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La cuestión de Cachemira
Por Xulio Ríos (Pueblos, febreiro de 2002)
 

Cuando aún no se apagaron los ecos de la guerra en Afganistán, la sombra de una nueva guerra indo-paquistaní asoma en el horizonte. El asalto, el pasado 13 de diciembre, al Parlamento de Nueva Delhi por parte de un comando armado que el gobierno hindú relaciona con terroristas cachemires entrenados en Pakistán, ha provocado una degradación peligrosa de las relaciones entre los dos países, autoproclamados potencias nucleares en el mes de mayo de 1998. Al balance de muertos y heridos en aquella acción se han ido sumando en las semanas siguientes intercambio de disparos en la frontera de Cachemira, la retirada del embajador de Nueva Delhi en Islamabad, desplazamiento de tropas en las respectivas fronteras, alerta de la aviación y limitación de las comunicaciones terrestres y áreas entre ambos países, en una secuencia ascendente que hace temer lo peor.

Sin embargo, es muy remota la posibilidad de que ahora se llegue a producir una guerra abierta entre los dos países, un escenario que no se contempla en las previsiones del que se configura, tras la victoria en Afganistán, como el principalísimo actor externo en la región. La presión internacional es y será cada vez más fuerte, sobre todo por parte de Estados Unidos que no desea distracciones, para evitar que los esporádicos episodios armados y las incontinencias verbales vayan más allá de lo necesario para consumo interno de las respectivas opiniones públicas. Pero la India, con claro sentido de la oportunidad, dificilmente renunciará a utilizar el atentado en su propio beneficio en el contexto global de la lucha contra el terrorismo, evidenciando al propio tiempo las carencias y dobleces de la nueva cruzada. En su favor tiene hoy día un argumento de peso: los grupos armados responsables del atentado contra el Parlamento operan en territorio hindú con el beneplácito y el apoyo del gobierno de Islamabad. El gobierno paquistaní ha negado su relación con el atentado, pero en la revista de temas militares Jane’s se afirma por ejemplo que en su territorio existen más de noventa campos de entrenamiento de guerrilleros cachemires que hostigan al ejército indio. El propio Departamento de Estado señala a una de esas guerrillas como organización terrorista. ¿También aquí blandirá Bush su espada de fuego purificador contra Pervez Musharraf? No parece probable, como tampoco lo hará frente al poder saudí que financia tantos movimientos díscolos de signo fundamentalista en Asia Central, Oriente Medio y tantos otros lugares sin que ninguno de sus príncipes pase a engrosar la lista de malos universales. Pesa más asegurar el flujo de petróleo a Occidente que la protección de tantas vidas amenazadas por el terror indiscriminado que alientan con su intolerancia.

Las denuncias sobre el negligente comportamiento de Islamabad no proceden solo de India. También China ha advertido en más de una ocasión sobre la presencia de militantes separatistas uigures en su territorio que habían sido entrenados en campos de Pakistán. Por no mencionar, claro está, la archiconocida implicación de sus servicios de inteligencia y militares en el adiestramiento y configuración del poder talibán en Afganistán. Precisamente uno de los mayores temores de Nueva Delhi radica en la posibilidad de que muchos de los antiguos combatientes de Afganistán encuentren ahora en suelo paquistaní los apoyos y estímulos necesarios para reorientar sus actividades y modus vivendi hacia Cachemira, reforzando las organizaciones tradicionales que con diversas militancias nacionales pero una única fe, han venido desestabilizando la región disputada en forma ininterrumpida.

Lo cierto es que tanto India como Pakistán han mantenido un amplio nivel de colaboración en esa lucha inspirada y liderada por Estados Unidos contra el terrorismo internacional, obteniendo a cambio el levantamiento de las últimas sanciones económicas y militares impuestas a ambos países tras las pruebas nucleares subterráneas que efectuaron en la primavera de 1998. Antes incluso de que comenzaran los ataques contra Kabul se habían multiplicado las misiones diplomáticas de altos cargos del Departamento de Estado y de Defensa tanto a Pakistán como a India. Para el gobierno de Islamabad, tradicional aliado de Washington, la aproximación entre Estados Unidos e India, mucho más autónoma internacionalmente y con buena comunicación con Moscú, constituía un enorme factor de presión en circunstancias internas nada fáciles, pues debía desdecirse de un pilar esencial de su política exterior en los últimos años -el apoyo al gobierno talibán-, sin irritar en exceso a los poderosos sectores sociales que internamente le son fieles, incluso en segmentos básicos del aparato del Estado, y explicitando una colaboración activa con Washington para evitar su marginación en beneficio del nuevo aliado hindú.

Bien es verdad que en Washington existe cierto descontento por las cautelas y reservas expresadas por el general Musharraf en cuanto a la publicidad de sus compromisos o a la utilización de su territorio por parte de las tropas de Estados Unidos y Gran Bretaña para realizar las operaciones en Afganistán. La presión india puede facilitar aún más la sumisión de Islamabad a los intereses de Washington. En cualquier caso, Nueva Delhi espera obtener como resultado de la crisis el cierre de los eventuales campos de entrenamiento que pudieran existir en suelo paquistaní, alegando que Islamabad es incapaz de controlar a sus propios extremistas. A la vista de la reacción estadounidense ¿quien puede recriminar a Nueva Delhi si pone en marcha una operación quirúrgica para eliminar dichos campos?


Cachemira, una larga crisis

En el fondo de la crisis, el escenario de Cachemira, territorio disputado por los dos países, recupera su actualidad. Como es sabido, todo empezó con la independencia de India y Pakistán (1947) que no solo llevó consigo uno de los mayores desplazamientos humanos de la historia reciente (10 millones de personas) sino que dejó sin solución algunos conflicos territoriales con un enorme potencial desestabilizador. Por aquel entonces el maharaja hindú que dirigía el reino de Cachemira, con una población mayoritariamente musulmana, partidario de la independencia, renuncia a una proclamación secesionista ante el temor de una rebelión popular que le conduciría directamente a los brazos de Pakistán. El Ejército de Islamabad intervino entonces para apoyar una revuelta que paradojicamente produjo el efecto contrario al deseado e inclinó la balanza a favor de India en octubre de 1947. A petición del maharaja, Nueva Delhi envió sus tropas a Cachemira concluyendo la guerra en 1949 con un acuerdo de cese de hostilidades y la región dividida en dos, una parte controlada por Pakistán (Azad Kashmir o Cachemira libre) y una parte controlada por India (Jammu y Cachemira). La segunda guerra indo-paquistaní de 1965 no modificó sustancialmente estas posiciones.

Pakistán sigue reclamando la totalidad de la región y la organización de un referéndum de autodeterminación bajo supervisión de Naciones Unidas, tal y como la India de Nehru se comprometió a realizar en su momento. La India, por su parte, considera que Cachemira ha llegado a ser parte del país de forma totalmente legal (según la normativa que regulaba la transferencia de poderes entre la antigua administración británica y las nuevas autoridades paquistaníes e indias, el maharaja, a titulo individual, tenía el derecho de opción sobre la integración de su reino en uno u otro país) y que siendo un Estado laico, no puede aceptar que una parte de su territorio pueda ser objeto de reivindicación externa en función de la confesión religiosa -musulmana- de sus habitantes. Para Nueva Delhi la idea del referéndum ha caducado: Cachemira es hoy un Estado con un nivel de autonomía superior al de cualquier estado hindú y dispone de su propia Asamblea legislativa y gobierno.

La tercera guerra se produjo en 1971, en la parte oriental de Pakistán y culminó con el acuerdo de Simla de 1972 (que señaló la vigente línea de control o frontera de hecho entre los dos países en la zona de litigio), el nacimiento de Bangla Desh y la oposición de India a todo intento de internacionalización del conflicto. Desde entonces, la parte india de Cachemira vive tradicionalmente en una situación de gran inestabilidad y violencia debido a la sucesión de interminables enfrentamientos entre diferentes grupos armados (pro-paquistaníes, pro-hindús y el ejército).

En el verano de 1999 la tensión a gran escala volvió a la región cuando se enfrentaron nuevamente en el llamado incidente de Kargil, localidad de la Cachemira india que fue ocupada por guerrilleros afganos y paquistaníes apoyados por unidades de élite del ejército de Islamabad. Las presiones de Bill Clinton sobre Nawaz Sharif, el entonces primer ministro, sutieron efecto y aunque a regañadientes ordenó la retirada transformando la inicial victoria en una severa humillación que a la postre le acabaría costando el puesto. Este fracaso condujo directamente al golpe militar de septiembre y al ascenso de Musharraf.

La disputa territorial de Cachemira, siempre con resultados desfavorables para Pakistán, está en la base de las motivaciones nucleares de ambos países que procuran establecer una igualación creíble en materia militar hasta el punto de sacrificar para ello las necesidades más elementales de sus respectivas ciudadanías, afirmando estar dispuestos “a comer hierba si fuese preciso para tener una bomba”, como señalaba el presidente Ali Bhuto. En consecuencia, hasta que no se solucione este problema difícilmente podrá comenzar a hablarse en serio de desnuclearización o incluso de plasmación efectiva de los compromisos asumidos por ambos países de moratoria sobre pruebas nucleares o la firma del Tratado para la prohibición total de las pruebas nucleares. Con todo, es importante también señalar que en el caso de India, en la opción nuclear pesa no sólo Cachemira sino también la tradicional desconfianza hacia el vecino chino.


El tiempo juega en contra de Pakistán

En el inicio de un camino de entendimiento por Cachemira podría influir la menor importancia estratégica que hoy tiene esta región, pero el factor simbólico, directamente relacionado con la propia identidad fundacional de ambos estados, dificulta seriamente cualquier posibilidad de conciliación. Después del fin de la guerra fría, el papel de gendarme regional de Pakistán se ha visto mermado acentuando su aislamiento en el plano internacional. De una parte, es menor su proyección en la estrategia petrolera de la Administración americana. Washington cuenta con bases militares en el Golfo Pérsico y la inestimable fidelidad de Turquía. Además, cada día que pasa, sus distancias con el islamismo son cada vez más notorias, sin importarle lo más mínimo en transformar en una amenaza al aliado instrumentalizado de ayer. Esa pérdida de valor se complica con la consolidación de una política de aproximación a India, evidente desde 1999 cuando Clinton inicia el “diálogo estratégico” y que le reafirma, habida cuenta por ejemplo de su potencial demográfico o económico, en su condición de potencia dominante en el sudeste de Asia.

Pakistán intenta ahora calmar la indignación de India. Temeroso de que Nueva Delhi aproveche la crisis de Afganistán para ganar terreno en la región y en la opinión pública internacional, ha ordenado la congelación de las cuentas de algunas formaciones extremistas, entre ellas, Lashkar-e-Taiba, una de las responsables del atentado contra el Parlamento hindú, medidas que difícilmente pueden ser consideradad suficientes por Nueva Delhi que exige el fin de todo terrorismo transfronterizo.

Musharraf es consciente de la inoportunidad de la acción contra el Parlamento. Le costó lo suyo girar ciento ochenta grados para dar la espalda al gobierno talibán que apadrinó y ubicarse al abrigo de la coalición antiterrorista. Su situación es extremadamente precaria. De una parte, el nuevo poder en Kabul es manifestamente antipaquistaní y responsabilizan a Islamabad de todos sus males, desde la guerra civil a Ben Laden. Para Pakistán, la importancia estratégica de su vecino es incalculable, un espacio de repliegue en caso de penetración del ejército indio en su territorio. Para ello necesita mantener unas buenas relaciones que hoy no existen, con el agravante de que la Alianza del Norte, pilar clave del nuevo poder en Kabul, mantiene estrechos vinculos con la India.

La naturaleza del problema de Cachemira es muy diferente a la del poder talibán en Afganistán. Musharraf puede dar la espalda al mulá Omar pero no a la reivindicación de Cachemira, un valor sagrado en el imaginario de la sociedad paquistaní. Aunque muchos de sus ciudadanos estén más preocupados por las dificultades de la crisis económica y la vida cotidiana, nadie entendería una renuncia a todo apoyo a quienes luchan por una Cachemira unida en torno a Islamabad. Pero nada puede seguir como hasta ahora y mucho deberá modificar el gobierno de Musharraf sus formas tradicionales de implicación. ¿Seguirá prestando respaldo a la reivindicación y a los grupos armados que la enarbolan? ¿Cómo ser efectivos en el discurso político distanciándose de las acciones terroristas? ¿Cómo evitar que la oposición interna interprete ese distanciamiento como una nueva muestra de debilidad? Conviene tener presente que especialmente en el lado paquistaní, la fragilidad del actual poder es manifiesta y que en ambos casos la sensibilidad nacionalista vive momentos de especial apogeo.

Condicionado por una realidad local adversa, Musharraf, al igual que anteriores líderes del país, siempre ha creído que en la internacionalización del conflicto podría encontrarse la fórmula ideal para la satisfacción de sus intereses. En las circunstancias actuales, incluso esta opción difícilmente podría beneficiarle.

 
 

Xulio Ríos es director del IGADI.

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ÚLTIMA REVISIÓN: 31/12/2001