Tempo Exterior nº 3 segunda época - xullo/decembro 2001Volver ó sumario
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Despúes del 11 de Septiembre: ¿El fin del unilateralismo americano?


Roberto Montoya
 

¿Debilitamiento o fortalecimiento de EEUU?

Dos días después de los atentados terroristas del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el presidente de Estados Unidos, criticado inicialmente por su ausencia de la escena pública durante las 48 horas posteriores a los ataques(1) –había sido trasladado por seguridad a un búnker en una base militar-, durante las cuales los ciudadanos norteamericanos estaban presos del terror, dio un discurso en el que no sólo recuperó su imagen, sino que hizo que comenzara a subir vertiginosamente su nivel de popularidad.

“A través de las lágrimas de la tristeza, veo una oportunidad, una oportunidad para hacer un favor a las generaciones venideras uniéndonos contra el terrorismo”, dijo Bush desde el Despacho Oval. “Estamos asistiendo a la primera guerra del siglo XXI”, añadió, “y EEUU ha encontrado un apoyo universal. Ahora que nos han declarado la guerra, llevaré al mundo a la victoria”.

Si la agresión terrorista sin precedentes sufrida, había hecho despertar rápidamente un fuerte sentimiento patriótico y de unidad entre la población norteamericana, Bush, con sus reiteradas declaraciones públicas, lo reforzó aún más, logrando que su popularidad se disparara al 90%, uno de los niveles más altos alcanzados nunca por un presidente estadounidense. En las últimas décadas, sólo John F.Kennedy alcanzó un nivel de popularidad superior al 80% -83% exactamente- y fue paradójicamente en 1961, tras fracasar estrepitosamente con la invasión de la Bahía de Cochinos, en Cuba.

Ante la Cámara de Representantes y el Senado reunidos en el Capitolio en una excepcional sesión conjunta, George W.Bush dijo el jueves 20 de septiembre exactamente las palabras que la mayoría de los ciudadanos y de los parlamentarios querían escuchar: “Dirigiré todos los medios de la diplomacia, todas las herramientas de la Inteligencia, todos los instrumentos legales, todas las influencias financieras y todas las armas de guerra necesarias para desmantelar y destruir la red global del terror(2)”.

Y en ese mismo discurso, durante el cual Bush fue interrumpido más de 30 veces por los aplausos de todos los parlamentarios de pie, dijo la que ya ha pasado a ser una frase histórica y anticipo de su proyecto de reforzar aún más la hegemonía norteamericana a nivel mundial. Dirigiéndose a los líderes de todo el mundo, dijo: “O estáis con nosotros, o con los terroristas”.

Bush se benefició también del hecho de que ese sentimiento de nación agredida obligara a la oposición demócrata a dejar de lado temporalmente sus batallas cotidianas contra el Gobierno y que hasta la lucha por la alcaldía de Nueva York quedara relegada. Los demócratas aceptaron también reforzar –en un gesto de alto contenido simbólico fundamentalmente- los poderes del presidente en tanto que comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, y hasta votaron, en aras de la lucha antiterrorista, un amplio paquete de medidas legales, que pueden afectar seriamente las libertades democráticas de los ciudadanos.

Según las encuestas, una mayoría de ciudadanos norteamericanos aprueba que Bush emprenda acciones militares antiterroristas en otros países, aún a riesgo de importantes pérdidas humanas en sus propias filas(3).

Muchos columnistas de medios de comunicación de todo el mundo entendieron que los atentados habían demostrado la vulnerabilidad de Estados Unidos, el país más poderoso económica y militarmente del planeta. Si bien esa afirmación fue algo constatable y es lo que aterroriza por primera vez al ciudadano de a pie norteamericano y enfurece a sus dirigentes políticos y mandos militares, estos últimos, una vez repuestos del sorpresivo e insólito ataque, han decidido pasar a la contraofensiva.

Todo el prestigio de primer potencia mundial de Estados Unidos está en juego. Durante su primer gira europea, realizada poco antes de los atentados, Bush tuvo que afrontar importantes críticas de sus aliados europeos, y también de Rusia y China, por su multimillonario proyecto de “escudo antimisiles”, un sistema de radares, satélites y misiles de un coste de cerca de 60.000 millones de dólares, capaces de detectar y destruir en vuelo los proyectiles que pudieran lanzar los enemigos de Estados Unidos. Su argumentación principal para poder defender su gran impulso a la “guerra de las galaxias”, fue que a pesar de que la Guerra Fría había acabado diez años atrás, la “amenaza terrorista” persistía. En el ambicioso trabajo hecho por el Consejo Nacional de Inteligencia (NIC, centro de estudios estratégicos que depende directamente del director de la CIA), en consulta con expertos independientes, sobre la situación internacional prevista hasta el año 2015(4) no se planteaba ni entre los peligros terroristas ni entre los conflictos armados en vista, nada similar a lo sucedido el Martes 11 ni a la “primera guerra del siglo XXI”, como calificó desde el primer momento el propio Bush la nueva situación creada tras ese día.

Como se recordaba en Tempo Exterior(5) pocos meses atrás, se habla en ese Informe de riesgos de guerra, pero “no dirigida contra el poder hegemónico”, citándose especialmente como explosivas la situación entre China y Taiwán, en Oriente Próximo y entre India y Pakistán. Dicho estudio, cuyas conclusiones ocupan casi 100 páginas, habla de “amenazas asimétricas” que “evitan el enfrentamiento directo con Estados Unidos” y se centran los peligros mayores en la amenaza nuclear, dado el acceso a dichas armas por parte de países como China, Rusia, Corea del Norte, “probablemente” Irán, se dice, y organizaciones terroristas.

El hecho que los atentados del 11 de septiembre, que pueden dar un drástico vuelco en la geoestrategia mundial, abriendo frentes de guerra en varios países simultáneamente para la coalición internacional, hayan supuesto un gasto de preparación de tan solo unas decenas de millones de pesetas, y que hayan sido llevados a cabo por pilotos formados en escuelas de EEUU; que utilizaron cuchillos plásticos para secuestrar vuelos comerciales y estrellarlos contra dos de los símbolos máximos del poder, ha dado por tierra con la imagen del todopoderoso gendarme mundial.

Ni el concienzudo informe de la Inteligencia norteamericana para los próximos 15 años, que llevó un trabajo de elaboración de 15 meses, ni el trabajo de las cerca de cuarenta agencias y departamentos de espionaje y contraespionaje interior y exterior que comprende la Inteligencia de EEUU, las más poderosos del mundo, pudieron prever un escenario como el actual.

Curiosamente, son muchos los analistas que vienen hablando desde hace años sobre el peligro para Estados Unidos de sufrir ataques en su propio territorio, con armas no convencionales. Richard K. Betts lo vaticinó tres años atrás(6): “El peligro principal no es que los enemigos (de EEUU) utilicen armas nucleares o químicas en Estados Unidos, o contra buques de guerra o batallones. Ellos podrían intentar castigar a los Estados Unidos con catástrofes en ciudades americanas. Las represalias requieren conocer quién ha lanzado el ataque. Hoy día, algunos grupos pueden desear castigar a Estados Unidos sin reivindicar sus acciones”.

En 1993, tras el primer atentado cometido contra el World Trade Center de Nueva York, según todos los indicios, también por hombres de Osama bin Laden, tres analistas estadounidenses, Ashton Carter, John Deutch y Philip Zelikw, publicaron un trabajo, en el que sostenían que dicho acto terrorista “demuestra que un grupo terrorista, puede incluir a ciudadanos estadounidenses y extranjeros, y operar y trasladar materiales dentro y fuera del territorio americano por largos periodos de tiempo”. Estos expertos sostenían que Estados Unidos debía dotarse de un sistema en el que se solapara, en vez de de permanecer en áreas aisladas, el trabajo de las fuerzas encargadas de la seguridad interior y exterior, tanto civil como militar(7).

Uno de estos analistas, Ashton B.Carter, sostuvo también en otro trabajo de febrero de 2001, que actualmente las más críticas misiones de seguridad, contraterrorismo, defensa nacional y prevención de conflictos son llevadas a cabo por una serie de “departamentos y agencias designados medio siglo atrás para un mundo diferente(8)”.

En el web de Foreign Affairs existe bajo el título “The Terrorist Attack on America: Background” una ilustrativa relación de artículos y libros de expertos que advertían de los peligros para Estados Unidos de sufrir graves atentados en su propio territorio. Así, Stephen E.Flynn, llamaba la atención a fines del año pasado(9), sobre la misteriosa detención en diciembre de 2000 en Port Angeles, Washington, del ciudadano argelino Ahmed Ressan, proveniente de Vancouver, en cuyo automóvil ze encontró gran cantidad de material para preparar bombas. Ni de este hecho, ni del atentado contra el World Trade Center, parecen haberse desprendido ningún tipo de conclusiones, dice Flynn.

El Pentágono y todos los servicios de seguridad de Estados Unidos fallaron y el Gobierno quiere recuperar su imagen, su credibilidad, revertir la situación con una gran contraofensiva.


Los destinatarios del discurso de Bush

El histórico mensaje de Bush del 20 de septiembre no tenía sólo como destinatarios a su propio pueblo, a los terroristas que planificaron los atentados y al/los países que hipotéticamente respaldaron y/o albergaron a éstos. Bush estaba anunciando en realidad la más ambiciosa de las muchas cruzadas e intervenciones militares lanzadas por Estados Unidos durante más de un siglo.

El presidente norteamericano comenzaba ya a perfilar lo que con el paso de los días y las semanas comenzaría a consolidarse como una amplia operación, que no se circunscribirá a represalias militares contra el grupo acusado de los atentados, la organización Al Qaeda de Osama bin Landen, y contra el régimen de los talibán por albergarlo y darle facilidades para la instalación de sus bases y campos de entrenamiento.

George W. Bush pretendía, pretende, ir mucho más lejos. La conmoción internacional creada por los atentados y la lógica solidaridad recibida por Estados Unidos de parte de todos los países democráticos, e incluso de muchos que no lo son, le otorgaba de hecho unos “derechos” para decidir unilateralmente el tipo de represalia a adoptar. El propio secretario general de la OTAN, George Robertson, lo dijo literalmente(10). Otros representantes europeos ante la OTAN lo expresaron en términos similares(11).

Bush sabría utilizar ese cheque en blanco. Estados Unidos tenía, tiene, por primera vez en décadas, la oportunidad, o al menos la tentación, de aniquilar a los muchos enemigos que ha venido acumulando durante años, especialmente en Oriente Próximo. Ahora, podría hacerlo contando con la colaboración no sólo de sus aliados de la OTAN sino de muchos otros países que no son miembros de la Alianza Atlántica. La campaña se plantea de una amplitud en el tiempo y en el espacio geográfico, muchísimo mayor que las que tuvieron lugar no mucho tiempo atrás contra las fuerzas serbias en Kosovo, o contra las de Sadam Husein en Irak.

“Halcones” y “palomas” de la Administración Bush comenzaron inmediatamente después del Martes 11, una dura polémica interna sobre los alcances que debía tener esa campaña internacional antiterrorista, inicialmente llamada “Justicia Infinita” y cambiada luego a “Libertad Duradera” para no herir con su posible connotación religiosa la sensibilidad de los países árabes moderados que eventualmente se sumen a ella.

¿Se incluirá entre los objetivos terroristas a países como Irak, donde el presidente Bush “junior” podría terminar la tarea inconclusa de su padre con la operación “Tormenta del Desierto de 1991? Varias declaraciones de representantes norteamericanos parece indicar que la tentación existe. Tras la aparición del ántrax, Richard Buttler, el polémico y parcial jefe norteamericano de la comisión de supervisión sobre el armamento iraquí, la Unscom, declaró –a pesar de que hubo más de 700 inspecciones a Irak- que era posible que Bagdad estuviera detrás de los atentados. ¿Terminará incluyéndose también en las operaciones antiterroristas a los santuarios de organizaciones islámicas integristas como Hizbulá, apoyadas por Irán, con las consecuencias que esto significaría, y que a su vez están asentadas en zonas controladas por el Ejército sirio? ¿Siria misma también podría ser un objetivo, como dijo abiertamente un portavoz norteamericano provocando un pedido de explicaciones del Gobierno de Damasco al embajador de EEUU?

¿Abarcará también ataques a la Yihad Islámica, grupo asentado en el valle del Bekaa, en el Líbano, y autor al parecer de los atentados contra la embajada de EEUU y el cuartel de los infantes de Marina en Beirut en 1983 y 1984? EEUU acusa a Irán y Siria de apoyar a la Yihad islámica. ¿Se atacará también a Hamas, el grupo integrista asentado en pleno territorio palestino?

¿La campaña afectará a las bases del grupo islámico integrista Gama’a al-Islamiya (GI).en Egipto, relacionado al parecer con Bin Laden y que insta desde hace años a cometer atentados contra intereses estadounidenses? ¿El Grupo Abu Sayyaf, el más radical de los grupos separatistas que operan en Filipinas, conocido también como Al Harakat Islamiya, ,que hace poco decapitó a uno de sus rehenes norteamericanos,, será objeto de ataques de la coalición antiterrorista internacional? ¿Y el grupo Harakat ul-Muyajedin, basado en Pakistán, que realiza atentados fundamentalmente en Cachemira? ¿Tal vez los Tigres de Liberación de Tamil Elam, el más poderoso de Sri Lanka, que según la CIA cuenta con 10.000 miembros?

En el último Informe de Organizaciones Terroristas Extranjeras confeccionado por la secretaría de Estado norteamericana el 8 de octubre de 1999, aparecen, además de todas esas organizaciones mencionadas, muchas más,repartidas por los cinco continentes. En total, quedan registradas en esa lista 27 organizaciones, que incluyen a numerosos grupos palestinos, algún grupo extremista judío, como el Kahane Chai (que pretende restaurar el estado bíblico de Israel); organizaciones latinoamericanas como Sendero Luminoso y el MRTA en Perú o el ELN y las FARC colombianas (no así las AUC, las poderosas fuerzas paramilitares de ese país); grupos japoneses como el Ejército Rojo Japonés, dirigido según EEUU desde el valle del Bekaa por Fusako Shigenobu; el GIA argelino; los kurdos del PKK; los griegos de la Organización Revolucionaria 17 de Noviembre, y ETA.

¿Todos quedarán incluidos entre los objetivos de la campaña por “limpiar al mundo de terrorismo”, que ya nos advierten que durará años, tal vez diez, según Estados Unidos, y que afectará a varios países? ¿Dónde se ponen los límites para acabar con el “terrorismo internacional”? Europa y el resto de países que participan o participarán en esa cruzada, y la propia ONU, avalan sin más la relación de organizaciones terroristas designadas por el Departamento de Estado y están dispuestos a actuar contra ellas? Es propable que Putin quiera incluir entre los “terroristas” a los separatistas chechenos y que muchos de los otros países aliados en la campaña internacional quieran añadir a su vez grupos que les hostigan, o que tal vez quieran quitar de la lista alguno al que apoyan o con el que simpatizan.

La Ley de Antiterrorismo y Pena de Muerte Efectiva, de 1996, exige que el secretario de Estado norteamericano de a conocer cada dos años una lista actualizada de esas organizaciones. La última versión es la que mencionamos, de 1999, y en ella se aclara que se ha dado de baja a tres organizaciones que figuraban en la lista anterior, que se mantienen en ella 27 que ya estaban registradas anteriormente y se aclara que se ha añadido una “nueva”: se trata nada más y nada menos que de Al Qaeda, la organización a la que EEUU acusa de responsable de los atentados contra Estados Unidos.

En el Informe de 1999 se explica así textualmente por qué se ha incorporado a Al Qaeda a la lista: “Al Qaeda, dirigida por Usama bin Laden, fue agregada porque es responsable de varios ataques terroristas importantes, incluso el ataque con bombas realizado en agosto de 1998 contra las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia y Dar Es Salaam, Tanzania(12)”.

Fue en ese año, 1998, cuando Bill Clinton intentó sin éxito eliminar a Bin Laden en Afganistán a través de comandos especiales estadounidenses y tras haber bombardeado en vano algunas de sus bases, donde murieron veinte personas.

En el detalle más exhaustivo de Al Qaeda que aparece en dicho Informe, se le adjudican numerosos actos terroristas, algunos no tan conocidos por la opinión pública y que en general no han sido recordados curiosamente por los propios Estados Unidos tras los atentados del Martes 11. En el se dice textualmente: “Sostiene haber derribado helicópteros estadounidenses y matado militares estadounidenses en Somalia en 1993 y haber efectuado tres atentados con bombas dirigidos contra la presencia de tropas estadounidenses en Adén, Yemen, en diciembre de 1992. Se la vincula con los planes de intentos de operaciones terroristas, entre ellas el asesinato del Papa durante su visita a Manila a fines de 1994; los atentados dinamiteros simultáneos a las embajadas estadounidenses e israelíes en Manila y otras capitales asiáticas a fines de 1994; los atentados dinamiteros en 1995 contra una docena de vaiones estadounidenses que cruzaban el Pacífico, y un plan para matar al presidente Clinton durante una visita a las Filipinas a principios de 1995. Sigue adiestrando, financiando y dando apoyo logístico a grupos terroristas que apoyan estos objetivos(13)”.

A pesar de que no se mencionaba en el Informe del Departamento de Estado, horas después de los atentados del 11 de septiembre, portavoces del Gobierno norteamericano, al acusar a Osama bin Laden de los ataques (Bush lo haría formalmente sólo días después), recordaban que era el autor del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York de 1993, que provocó 4 muertos y más de 100 heridos.

Lo que no ha explicado hasta el momento Estados Unidos, y evidentemente no lo hará nunca, es por qué, a pesar de que sus acusaciones convertían a Bin Laden en uno de los terroristas más peligrosos del mundo y sabiendo que operaba desde bases muy concretas de Afganistán, tuvo que suceder una tragedia como la del Martes 11 para que decidiera promover una cruzada internacional en su búsqueda y captura vivo o muerto.

¿Se habría lanzado una operación semejante si el atentado se hubiera realizado en otra parte del mundo, y no contra intereses norteamericanos?, es otra de las preguntas que quedará sin respuesta.


La financiación del terrorismo internacional

Tampoco se aclara por qué Estados Unidos decidió el día 24 de septiembre congelar las cuentas bancarias de 27 personas, empresas o instituciones sospechosas de financiar a organizaciones terroristas o de blanquear su dinero. El día 12 de octubre amplió las cuentas congeladas a 66. En el propio Informe de Organizaciones Terroristas Extranjeras del Departamento de Estado citado anteriormente, se aclaraba en el último párrafo del apartado dedicado a Al Qaeda: “Se dice que Bin Laden, hijo de una familia saudita multimillonaria, ha heredado alrededor de 300 millones de dólares, que utiliza para financiar el grupo. Al Qaeda mantiene también empresas que generan dinero, recoge donaciones de partidarios que comparten sus ideas y transfiere ilícitamente fondos de donaciones hechas por organizaciones caritativas musulmanas(14)”.

A pesar de este conocimiento, Estados Unidos no adoptó ninguna medida para bloquear en su propio territorio y menos aún en el extranjero, las voluminosas cuentas bancarias y empresas relacionadas con el “complejo” de Al Qaeda, que incluye organizaciones en varios países como el Ejército Islámico, el Frente Islámico Mundial para la Yihad contra Judíos y Cruzados, el Ejército Islámico para la Liberación de los Santos Lugares; la Red Osama bin Laden, la Organización Osama bin Laden, la Fundación de Salvación Islámica, y el Grupo para la Preservación de los Santos Lugares.

Los países europeos y el propio club de los países más ricos del mundo, el G-7, parecen haber descubierto repentinamente también cuentas de los terroristas, y no sólo de los relacionados con Bin Laden, en sus respectivos países y han a imitar a fines de septiembre la medida norteamericana, bloqueando cuentas e inversiones de personas y empresas que funcionaban sin obstáculos desde hacía años.

En la Ley de Antiterrorismo y Pena de Muerte Efectiva, de 1996, que mencionábamos antes, ya estaba contemplada la represión de ese tipo de delitos en estos términos: “1.Es ilegal que una persona que se encuentra en Estados Unidos o esté sujeta a la jurisdicción de Estados Unidos, provea fondos u otro apoyo material a una organización terrorista extranjera (FTO, Foreign Terrorist Organization) designada (en el Informe). 2.A los representantes y ciertos miembros de una organización terrorista extranjera, si son extranjeros, se les puede negar visa o excluirlos de Estados Unidos. 3.Las instituciones financieras norteamericanas deben bloquear los fondos de las organizaciones terroristas extranjeras designadas, y de sus agentes e informar sobre el bloqueo a la Oficina de Control de Bienes Extranjeros del Departamento de Hacienda de Estados Unidos(15)”.

Si Estados Unidos contaba desde 1996 con esas herramientas legales para atacar la red financiera de organizaciones terroristas, y Al Qaeda figura en su Informe como tal desde octubre de 1998, ¿por qué se esperó a catorce días después de los atentados para bloquear sus cuentas? ¿Es que los servicios de Inteligencia estadounidenses, los más prestigiosos del mundo, comenzaron a investigar esa red financiera sólo después del Martes 11?

Tampoco sería fácil para Washington explicar cómo, contando con todos esos antecedentes sobre el “huésped” que albergaba el régimen talibán, y que cada vez influia más económica y políticamente en el gobierno de Kabul, compañías americanas como la Unocal (Union Oil Company of California, una de las productoras de petróleo y gas mayores del mundo), negociaba con los seguidores del “mulá” Omar. Unocal participó desde 1997 y hasta 1998 en el consorcio Centgas (Central Asia Gas Pipeline) como socio mayoritario -con el 46% del capital-, junto a accionistas saudíes, paquistaníes y otros, que proyectaba construir un gigantesco gasoducto de 1.200 kilómetros que debía atravesar Turkmenistán, Afganistán, Pakistán, el mar de Arabia y el Océano Indico(16).


El papel de Arabia Saudí

En su propósito de comprometer a la mayor cantidad de países en su cruzada antiterrorista, Estados Unidos ha recibido un fuerte revés con la negativa de Arabia Saudí a prestarle el apoyo logístico que le demandaba para atacar al régimen talibán y las bases de Bin Laden en Afganistán.

En 1991 las facilidades logísticas brindadas por la monarquía saudí a Estados Unidos y a la más grande coalición internacional militar conocida desde la II Guerra Mundial, fueron claves para centralizar las operaciones contra Irak tanto por aire y mar como por tierra. En ese entonces se trataba sin embargo de un Gobierno laico como el de Sadam Husein y su Partido Baas (surgido del mismo tronco que el partido gubernamental sirio en 1947 y cuyo principal ideológico fue un cristiano, Michel Afluq. Paradójicamente, fue la CIA la que ayudó en febrero de 1963 a auparse en el poder al Partido Baas -hasta ese momento con una fuerza insignificante- a través de un golpe contra el coronel Abdul-Karim Qasim, el hombre que cinco años antes había liderado a su vez el golpe de estado que acabó con el mandato británico.

El 17 de julio de 1968, es Sadam Husein, junto con Ahmad Al-Bakr, quien lidera una nueva asonada en Irak, desplazando a sus aliados y pasando a detentar todo el poder. Arabia Saudí no podía dejar de ver con preocupación a un régimen de tales características, que, por otro lado, era un gran competidor en la producción y exportación de petróleo a Occidente. Las relaciones entre Arabia Saudí y Occidente se tensaron cuando Estados Unidos, otros países occidentales e incluso la URSS, decidieron armar hasta los dientes al régimen de Sadam Husein para que librara una terrible y larga guerra –se calcula que murió un millón de personas- contra el “demonio” que acababa de aparecer en Irán. El “ayatola” Jomeini, a la cabeza de una revolución islámica, acababa de al prooccidental gobierno del “sha” Reza Pavlevi, que durante años jugó un papel clave para Occidente en toda la región.

Arabia Saudi veía cómo el poderío militar iraquí aumentaba año a año. En 1985, Irak se había convertido ya en el principal importador de armas del mundo, con un presupuesto militar mensual de 1.000 millones de dólares. En el periodo 1981-1985, el Gobierno de Bagdad importó 24.000 millones en equipamiento militar, parte del cual eran elementos para fabricar armas químicas.

Sadam Husein comprendió tarde que la invasión de Kuwait no podría ser tolerada por Estados Unidos y que no contaría con un apoyo decidido, un apoyo militar del mundo árabe a su aventura. Buscando un elemento aglutinador y movilizador, Sadam trató de hacer olvidar al mundo el carácter laico de su régimen y el 10 de agosto de 1991 por primera vez hizo un llamamiento a la “yihad”. Sabía que era su última oportunidad, pero sabía también que no podía contar con la solidaridad de gobiernos de peso, por lo que apostó por hacer un llamamiento a la inexistente “nación árabe” y a los musulmanes de todo el mundo. “Vuestros amos, los emires del petróleo, os han traicionado al entregar vuestras tierras a los extranjeros. Demostrad a estos traidores que ya no hay sitio para ellos en nuestra comunidad musulmana”, dijo en ese entonces(17).

Sadam no logró el efecto buscado. A pesar de que en muchos países árabes hubo importantes manifestaciones de apoyo a Bagdad, el régimen iraquí tuvo que librar en solitario su “madre de todas las batallas” contra la gigantesca maquinaria de guerra internacional montada en su contra. En aquel momento Sadam Husein tuvo en su contra incluso a Siria, un país gobernado también como Irak por el Partido Baas, formación nacida en los años 40 “para liderar a la nación árabe”, pero cuyas facciones viven enfrentadas desde hace años.

El Gobierno de Hafez el-Asad, tradicional enemigo acérrimo de Estados Unidos, decidió sin embargo en aquel momento ser más pragmático y pensar más en el apoyo económico y financiero que necesitaba de Occidente que en la solidaridad de la “nación árabe”. En un gesto inesperado, insólito, El Asad decidió aportar tropas para la operación Tormenta del Desierto, debiendo reprimir violentamente a los crecientes movimientos integristas islámicos e incluso a los críticos de sus propias Fuerzas Armadas. Siria juega un papel muy distinto que en aquel entonces. Hoy por hoy es uno de los países que está enfocado por la lupa del Departamento de Estado y la Casa Blanca como un blanco no descartable de la operación “Libertad Duradera”.

En el caso de Arabia Saudí, durante la Guerra del Golfo era precisamente uno de los países a los que denunciaba Sadam Husein, en su mal calculado intento por lograr una rebelión generalizada de los musulmanes.

Pero la situación de entonces era a todas luces muy distinta de la actual.

Se equivocó Estados Unidos y Occidente en general, si creyeron que el aliado saudí de hace diez años adoptaría la misma actitud de colaboración que demostró contra Sadam Husein, cuando se tratara de atacar al régimen integrista talibán y a las bases de Bin Laden. Durante la Guerra del Golfo, tanto los intereses económicos como geoestratégicos y religiosos de Arabia Saudí, le posicionaban claramente en contra de Bagdad, por lo que no había dudas en su disposición a apoyar a la coalición internacional de los “infieles” liderada por Estados Unidos, si con ello lograba frenar los ímpetus de su molesto vecino, asegurándose a su vez así la posibilidad de aumentar su cuota de exportación de petróleo.

Las sanciones aplicadas a Irak por los vencedores de la guerra hace diez años le impidieron, le impiden, seguir exportando petróleo, a excepción de una pequeña cuota cuyos ingresos, 2.000 millones de dólares por semestre, según la resolución 986 del Consejo de Seguridad de la ONU de 1995 –que entró en vigor un año más tarde-, sólo puede utilizar para comprar alimentos y medicamentos. En la práctica es la propia ONU la que no cumple con el acuerdo de “petróleo a cambio de alimentos y medicinas”. Como denunciaba ya cuatro años atrás Paul Marie de la Gorce(18), el Consejo entrega en realidad a Irak una escasa cantidad de alimentos y medicinas a cambio de petróleo, dado que asigna el grueso del monto obtenido por él a pagar el propio funcionamiento de la Unscom (United Nacions Special comission), a indemnizar a países considerados víctimas de la Guerra del Golfo, mientras que otra parte se destina a las regiones kurdas iraquíes.

Años después de la Guerra del Golfo, los intereses de Arabia Saudí volvieron a coincidir coyunturalmente con los de Estados Unidos ante otro gran conflicto bélico, el de Afganistán. La monarquía feudal saudí jugó un importante papel en el apoyo a la guerrilla “mujahidin” –a los que EEUU llamó en su momento los “luchadores de la libertad”, al igual que hizo con los “contra” en Nicaragua- que enfrentó durante años en Afganistán a las tropas rusas, logrando finalmente que estas se retiraran de ese país, en 1996.

Los “luchadores de la libertad” afganos habrían de influir notablemente, una vez terminada la guerra, en el surgimiento de movimientos extremistas islámicos en varios países. “Los miles de voluntarios musulmanes que se unieron a ‘los luchadores de la libertad`, tal como los bautizó EEUU, se convirtieron en los apóstoles de la ‘buena nueva`cuando, derrotados los soviéticos, regresaron a sus países de origen. Esa es la principal razón por la que un modelo tan extremista y minoritario como el talibán está encontrando apoyos dentro del mundo musulmán, un universo muchísimo más complejo y plural que lo que esta empobrecedora interpretación del Islam nos quiere transmitir(19)”.

La DEA (agencia antidroga norteamericana) miró para otro lado durante la guerra de los talibán contra las tropas rusas, cuando recurrieron también como fuente de financiación a la producción y exportación de opio. Desde 1994, Afganistán pasó a ser el principal productor mundial de opio del mundo –2.800 toneladas anuales- , batiendo todos los records en 1999 –4.600 toneladas-, según el Observatorio francés de drogas y toxicomanías (OFDT(20)).

Afganistán logró desplazar en el primer puesto a otro gran productor, Birmania.

“Los servicios especiales paquistaníes (ISI) tenían el monopolio de las entregas de armas a los mujaidines afganos, con los financiamientos asegurados por Arabia Saudí y Estados Unidos”, recuerda el director del OFDT, Alain Labrouse. Los camiones de armas paquistaníes volvían de Afganistán cargados de opio. “El dinero del tráfico servía también a financiar a grupos disidentes en India, a los islamistas activos en Cachemira, y, en los años 80, a los sijs del Pendjadb(21)”.

La monarquía saudí financió no solamente buena parte del armamento y adiestramiento de la oposición afgana, sino que jugó también un papel clave en la convocatoria y traslado a las montañas de Afganistán de miles de combatientes islámicos provenientes de diversos países de Oriente Próximo. También en ese momento se trataba para ellos de una “yihad”, una guerra santa contra el ocupante “infiel”, nada menos que el país cuna del comunismo.

Mientras EEUU se ve enfrentado ahora a los talibán y a Osama bin Laden , a los propios monstruos que ayudó a crear y a auparse en el poder hace pocos años en un país situado en tan explosiva región, Arabia Saudí fue siempre coherente con su apoyo de entonces. Fue uno de los tres únicos países en el mundo (junto a Pakistán y los Emiratos Arabes Unidos) que reconoció formalmente al régimen talibán y que sólo tras las grandes presiones de EEUU terminó aceptando a regañadientes cortar sus relaciones diplomáticas con Kabul, el pasado 25 de septiembre, días antes de que comenzaran los ataques estadounidenses contra Afganistán y sólo después de que lo hicieran los Emiratos Arabes Unidos.

La actitud de Riad no resulta en realidad nada sorpresiva. Se encuentra entre dos fuegos. Por un lado están sus sólidos lazos económicos y financieros con EEUU, su voluminosa exportación de petróleo a Occidente de la cual proviene su gran riqueza, pero por otro está su gran peso dentro del mundo musulmán, donde son muchas las voces que se alzan para defender al régimen talibán y a Bin Laden de la cruzada de los “infieles”.

En definitiva, ¿no es Arabia Saudí la cuna del integrismo islámico más intransigente? Mientras Sadam Husein estaba en el ojo de mira de EEUU como nuevo “demonio número 1” que pasaba a su vez a desplazar en protagonismo a sus predecesores en ese estatus, el “ayatola” Jomeini; el coronel Muamar el-Gadaffi; el general panameño Manuel Antonio Noriega, el régimen sandinista nicaragüense(22) y el mismísimo comandante Fidel Castro, la monarquía saudí exportaba su integrismo a todo el mundo. Al centrarse en septiembre pasado la atención en el régimen talibán, los especialistas recordaron que éste se encuadraba dentro de la facción islámica “wahhabita”.

Sin embargo, al aparecer en la escena política mundial los talibán, después de años, primero con la destrucción de los monumentales Buda de Bamiyán, luego con la detención de cooperantes extranjeros, acusados de “propagandizar el cristianismo”, y por último, tras el 11 de septiembre, al conocerse que albergaban los santuarios de Osama bin Laden, poco se ha recordado sobre el origen del wahhabismo y qué país es su principal propagandista.

“Muhammad ibn Abd al-Wahhab, a cuyas doctrinas se debe la existencia de la actual Arabia Saudí, fue uno de los integristas más extremistas de la historia del Islam. La yihad fue el medio utilizado por los wahhabitas para expandirse hasta el XIX. Su intransigencia les llevó a luchar no sólo contra los no musulmanes, sino también contra todos aquellos musulmanes opuestos a las muy particulares doctrinas de Al-Wahhab. Su intolerancia le hizo intentar reconstruir exactamente la vida del Profeta, Mahoma, rechazando muchos preceptos islámicos implantados después del siglo VII, entre ellos la prohibición de entrar en guerra contra otro país musulmán(23)”.

Al Wahhab, en alianza con Mohamed ibn Saoud (que muere en 1765) conquista las ciudades de la Meca y Medina, y los otomanos envían a Mehmet Alí para frenar las exterminaciones cometidas en el nombre del wahhabismo. A pesar de que Al Wahhab muere en 1792, sus seguidores y sus aliados, los Ibn Saoud, seguirán su camino y convertirán a la ciudad de Ryad en la capital donde habrían de construir un poderoso Estado (1820-1891). “Después de algunos años, Abdel Aziz Ibn Saoud reconquista diferentes regiones de la península (arábiga) y funda en 1932 el reino de Arabia Saudí(24)”.

¿Qué significa en esencia el integrismo o fundamentalismo islámico? No quiere decir más que “el retorno al Islam”, a un Islam puro, ortodoxo. a la construcción de un Estado regido por la “ley divina”, con multitud de variantes internas, pero todas ellas enfrentadas a la liberalización de la religión y costumbres impulsada por el nacionalismo árabe que representó el propio Partido Baas sirio e iraquí, esencialmente laicos. Los billones de dólares al año obtenidos por Arabia Saudí con su exportación de más del 80 por ciento del petróleo que se consume en el mundo, permiten algo más que alimentar a los cerca de 4.000 miembros de su familia real y a los otros pocos privilegiados que viven en su territorio. El rey Fahd, con sus poderosos “petrodólares”, convirtió a su reino en el verdadero banquero del Islam en el mundo. Desde mucho antes de la Guerra del Golfo, una de las grandes preocupaciones de esta monarquía de corte medieval, ha sido asegurarse la difusión de un islamismo de corte retrógado e intolerante.

El dinero de Ryad no ha dudado en financiar la campaña municipal del islámico FIS argelino –y posteriormente a apoyar al GIA en ese país-, a los tunecinos del MTI, y de inumerables organizaciones tanto en el mundo musulmán como en Occidente. “Dos organismos financieros se encargan de centralizar las finanzas saudíes destinadas a difundir el Islam en el mundo: el Banco islámico de Desarrollo (BID), y la sociedad de inversores Dar al-Maal al-Islami (DMI). El BID (sin relación alguna con el Banco Interamericano de Desarrollo, que tiene las mismas siglas), fue creado en 1975 por 44 países musulmanes, cuenta (en 1990) con un capital de 2.500 millones de dólares, del cual Arabia Saudí detenta el 26 por ciento. Muchas veces se ha denunciado el chantaje al que Ryad somete a países a los que ayuda económicamente. Muchos de los proyectos están condicionados a la autorización de construcción de mezquitas y difusión del fundamentalismo wahhabita(25)”.

Los petrodólares del rey Fahd han servido desde hace muchos años para controlar mayoritariamente la casi totalidad de las organizaciones islámicas internacionales importantes: el Congreso del Mundo Musulmán, La Liga Arabe, la Liga Islámica Mundial, la Federación Mundial de Misiones Islámicas, la Organización Islámica para la Educación, Ciencias y la Cultura (Isesco), la Organización de la Conferencia Islámica, o el Consejo Supremo de las Mezquitas.

Millones de dólares son invertidos en la construcción de mezquitas, centros de estudio del Corán y publicación de libros religiosos en todo el mundo. Arabia Saudí también estuvo presente desde el primer momento en el Comité de Acción anti-Rushdie, organismo que ya en octubre de 1988 pidió públicamente en Gran Bretaña la prohibición del polémico libros “Versos satánicos”, tres meses antes de que Jomeini condenada a muerte a su autor, Salman Rusdhie.

Tras la Guerra del Golfo, el posicionamiento de Arabia Saudí al lado de la cruzada multinacional antiiraquí le han valido duras críticas de muchos de los grupos radicales islámicos a los que financiaba. La corrupción de su régimen fue también considerada por muchos sectores como opuesta a los principios del Islam. A pesar de que oficialmente se produjo un cierto distanciamiento entre la monarquía saudí y varios de esas organizaciones, importantes hombres de negocios saudíes, con la complacencia del régimen, siguieron financiando muchas de sus actividades.

“La Guerra del Golfo ha tenido graves consecuencias internas en las llamadas tierras del Islam. Los sentimientos empezaron a ser cada vez más de musulmanes contra Occidente. El Islam pasó a ocupar la base ideológica de movimientos políticos reemplazando el sentimiento nacionalista o panarabista que dominó la primera mitad del siglo XX(26)”.

Arabia Saudí, un país en el que trabajan decenas de miles de ciudadanos norteamericanos y europeos, fundamentalmente en su sistema bancario, financiero y tecnológico; que mantiene fuertes relaciones militares con Occidente, especialmente con Estados Unidos, país que tiene 5.000 soldados en su territorio y que provee avanzado material bélico –por valor de 16,5 billones de dólares entre 1995 y 1998(27)– es, paradójicamente, la cuna del integrismo islámico más intransigente y extremista.

Este aliado clave de EEUU y Occidente en la zona del Golfo, sigue careciendo de Parlamento, no cuenta con otra Constitución o ley que no sea la “sharia”, discrimina brutalmente a la mujer, castiga cualquier actividad política de oposición; impide toda actividad religiosa que no sea la islámica, y dentro de ésta, discrimina a la comunidad chiíta (la mayoritaria en Irán), castiga con la muerte el aborto y el adulterio; aplica sistemáticamente la tortura a los detenidos; trata como ciudadanos de segunda clase a los inmigrantes extranjeros; se ha negado a firmar la Convención internacional para los refugiados, de 1951, y su Protocolo de 1967.

Arabia Saudí , sin embargo no figura en la lista de países denunciados por el Departamento de Estado por sus violaciones de los derechos humanos y las libertades democráticas. “Arabia Saudí no aparece mencionada en la presentación al Congreso (de EUU) del presupuesto del Departamento de Estado, en relación con programas para promover los valores democráticos, la sociedad civil y los derechos humanos(28)”.

Para Washington, el reino saudí es una pieza clave en la región, tiene un valor estratégico fundamental, tanto por sus recursos energéticos como por su enclave geográfico e importancia militar. Estados Unidos jugó un papel fundamental en la formación de las Fuerzas Armadas saudíes, en 1940, y desde 1948 el Pentágono se ocupa del entrenamiento de sus tropas.

Por todo ello, para Estados Unidos es fundamental en estos momentos intentar comprometer a la monarquía saudí contra el gobierno talibán y contra las huestes de Osama bin Laden. Estados Unidos confía en lograr que se rompan esos vínculos, lo cual supondría a su vez la definitiva ruptura de Arabia Saudí con grupos extremistas islámicos en todo el mundo. Pero Washington es consciente de que debe actuar con tacto. El régimen saudí es hoy mucho más vulnerable que hace diez años. La lucha abierta por la sucesión del rey Fahd –en estado semicomatoso desde 1995- que se ha abierto en el seno de la familia real, sumado a un descontento social provocado por el aumento del desempleo y el descenso en el nivel de vida de los saudíes, ha creado una situación de inestabilidad política que bien podría ser aprovechada por Bin Laden. El mesiánico líder de Al Qaeda –de origen saudí, por cierto- presiona desde hace años para que la monarquía de Riad se “reforme”, aplicando a rajatabla la “sharia”, la ley islámica.

Las críticas constantes de Bin Laden a la monarquía de Fahd han hecho que éste terminara ya hace años por retirarle la nacionalidad.

A pesar de que el régimen saudí quiere evitar fricciones internas del integrismo islámico, que debilitarían a nivel mundial el frente contra los “infieles”, necesita evitar que Bin Laden pase a ser un nuevo “faro”, un mito popular, que termine tomando cada vez más fuerza dentro del mundo fundamentalista. La tendencia islámica personalizada en Osama bin Laden y el régimen talibán “está vinculada con las teorías salafistas de Muhamad Abduh, gran mufti de Egipto muerto en 1905, quien, a su vez, actualizó el pensamiento de Ibn Taymiya (1263-1328(29))”.

“Es la tesis del renacimiento de un movimiento panislamista”, añade Martorell, “que barra de la fax de la Tierra a todos los regímenes corruptos y heréticos, incluidas las actuales monarquías, emiratos, califatos y regímenes nacionalistas, producto, en definitiva, de esa decadencia”.

Las monarquías del Golfo, y no sólo la saudí prestan atención a ese tipo de mensajes, temen que el mensaje de Bin Laden cale en sus poblaciones, y por ello han mantenido al igual que Riad una actitud distinta que la adoptada durante la Guerra del golfo. El Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (CCG, constituido por Bahrein, Omán, Qatar y Emiratos Arabes Unidos, además de Arabia Saudí), reunido en Yeda días después del Martes 11, se pronunció a favor de “la lucha antiterrorista”, pero se preocuparon muy especialmente de denunciar también “los actos del terrorismo de Israel contra los palestinos”, y se negaron a prestar sus bases a EEUU para atacar a Afganistán.

Semanas después, el 10 de octubre, eran los 57 países de la Conferencia Islámica, reunido en Qatar, quienes exigían a EEUU que limitara a los autores de los atentados del 11 de septiembre sus ataques contra Afganistán y le advertían de que ninguna nación árabe islámica fuera atacada “con el pretexto de la lucha contra el terrorismo”.

Sin duda los nuevos y valiosos aliados que ha conseguido Estados Unidos para su cruzada, han sido Rusia, que ha prestado su espacio aéreo; Uzbekistán –un país acusado hasta entonces por Washington por su violación sistemática de los derechos humanos- y Pakistán. Bush apostó fuertemente en el plano económico y político para presionar sobre el gobierno de Islamabad para que rompiera la estrecha relación que mantuvo con los talibán desde los años 80 y se sume a la coalición antiterrorista internacional, aunque ese apoyo puede provocar una explosión social interna en Pakistán de imprevisibles consecuencias.

“Sería irónico que Estados Unidos consiguiese a Bin Laden y en el proceso perdiese a Pakistán a favor de los fundamentalistas partidarios de la línea dura”, reflexionaba Graham E. Fuller, ex vicepresidente del Consejo Nacional de Inteligencia de la CIA(30).

Si consiguiera que Riad no sólo corte con Kabul sino también que renuncie a seguir jugando un rol de faro del integrismo islámico en el mundo, Estados Unidos habría matado varios pájaros de un tiro, lograría quitarle al este sin duda una de sus fuentes de financiación y apoyo institucional más importantes.


¿Ruptura con el unilateralismo?

No son pocos los analistas que tras los sucesos del Martes 11 han dado por seguro que la necesidad de EstadosUnidos por buscar la solidaridad de decenas de países para su cruzada antiterrorista internacional, le llevaría irremediablemente a acabar con el unilateralismo que ha caracterizado históricamente la política exterior norteamericana, y que se agudizó especialmente desde la llegada de George W. Bush al poder.

Sin embargo, no parece haber sólidos argumentos para dar por seguro tal tesis. Doce días después del Martes 11 Bush anunciaba el levantamiento de las sanciones económicas y militares impuestas a Pakistán y la India en 1998 como represalia por sus pruebas nucleares, a cambio de su apoyo en la guerra contra Kabul. Sin embargo, por fuera de tácticas de conveniencia de ese tipo, no parece que nada sustancial vaya a cambiar en cuanto a la visión unilateralista americana.

La operación Tormenta del Desierto de 1991, diseñada por Estados Unidos para castigar a Irak por su invasión de Kuwait del 2 de agosto de 1990, fue también una macro cruzada en la que logró comprometer a un gran número de países de todo el planeta. Fue el entonces presidente George Bush “senior” quien dio por iniciado el “nuevo orden mundial” tras el fin de la Guerra del Golfo. Sin embargo, ese supuesto “nuevo orden”, en la medida que reforzó aún más la hegemonía mundial norteamericana ya evidente tras el desmonoramiento del boque comunista, no supuso ni mucho menos una ruptura de la política unilateralista de Estados Unidos.

Los pocos pasos dados en todo caso en ese camino posteriormente por el presidente demócrata Bill Clinton, serían revertidos drásticamente con el retorno al poder de los republicanos, con Bush “junior” a la cabeza. Un rápido repaso por sus decisiones unilateralistas, que le han llevado a enfrentarse en varios terrenos no sólo a sus aliados europeos, sino a buena parte de la comunidad internacional, muestran claramente cómo el presidente estadounidense ha profundizado abiertamente esa orientación. Aunque con variantes entre algunas administraciones demócratas y republicanas, y con polémicas internas respectivamente en el seno de ellas, inclusive en la actual, el unilateralismo viene caracterizando en general la política exterior estadounidense desde la Doctrina Monroe. Ni siquiera el pago de más de la mitad de la gigantesca deuda que tenía contraída con las Naciones Unidas desde hace años, puede considerarse una ruptura con la tendencia unilateralista. A pesar del gran peso que tiene en la ONU y de su derecho de veto en el Consejo de Seguridad que ha paralizado la aplicación de tantas resoluciones votadas en la Asamblea General, como la 242 y 332 contra Israel, Estados Unidos ha mantenido una relación conflictiva con Naciones Unidas, y especialmente desde la llegada de Bush al poder. El 29 de setiembre de 2001, el Congreso norteamericano autorizó el pago a la ONU de 582 millones de dólares (655 millones de euros. 109.000 millones de pesetas) de los casi 1.000 millones (1.126 millones de euros, más de 180.000 millones de pesetas) que adeudaba Washington. Estados Unidos sólo decidió pagar su deuda, que por su importancia había influido decisivamente en la grave crisis financiera de la ONU, después de que el Consejo de Seguridad votara ese mismo día, una histórica resolución que obliga a sus 189 países miembros a combatir en el plano económico, policial y judicial, a una serie de organizaciones terroristas indicadas por EEUU. La resolución no es otra cosa que un espaldarazo legal mundial para las acciones bélicas que Estados Unidos quiera emprender de ahora en más, en aras de la lucha contra el terrorismo.

“A veces me irrita tener que explicar que Estados Unidos no es unilateralista”, declaraba a la revista “Times” Colin Powell una semana antes del Martes 11. “No se puede ser unilateralista”, añadía el secretario de Estado. Powell, precisamente, es el máximo representante de la línea antiaislacionista dentro de la Administración Bush, enfrentado a todas luces con el sector dominante, representado por Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Condoleezza Rice, y, por supuesto, con el propio presidente.

A pesar de la molestia que reflejaba Powell en “Times”, la celeridad con que Bush imprimió los cambios en política exterior, visible en la siguiente relación cronológica, no dejaron lugar a dudas sobre el rumbo unilateralista de su Administración:

• Tribunal Penal Internacional (TPI)

El 2 de enero de 2001, el portavoz del recién electo presidente Bush “junior”, ya adelantó que la nueva Administración reclamaría cambios en el Tratado acordado en Roma en 1998 por 120 países para constituir el primer Tribunal Penal Internacional, antes de que fuera enviado al Senado para su ratificación. El presidente saliente, Bill Clinton, había firmado el Tratado sólo días antes de marcharse de la Casa Blanca, lo que en su momento recibió elogios en Europa, pero, en realidad, había hecho una recomendación expresa para que la nueva Administración que lo sucedía aclarara una serie de aspectos antes de su ratifiacación. Inicialmente, EEUU fue uno de los siete países –junto a Israel, China y Turquía entre otros- que votaron en contra, mientras 21 países se abstuvieron. Meses después, en agosto de 2001, el Gobierno Bush enviaba al Congreso un proyecto de ley, la Ley de Protección de los Miembros del Servicio Americano, en la que se prohíbe expresamente que el TPI de La Haya pueda juzgar a ciudadanos estadounidenses, contemplando incluso el uso de la fuerza contra el tribunal en el caso de que pretendiera hacerlo.

• Protocolo de Kyoto

El 28 de marzo de 2001 George W. Bush anuncia que su país no ratificaría el Protocolo de Kioto de 1997, que EEUU firmó en noviembre de 1997, comprometiéndose junto a otros 180 países a reducir sus emisiones de gas hasta el año 2012. Para que el protocolo entrara en vigor era necesario que al menos lo ratificaran 55 naciones, representando al menos el 55% de las emisiones de gas. Con el boicot de Estados Unidos –responsable del 36 de esas emisiones-, que sostuvo en su argumentación que reducir las emisiones de gas entre un 5% y un 7% afectaba a “las costumbres de uso de energía de los norteamericanos”, el futuro del Protocolo dependía esencialmente sobre Japón, Canadá y Rusia. Finalmente, el 23 de julio pasado y tras tres años y medio de negociaciones, 180 países participantes de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Clima, en Bonn, dieron su respaldo al Protocolo de Kyoto, superando con creces el número de países que se requería para su ratificación. Sería un importante distanciamiento del Gobierno Bush del resto de la comunidad internacional.

• Tratado de Misiles Antibalísticos

El 1 de mayo de 2001, Bush adelanta la decisión de abandonar el Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM), un acuerdo estratégico de gran importancia firmado en 1972 con la entonces Unión Soviética, y por el cual las dos superpotencias acordaron el número de cabezas nucleares móviles de ICBM (misiles balísticos intercontinentales) con el que cada uno podía contar para su defensa estratégtica. Estados Unidos lo considera hoy día contradictorio con su gigantesco proyecto de defensa espacial, el escudo antimisiles y desoye las advertencias de Rusia, China y Corea del Norte, sobre los peligros para la paz mundial que supone romper un acuerdo de semejante importancia.

• Acuerdo para limitar la producción y venta de armas ligeras

El 21 de julio de 2001 Estados Unidos torpedea en Nueva York la Conferencia Internacional sobre el control de armas ligeras, convocada por la ONU enfrentándose abiertamente con la Unión Europea y Canadá, y coincidiendo parcialmente con China y Rusia. La Conferencia tenía como objetivo primordial controlar el tráfico ilícito de armas ligeras, que son, según Naciones Unidas, eran las que en ese predominaban en 46 de los 49 grandes conflictos armados existentes en el mundo, y que provocan entre 500.000 y 700.000 muertos por año, la mayoría de ellos civiles.

Respondiendo a los importantes intereses económicos del “lobby” armamentístico norteamericano y a importantes apoyos del Partido Republicano, como la National Rifle Association, grupo de más de un millón de miembros dirigido por el actor Charlton Heston, Estados Unidos justificó su rechazo a cualquier tipo de acuerdo, en que se intentaba privar a sus ciudadanos de su histórico derecho a portar armas.

• Convención sobre Armas Biológicas

El 25 de julio de 2001 Bush tira por tierra siete años de negociaciones para intentar alcanzar un acuerdo internacional sobre un mecanismo de verificación de lo acordado en la Convención internacional sobre Armas Biológicas de 1972. El negociador de Estados Unidos en la reunión de julio pasado, Donald A.Mahley, denuncia en ese momento que el acuerdo que se persigue “podría poner en riesgo la seguridad nacional e información confidencial empresarial”. Mahley negó la denuncia de algunos países de la Unión Europea, de que la resistencia de EEUU se debe a la presión del 2”lobby” de los laboratorios farmacéuticos norteamericanos.

Paradójicamente, Estados Unidos, el país que ha debido imprevistablemente que calificar al ántrax como un peligro para su seguridad nacional, a partir de octubre de 2001, sólo meses antes rechazaba el protocolo sobre las armas de destrucción masiva a base de gérmenes, virus o bacterias. La Convención de 1972 fue ya ratificada por 143 países, y el mecanismo de verificación cuenta ya con el apoyo de más de 50 países –entre ellos 28 países europeos-, pero la oposición de EEUU a seguir negociando siquiera –algo sí aceptado por otros países como China, Rusia, Pakistán, Irán y Cuba, que son reacios al protocolo- constituye un revés de primer orden.

• Conferencia Internacional contra el Racismo

Los Estados Unidos, junto a Israel, se retiraron el 3 de septiembre de 2001 de la histórica Conferencia contra el Racismo realizada en Durbam (Sudáfrica) por iniciativa de Naciones Unidas, alegando que en su declaración final, en la que se condenó el racismo, el tráfico de personas y la esclavitud a la que sometieron las potencias coloniales en el pasado a millones de personas, se comprobaba “un lenguaje lleno de odio contra Israel”. EEUU ya había boicoteado los dos encuentros anteriores, los de 1978 y 1983 en Ginebra.

La amplitud y variedad de terrenos en los que la Administración Bus ha venido mostrado su marcada orientación unilateralista, visibles en esta lista incompleta, no permite prever que vaya a ser revertida por la necesidad de ganar aliados en su actual cruzada antiterrorista internacional. Por el contrario, los compromisos que EEUU está exigiendo en el plano político, legal, financiero y militar, a un sinnúmero de países para intentar acabar con todos los enemigos que tiene sueltos por el mundo y el reconocimiento explícito de sus aliados de la OTAN y de la Unión Europea a que tiene el “derecho” a liderar esa larga y amplia campaña, hacen prever que la hegemonía mundial norteamericana saldrá altamente reforzada con la operación “Libertad Duradera”.

Roberto Montoya es jefe de la sección Internacional del diario El Mundo.

 
 

Notas

(1) The New York Times, como la mayoría de los grandes medios criticó el vacío de poder existente tras los ataques terroristas de la mañana del 11 de septiembre. "Mientras la nación contemplaba las imágenes del World Trade Center desmoronándose, la única figura visible en Washington fue la consejera presidencial Karen Haughes, que declinó contestar a las preguntas", 14 de septiembre de 2001.

(2) The New York Times, del viernes 21 de septiembre, http://www.nytimes.com.

(3) Encuesta de la cadena de TV norteamericana ABC y The Washington Post, del 21.9.01. El 63& de los encuestados se mostró partidario de llevar a cabo "una amplia guerra contra los terroristas y los países que los cobijan". En otra encuesta paralela de la revista Time y de la CNN, el 55% de los estadounidenses se mostraron a favor de una "inavasión terrestre" a Afganistán, yel 81% aceptaba "el asesinato de los líderes responsables de las masacres de Nueva York y el Pentágono".

(4) Global Trends 2015: A Dialogue about the future with non government Experts, consultable en el web de la CIA: http://www.odci.gov/cia/publications/pubs.html.

(5) Tempo Exterior nº 2, segunda etapa, vol.II, Xaneiro-Xuño 2001, artículo de Fernández Pérez-Barreiro Nolla.

(6) The New Threat o Mass Destruction, by Richard K.Betts (January/February 1998), consultable en el web de la revista Foreign Affairs: http://www.foreignaffairs.org/home/terrorism.asp.

(7) Catastrophic Terrorism:Tacling the Neww Danger, by Ashton Carter, John Deutch, and Philip Zelikow (November/December 1998) en el citado web de Foreign Affairs.

(8) Keepinng America's Military Edge, by Ashton B.Carter (January/February 2001), en el web de Foreign Affairs.

(9) Beyond Border Control, by Stephen E.Flynn (November/December 2000), en el web de Foreign Affairs.

(10) "La decisión de ayudar a Estados Unidos y aceptar sus peticiones fue adoptada de manera unánime y rápidamente", dijo Robertson en rueda de prensa en Bruselas el 4.10.01. "Será EEUU quien ejercerá el liderazgo de la operación".

(11) "Los aliados están comprometidos a apoyar el liderazgo de EEUU en su lucha contra el terrorismo", dijo por su parte el primer británico, Tony Blair, el 5.10.01.

(12) Ver web del Departamento de Estado: http://usinfo.state.gov/.

(13) Web del Departamento de Estado citado.

(14) Informe del Departamento de Esado citado.

(15) Ver en el web del Departamento de Estado el Informe sobre organizaciones terroristas extranjeras, Designaciones de la secretaria de Estado, octubre 1999 en: http://usinfo.state.gov/.

(16) "Jusqu'en 1998, les Etats-unis on été les maîteres d'oeuvre des projets gaziers des talibans", artículo de Hervé Kempf, en le Monde, del 21.22 de octubre de 2001.

(17) Citado en el artículo "La guerra santa, clamor de millones de musulmanes", de Roberto Montoya, en Grandes Temas del Domingo del diario El Independiente, 27.1.91

(18) "Les déconvenues de la croisade américaine contre Bagdad", art. de Paul-Marie de la Gorce, en Le Monde Diplomatique, dicbre.1997, págs.8 y 9, en http://www.monde-diplomatique.fr/.

(19) "La olvidad diversidad política del Islam", artículo de Manuel Martorell, en El Mundo, del 21.10.01

(20) Citado por Le Monde, 20-21 de octubre de 2001.

(21) Ídem.

(22) En su discurso del 8 de julio de 1985, Ronald Reagan acusó a cinco estados de "organizar y/o apoyar al terrorismo": Irán, Libia, Corea del Norte, Cuba y Nicaragua.

(23) "Arabia Saudí, la cuna del integrismo islámico", art. de Roberto Montoya, en Grandes Temas del Domingo, diario El Independiente, Madrid, 28.1.90.

(24) Mondes Rebelles, L'Encyclopedie des Conflicts, Editions Michalon, París, 1999.

(25) Ídem.

(26) "La injusticia infinita", artículo de Abdel Hamid Beyuki, en El Mundo, del 2.10.01.

(27) La venta de armas de Estados Unidos a Arabia Saudí aumentó de 10,5 billones de dólares en el periodo 1991-94, a 16,4 billones de 1995 a 1998. Ver el apartado de Arabia Saudí en World Report 2000, de Human Righst Watch; web: http://www.hrv.org

(28) Ídem.

(29) Manuel Martorell, art. citado.

(30) "Afganistán y el terrorismo", columna de Graham E.Fuller, ex agregado político en la embajada de EEUU en Kabul de 1975 a 1978, publicado en El País del 1.10.01
 
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