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Corea: ¿Uno más Uno igual a Uno?
Por Xulio Ríos (Política Exterior nº 80, marzo/abril 2001)
 
Aún técnicamente en guerra, las dos Coreas parecen haber retomado el camino de la reconciliación y la reunificación. El encuentro entre los líderes de la República Democrática de Corea del Norte, Kim Jong-Il, y de Corea del Sur, Kim Dae-jung, celebrado en Pyongyang el pasado mes de Junio, ha marcado un punto de inflexión en las relaciones bilaterales y, de consolidarse la acual tendencia, presagia el inicio de nuevas dinámicas en toda Asia. Junto con China y Taiwán, Corea es el único país que aún permanece dividido por la fractura de la guerra fría.

Los temas humanitarios han sido determinantes en este primer contacto y ello ha permitido una cierta pluralización e impregnación social de la cumbre y sus efectos. Lo primero en pactarse ha sido la fórmula para facilitar el encuentro de las familias separadas por la guerra. Coordinado a través de las delegaciones de la Cruz Roja de ambos países pudo llevarse a cabo unos meses más tarde. A pesar de la minuciosidad del arreglo, bien elocuente acerca de las muchas cautelas y temores que acechan el proceso de aproximación, la voluntad de llegar a un entendimiento por ambas partes hizo posible el emotivo milagro: 150 personas de cada parte formaron el primer grupo –100 familiares, 30 acompañantes y 20 periodistas– que visitaron respectivamente Seúl y Pyongyang, del 15 al 18 de agosto. Con ser la más emocionante, no ha sido esta la única consecuencia.

Tras la cumbre, las provocaciones e incidentes desaparecieron a lo largo de la frontera militar común que divide la península; reanudaron su funcionamento las oficinas de enlace intercoreanos en Panmunjon; se abrió un corredor aéreo expreso que enlaza las dos capitales para fines de intercambios; se acordó la instalación de un teléfono rojo para resolver incidentes en materia de seguridad. En Seúl, al mes siguiente, se reunieron varios ministros de ambos países para ultimar los detalles de la reapertura de las carreteras y autopistas, en su día interrumpidas por la ruptura del país. En los Juegos Olímpicos de Sidney, los atletas de ambos Estados desfilaban bajo una misma bandera; se han intercambiado importantes delegaciones artísticas y de medios de información... Los resultados de la cumbre han superado las expectativas iniciales. En unos meses se ha puesto en marcha todo un entramado plural de relaciones bilaterales que a su vez impulsa el reencuentro. Solo un año antes, navíos de guerra de ambas Coreas se enfrentaban a cañonazos en aguas del Mar Amarillo, causando numerosas víctimas.

La progresiva quiebra del aislamiento diplomático de Corea del Norte ha contribuído igualmente a la consolidación del nuevo clima. El diálogo entre Washington y Pyongyang, siempre difícil, se ha ido materializando en sucesivos acuerdos que si bien han facilitado al régimen norcoreano la obtención de algunas contrapartidas materiales, parecen haberle instalado también en una nueva dinámica de negociación y entendimiento. A resultas de la cumbre, el intercambio de visitas de alto nivel entre Corea del Norte y Estados Unidos (Cho Myong Rok, vicepresidente de la Comisión Nacional de defensa visitó Washington y Madeleine Albright fue recibida en Pyongyang por Kim Jong-il) o la reanudación de relaciones diplomáticas por parte de Italia, Alemania, Gran Bretaña, España o Australia, entre otros, evidencian la solidez del actual proceso. La nueva orientación norcoreana a favor de una mayor participación e integración internacional y regional se ha puesto de manifiesto con la participación de su ministro de asuntos exteriores en la reunión de la Asamblea General de la ONU o en su reciente ingreso en la ASEAN. La cumbre Asia-Europa celebrada en el pasado mes de Octubre en Seúl expresó su total respaldo al diálogo intercoreano y la concesión del Premio Nobel de la Paz al Presidente de Corea del Sur abunda en esa línea de compromiso exterior que desea contribuír a consolidar el impulso reunificador.

Desde el encuentro de junio ha proseguido la implementación de medidas de confianza. Al margen de algún incidente puntual como la penetración del espacio aéreo del Norte por parte de aviones estadounidenses, nadie ha querido dar marcha atrás. En agosto último se anunció la puesta en marcha de una línea férrea y la construcción de una carretera que unirá al Sur con el Norte; en noviembre se constituyó una comisión para la cooperación económica intercoreana; el intercambio de visitas de delegaciones de alto nivel y en todos los frentes (defensa, político, humanitario, etc) se ha mantenido y para el presente año está prevista la celebración de una nueva cumbre. La seriedad del actual proceso también puede medirse en otros reflejos, como por ejemplo, en la preocupación exhibida por algunas cancillerías que hasta ahora se han visto beneficiadas –y pueden verse perjudicadas en el futuro– de la “indisciplina” internacional de Pyongyang. En los primeros días de julio, el primer ministro libio, Abdulrahman Mohamed Shalgham, visitó Corea del Norte, con objeto de medir el alcance y repercusiones bilaterales del nuevo marco político.

Pero conviene ser prudentes. No es la primera vez que se produce una aproximación y luego se malogra. A comienzos de los años setenta, en un buen momento de la distensión Este-Oeste, el Comunicado Norte-Sur estableció los principios guía para la unificación del país: independencia, paz y gran unión nacional, postulando la inequívoca exclusión del recurso a las armas para resolver sus diferencias y enfatizando que el de la unificación es un asunto interno de los coreanos. La primera aproximación intercoreana se vertebra formalmente en el rechazo de toda intervención extranjera en la gestión de la unificación. En noviembre de 1972 llegó a constituirse un Comité de coordinación Norte-Sur que habría de dirigir el trabajo de otros cinco subcomités (militar, político, diplomático, económico y cultural) que allanarían el camino de la reunificación. Pero a los pocos meses, el Comité de coordinación se liquidó sin llegar a materializar ninguno de sus objetivos. Aún así, los efectos de aquella tímida distensión se percibieron en la ausencia de conflictos durante un par de años.

Hasta 1988 no se volvería a intentar. El reiniciado diálogo bilateral cristalizó en un nuevo documento, el llamado Acuerdo de base intercoreana, que recoge los principios de un formal y mutuo reconocimiento. El Acuerdo, fundamentado ya entonces en el deseo común de transformar el armisticio en un tratado de paz, facilita el ingreso simultáneo de ambos Estados en Naciones Unidas. La natural y siempre obsesiva preocupación por los problemas de seguridad privilegia la creación de una comisión militar común, pero se contemplan otras múltiples vías de normalización bilateral, casi tantas como posibles, pero que tampoco llegarán a cuajar. Nunca en cualquier caso se ha llegado abordar tan directamente el problema de la reunificación como en la Declaración Conjunta de la reciente cumbre de Pyongyang, en la que se afirma que “el Norte y el Sur trabajarán juntos para lograr la reunificación nacional de forma independiente y por ellos mismos”.

¿Que puede haber cambiado ahora? ¿Que elementos nuevos pueden favorecer la vertebración de la unificación coreana con mayor optimismo? En primer lugar, conviene reflexionar sobre la situación interna de las dos Coreas. En el Norte, seis años después de la muerte de Kim Il-sung, el ideólogo del pensamiento zuche, la jefatura de su hijo y heredero, Kim Jong-il, parece consolidarse. Su posición en el Ejército, la principal base de apoyo, parece haber ganado terreno después de haber removido a más de ochocientos generales en los últimos años y colocar a personas muy próximas de su entorno familiar en puestos clave del régimen. Kim Jong-il ha logrado configurar una nueva base política para un poder que parece haber superado las incertidumbres más severas.

Por otra parte, después de una década de disminución progresiva del PIB a una media anual del 5 por ciento, en 1999 la economía norcoreana ha iniciado un ligero repunte. Las dificultades propias de toda economía de subsistencia se han aligerado como consecuencia de la irrupción en buena parte del territorio de mercados privados rurales que si bien el régimen no ha legalizado o potenciado, si ha consentido. Estos mercados han contribuido a mantener y mejorar ciertos niveles de consumo elemental y a dejar atrás las grandes hambrunas que sacudieron el país entre 1995 y 1998 causando numerosas víctimas (las cifras varían según las fuentes, pero bien podría alcanzar el medio millón de personas). En el Norte, hoy se sigue viviendo al día pero sin grandes traumas alimenticios, salvo, quizás, en pequeños lugares remotos, y la paulatina recuperación de las zonas afectadas por las inundaciones es un hecho.

En la mejora de la situación ha desempeñado un papel fundamental el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas que ha desarrollado hasta cinco campañas de emergencia alimentaria. En 1999, Corea del Norte fue el país que más fondos recibió de esta organización y el nuevo talante de Pyongyang ha permitido acceder a los funcionarios internacionales a la práctica totalidad de su territorio para gestionar más directamente el destino de las ayudas. También la vecina China ha proporcionado importantes cantidades de ayuda alimentaria.

El reciente cese del ministro de comercio exterior, Kang Jong-mo, y su sustitución por Lee Kwang-gun, experto en comercio internacional con los países de Occidente, apunta a un nuevo rumbo. Desde Beijing se han reiterado los mensajes acerca de la necesidad de propiciar una reforma y apertura al exterior y los hechos reseñados pueden aventurar las primeras bases de un giro en las estrategias económicas del Norte.

Una cierta estabilidad en Pyongyang contribuye a evitar la desesperación y favorece la racionalidad de un diálogo bilateral que precisa obviar el tradicional recurso al aventurerismo. El hundimiento del Norte produciría, a buen seguro, una avalancha de miles de refugiados hacia el Sur con el consiguiente caos social, pero también hacia los países vecinos, en los que no siempre podrán encontrar una situación mucho más favorable. China y Rusia ya han elevado protestas a Pyongyang por su falta de control del éxodo de refugiados que produce situaciones de tensión en sus fronteras.

En el Sur, el triunfo del opositor Kim Dae-jung en las elecciones presidenciales de 1997, comparada por algunos en cuanto a su significado y valor político a la de Nelson Mandela en Sudáfrica, abre un nuevo horizonte para una sociedad sumida en la crisis económica y financiera y hastiada de la tradicional combinación de autoritarismo y corrupción. Aunque su gestión de la política interna ha sido díficil y abiertamente cuestionada, la sunshine policy, la política de mano tendida hacia el Norte se ha visto coronada por el éxito, obteniendo un reconocimiento cada vez mayor. No se trata solo de la realización de la cumbre. Durante 1999, el comercio entre ambas Coreas, por ejemplo, creció un 50,2 por ciento en relación al anterior ejercicio, alcanzando los 333 millones de dólares (1) y numerosas empresas mantienen negociaciones para desarrollar planes de expansión en el Norte. En la delegación del Sur que participó en el encuentro de Pyongyang se incluían altos ejecutivos de empresas como Hyundai, LG, Samsung o SK. Entre los acuerdos de la cumbre se incluye la potenciación de una zona industrial en el Norte para favorecer la implantación de las empresas del Sur que, con mucha prudencia por el momento, aspiran a hacer grandes negocios aprovechando la mano de obra local, barata y muy cualificada, especialmente en el sector textil. Las experiencias desarrolladas hasta el momento son muy limitadas (Hyundai, Daewo) y con resultados a la baja debido a la escasez de energía y a las dificultades añadidas de la ausencia de normalización (problemas para importar piezas de recambio, no concesión de visados, etc). El principal proyecto, el complejo turístico del monte Kumkang, promovido por el Grupo Hyundai, aunque se desarrolla a buen ritmo (más de 275.000 coreanos del Sur han visitado esta mítica montaña) no ha alcanzado las expectativas iniciales.

El incremento de los intercambios en los ámbitos cultural y económico e incluso el anuncio de la celebración de la cumbre intercoreana en vísperas de las elecciones legislativas anticipadas previstas en Corea del Sur para el 13 de abril de 2000, no le impideron, sin embargo a Kim Dae-jung sufrir un primer aviso de un electorado que valoró más la incapacidad del gobierno para frenar el deterioro económico y social que su giro hacia el Norte. Muchos confiaban en que el gobernante Partido Democrático del Milenio se beneficiaría electoralmente del anuncio de la cumbre, pero no fue así. Los 33 millones de coreanos decidieron no cambiar el sentido de su voto y a pesar de la sorpresa se confirmaron los pronósticos iniciales. El opositor Gran Partido Nacional, de orientación conservadora, obtuvo el 37 por ciento de sufragios frente al 34,5 por ciento de los demócratas. La participación, del 57 por ciento, fue inferior en siete puntos a la registrada en 1996.


El factor exterior

La estratégica ubicación de la península de Corea (2), un pequeño país rodeado de importantes potencias regionales (Rusia, China y Japón) y que, además, tradicionalmente ha sido siempre objeto de emulación y competencia entre las fuerzas continentales (Rusia y China) y marítimas (Japón), explica y justifica que cualquier movimiento o mínimo cambio sea asunto de especial seguimiento y atención. Los coreanos son conscientes de que por su delicada posición geopolítica, su país ha sido contemplado como un trampolín para aquellas fuerzas que desean penetrar en el Océano Pacífico o un puente ideal para las potencias marítimas que aspiran a extender su influencia en el continente.
A pesar del nuevo contexto internacional, esas consideraciones pesan aún en las reflexiones estratégicas de las principales potencias y una consideración seria de la hipótesis reunificadora no puede soslayar una severa activación de las diplomacias de las dos Coreas.

La seguridad de la península coreana es uno de los factores clave de la estabilidad de toda una región, hoy un importante centro de la economía mundial, y en la que se vislumbran importantes tendencias de cambio. Es claramente perceptible el incremento de la rivalidad entre China y Japón, países que refuerzan sus fuerzas navales y aéreas, ambas indispensables para asegurar su proyección como potencia en una zona donde las distancias a cubrir son grandes. La probabilidad de una disminución de la presencia militar de Estados Unidos en la región les invita a contemplar escenarios más generosos de su influencia. A priori, ni Japón ni China parecen muy entusiastas de la perspectiva de la reunificación coreana. Tokio, habida cuenta que Corea del Sur ya se encuentra entre las principales potencias económicas del mundo, contempla con preocupación la emergencia de un país de setenta millones de habitantes, con una importante capacidad financiera y tecnológica en el Sur y mano de obra barata en el Norte. A Pekín, por su parte, principal socio estratégico de Pyongyang, la actual división le permite contener la expansión democrática del Sur. China y Corea del Norte han firmado un tratado de ayuda recíproca en 1996.

Por otra parte, la península coreana es un capítulo esencial de la política de Estados Unidos en toda la región. Washington desea mantener sus buenas relaciones con Corea del Sur (en donde mantiene estacionados 37.000 soldados y 100 aviones de combate) y Japón (en abril de 1996 se anunció el interés común en la construcción de un sistema de defensa antimisiles), contener a China y desarrollar sus relaciones con el Norte, extendiendo su influencia en la zona y frenando las aspiraciones de China y Japón. Un tablero delicado en el que solo puede y desea avanzar poco a poco, midiendo las repercusiones de cada nueva iniciativa en todos los actores.

Corea del Norte es particularmente consciente de la importancia de la normalización de sus relaciones con Estados Unidos, con quien se muestra dispuesta a hablar de temas que no quiere tratar con el Sur. Uno de ellos es, naturalmente, el de la amenaza militar (diálogo en el que también participa Japón). Las negociaciones sobre el futuro de la industria nuclear del Norte se han desarrollado practicamente de forma ininterrumpida desde 1994. El Acuerdo Marco de Ginebra explicita la congelación del programa nuclear iniciado en la central de Yongbyon a cambio de la construcción de dos reactores de agua ligera provenientes de Seúl (el llamado programa KEDO). Las sospechas sobre la puesta en marcha de programas secretos no se han confirmado. Por último, la suspensión de los ensayos de misiles de largo alcance (los llamados Taepodong) ha desactivado los principales escenarios de confrontación en este ámbito, permitiendo a Corea del Norte obtener el levantamiento de parte de las sanciones impuestas por Estados Unidos y contemplar como posible a corto plazo el establecimiento de relaciones diplomáticas. Asi lo ha manifestado el propio William Perry, responsable de la política estadounidense hacia Corea del Norte y principal artífice del acuerdo de 12 de septiembre de 1999 que ha sentado las bases de esa nueva relación bilateral.

A sabiendas de que los intereses de Corea del Sur y Washington no siempre son coincidentes, Pyongyang se ha cuidado de potenciar un eje u otro en función de sus propios intereses. La autonomía que Seúl pretende afianzar en este proceso de aproximación se puede ver entorpecida en ocasiones por las tácticas del Norte orientadas a configurar un marco de negociación en el que pueda contar con importantes activos a su favor y que relativicen esa clara situación de inferioridad que bien pudiera deducirse de una simple observación de su precariedad económica, social o ideológica. El acceso directo a Washington y la ayuda exterior, en especial la alimentaria, se garantizan de ese modo, aunque reservando siempre la posibilidad de activar un determinado nivel de tensión indispensable para maximizar la capacidad de movilización popular, asegura Heo Man-ho, de la Universidad Nacional de Kyungpook y obtener más contrapartidas.

Corea del Norte ha ofrecido la reducción de sus fuerzas convencionales y la cancelación definitiva y total de su programa nuclear si se entra a debatir el futuro de la presencia militar americana, algo de lo que Washington no quiere hablar, al menos por el momento, alegando que es disuasiva y estabilizadora para todo el Nordeste de Asia. Pyongyang ha accedido igualmente a tratar el problema de los soldados norteamericanos desaparecidos en la guerra de Corea (1950-53).

Por lo que a Moscú se refiere, el restablecimiento de su mermada influencia en la región exige como requisito imprescindible la recuperación de los vínculos con Corea del Norte. Rusia sigue siendo una potencia asiática. Al mes de la cumbre, Vladímir Putin viajó a Pyongyang para reiterar su apoyo al proceso de aproximación intercoreano. Bien es verdad que las relaciones de la Rusia de hoy no son las fraternales del pasado, guiadas por un hermanamiento ideológico, y que China, entonces más distante, ha pasado a ocupar esa primera plaza preferencial; pero Moscú aspira a contribuír al mantenimiento del frágil equilibrio militar con el Sur. Su política de generoso aprovisionamiento le ha reportado importantísimas ventajas como el uso del espacio aéreo norcoreano para controlar los movimientos militares chinos en las regiones de la vieja Manchuria o en el golfo de Bohai y el uso de puertos norcoreanos en las escalas de los buques de su Armada.

El fin de la URSS obligó a Pyongyang a modificar esa relación privilegiada y a reconducirla hacia una China que ha venido normalizando con prudencia, pero a pasos agigantados sus relaciones con Seúl. A los pocos días de la cumbre intercoreana, el ministro de defensa, Kim Il-chol, viajaba a Beijing y no debemos olvidar que el mismísimo Kim Jong-il hizo lo propio en una visita privada, previa a la cumbre, en lo que sería su primera salida al exterior en diecisiete años. Durante todo el año 2000 y con motivo del cincuenta aniversario del inicio de la guerra de Corea, en China se ha recordado mucho su participación en la contienda. Por el contrario, el nuevo clima intercoreano ha permitido limitar al mínimo las celebraciones previstas en Pyongyang y Seúl.A China le importa especialmente que el proceso se desarrolle pacíficamente por cuanto buena parte de su comercio y de las inversiones exteriores tienen su origen o destino en esta región. Y tampoco tiene mucha prisa, por cuanto un avance demasiado rápido le suma presión y puede restarle capacidad de maniobra en su litigio con Taiwán.

Muy probablemente, la disminución del influjo de las cuatro grandes potencias en este contencioso facilitaría el proceso unificador. En todas ellas es posible advertir intereses objetivos que privilegian el mantenimiento del actual statu quo como medio para mantener su influencia.


El horizonte inmediato

¿Puede haber marcha atrás? ¿Cabe esperar un desenlace vertiginoso, a la alemana? ¿Que será del régimen de Corea del Norte? ¿Podrá subsistir políticamente o quebrará su frágil equilibrio social a medida que se profundice su apertura? Las preguntas son inevitables. A los pocos días de iniciarse el nuevo clima intercoreano, a través del puerto chino de Dandong, llegaban los primeros envíos de Coca-Cola. ¿Un signo de los nuevos tiempos que se avecinan?

Los coreanos han sabido conservar su unidad política hasta el siglo XX. La división de la antigua Choson a través del paralelo 38 se remonta a finales del siglo XIX cuando Japón se propone la anexión del país y la mediación británica fracasa ante la inminencia de un enfrentamiento entre las tropas niponas y chinas (estacionadas en su territorio a petición de la dinastía coreana), hostilidades que conducen al Tratado de Shimonosaki (1895) que anuncia el comienzo de una colonización de la península que se completa en 1910. Las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial diseñaron entonces un régimen de tutela temporal -cinco años- y cuatripartita (Estados Unidos, URSS, Gran Bretaña y China) para Corea que es rechazado por buena parte de una población que aspira a la recuperación de su plena independencia. El fracaso de esta fórmula y las aspiraciones encontradas de Washington y Moscú conducen a la división primero y a la guerra fratricida después que se saldó con cinco millones de muertos.

Hoy, como ayer, la capacidad de entendimiento entre las potencias y las Coreas es clave para imaginar un futuro de unión y paz para el país. Los más optimistas consideran que deberá transcurrir un mínimo de entre 10 y 20 años para que el iniciado deshielo comience a concretarse, se desarrolle y pueda hablarse en serio de reunificación. El conjunto de factores externos e internos que se ha descrito parece darle la razón, pero también es verdad que todo puede quebrarse en cualquier momento. En cualquier caso, el escenario de un acoplamiento progresivo parece el más aconsejable. En primer lugar, porque nadie se vería beneficiado ahora con un vertiginoso descalabro en el Norte. A todos les interesa garantizar un mínimo de estabilidad y una transición ordenada que evite una hecatombe económica y social y permita evolucionar desde las cinco décadas de rivalidad a una aceptable coexistencia.

Por otra parte, ni el Norte es la RDA en términos económicos o demográficos, ni el Sur es la RFA (3). La proporción que separa las rentas per cápita de ambas Coreas es hoy superior al uno a cuatro. El coste económico de una hipotética unificación, aseguran los expertos, sería mucho mayor que en el caso germano. Por otra parte, Estados Unidos y las demás potencias deberán buscar fórmulas para garantizar la neutralidad de la península y la retirada de las tropas estadounidenses o su cambio de función. Rusia, y sobre todo China, dificilmente aceptarán una presencia que no sea garantista y no amenazante, no vocacionada a la exclusiva protección del régimen surcoreano sino a la estabilidad de la península y con la participación de otras fuerzas de la región.

El arreglo puede ser largo y difícil y mientras se discute y concreta resulta de interés general, paradójicamente, sostener el régimen del Norte, un país cada vez más ficticio, ideológicamente perverso y económicamente muy empobrecido. Ojalá que el tiempo ayude a todos.
 

Xulio Ríos é director do IGADI.

 

(1) Ernesto de Laurentis, ¿De la cumbre intercoreana a la reunificación de la península?, en Papeles de Cuestiones Internacionales nº 71, verano 2000.

(2) Las implicaciones estratégicas del contencioso coreano, son analizadas en Hérodote nº 97, 21 trimestre 2000.

(3) Para una aproximación a las disparidades socioeconómicas entre las Coreas, Nicholas Eberstadt, en Asia Survey, Vol. XL, nº 6, november/december 2000.
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ÚLTIMA REVISIÓN: 20/01/2001