tropas norteamericanas. El nuevo clima de colaboración se extendió igualmente a los servicios secretos, el ISI (Inter-Services Intelligence) paquistaní que conoce al detalle la estructura, organización y mecanismos clave del régimen y movimiento talibán. ¿Podría adoptar otra posición? En la decisión de Islamabad pesa, en primer lugar, una evidencia estratégica esencial: de no allanar su disposición, probablemente Washington buscaría algún tipo de apoyo alternativo en India, que podría afectar de forma fatal a su contencioso de Cachemira, o en las repúblicas ex-soviéticas de Asia central. De hecho, aunque públicamente Nueva Delhi no ha dado muestras de ello, la sorpresa ha sido la nota dominante en el gobierno indio ante el resurgir del entendimiento de Estados Unidos y Pakistán. Pero no solo ha conseguido neutralizar la atención exclusiva de Washington a India, o evitado formar parte del grupo de países víctima de la ira estadounidense, sino que además, la llamada lucha internacional contra el terrorismo le puede proporcionar otras ventajas no menos importantes. En primer lugar, la administración Bush ha suprimido buena parte de las sanciones impuestas por Clinton a causa de su irrupción “sin consentimiento” en la carrera nuclear. La Casa Blanca ha anunciado también la concesión de ayudas económicas importantes para mejorar su situación e incluso se contempla la posibilidad de retomar el suministro militar del Pentágono que en los últimos años se había orientado hacia China. El general Musharraf cuenta con recibir ahora los 28 cazas F-16 adquiridos en los años ochenta y nunca entregados, una petición dificil de asumir en estos momentos por Bush que debe contemplar igualmente la negativa reacción que ello provocaría en el gobierno indio. ¿Que riesgos entraña ese cambio de actitud del gobierno del general Musharraf? Buena parte de la sociedad paquistaní desaprueba la complicidad de su gobierno con la estrategia aliada. Ni creen que haya sido Ben Laden el autor de los atentados ni desaprueban su acción, caso de que haya sido el responsable. La policía se ha empleado a fondo en la represión de las múltiples manifestaciones de apoyo al régimen talibán y a Ben Laden, desarrolladas principalmente en el norte del país, donde se concentra la etnia pastún, mayoritaria en Afganistán. Los pastún, como señala Jirhis al-Jawafi, investigador de la Universidad de Cambridge, representan el núcleo central de la sociedad afgana y también la base esencial de los movimientos de resistencia, a los soviéticos en los ochenta, pero también a los británicos en otro tiempo. Su capacidad de organización y disposición para el combate forman parte de su cultura. Además conviente tener presente que Pakistán nació como un estado musulmán. En origen, la base ideológica de su proyecto nacional está intimamente ligada al islam y los movimientos políticos de signo islamista han participado con cierta frecuencia en los propios gobiernos, especialmente cuando son militares, como ocurrió en la década de los ochenta con el general Zia ul-Haq que con el apoyo de Estados Unidos y de Arabia Saudí promovió el islam wahabí, un factor que propició el ascenso del también general Musharraf hace dos años. Esas complicidades le obligaron a remodelar buena parte de los mandos de inteligencia y del propio Ejército donde el ideario talibán conserva una considerable influencia. En los primeros días del pasado mes de octubre generales como Mahmoud Ahmad, Muzaffer Usmani o Muhammad Aziz Khan, que habían desempeñado incluso un papel decisivo para facilitar el triunfo del golpe militar, fueron removidos de sus cargos por haber manifestado su oposición a la nueva política pro-estadounidense. Cerradas estas fisuras Musharraf parece haber construido una sólida base en torno a su gobierno y evitado crisis seguras en el desarrollo de las operaciones militares aliadas. Pero el movimiento talibán y sobre todo la solidaridad con la población de Afganistán moviliza a numerosos simpatizantes en el interior de Pakistán. La propia estructura de Al-Qaeda mantiene una poderosa presencia en el aparato administrativo y militar de Musharraf. Esa circunstancia explica que en cualquier momento pueda acabar asesinado por un integrista islámico, como señalaba recientemente Kenizé Mourad, periodista especializada en Oriente. El entusiasmo protalibán de buena parte de la sociedad paquistaní se ha traducido no solo en manifestaciones y concentraciones sino también en alistamientos voluntarios para unirse a la batalla contra Estados Unidos, miles de hombres según unos, apenas unas docenas según el gobierno paquistaní que ha intentado reforzar los controles en la frontera. El desarrollo de la guerra en las últimas semanas, la caída de Kabul y otros importantes enclaves de la zona Norte y centro de Afganistán a manos de las tropas de la Alianza del Norte, han preocupado enormemente en Islamabad. El régimen de Musharraf quiere determinar el resultado de la lucha por el poder en Afganistán en un sentido favorable a sus intereses y teme que todo el esfuerzo aliado se concentre detrás de la Alianza del Norte cuya victoria podría reforzar la unidad pastún, lo cual sería muy peligroso, asegura el presidente paquistaní. Con los contenciosos con India en Cachemira y con Irán en Beluchistán, bajo ningún concepto aceptará un gobierno hostil en Kabul que desestabilice sus provincias del Norte. Al poco de producirse la caída de la capital afgana, el portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán, Aziz Ahmed Khan, pidió la desmilitarización de Kabul y el control de la ciudad por una fuerza multinacional o bajo bandera de la ONU que incluiría tropas de Islamabad en una misión pacificadora. Los aliados de Musharraf siguen siendo los pastún (etnia a la que también pertenecen los talibán) y la Alianza del Norte (tadjicos, uzbekos y otras etnias) son sus rivales. La retirada de las milicias talibán de las principales ciudades del norte de Afganistán ha propiciado un grave error de cálculo que pilló desprevenidos al gobierno de Islamabad, al propio Washington y a los grupos de oposición partidarios del rey Mohamed Zahir Shah, exiliado en Roma. Todos temen que se repita la situación de anarquía y guerra civil de los años noventa. Naciones Unidas, marginada de las principales decisiones, ha aprobado el informe del enviado especial a la zona, el argelino Lakhdar Brahimi, sin precisar el mandato de una posible fuerza multinacional, un contingente que en fuentes del Consejo se relaciona exclusivamente con las garantías de seguridad de las áreas que no están bajo control talibán y el acceso de la ayuda humanitaria. Si Pakistán se siente excluido del proceso de formación del nuevo gobierno de Afganistán, ni Estados Unidos podrá evitar su implicación activa en una nueva fase del drama afgano. Con una larga frontera con Afganistán en su Sur, Islamabad tiene capacidad para garantizar que nadie saldrá victorioso del actual conflicto. La guerra no se gana en el Norte y si hasta ahora el general Musharraf ha seguido angustiado la excesiva duración de las operaciones militares por miedo al impacto en el ánimo civil interno, podría verse impelido a alimentar un conflicto de larga duración. No parece que las cábalas estratégicas entiendan de sufrimiento humano. ¡Pobre Afganistán! |
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Xulio Ríos es director del IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 24/11/2001
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