Ler o artigo en galegoTempo Exterior nº 1 segunda época - xullo/decembro 2000Volver ó sumario
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El mundo en los medios, los medios en el mundo


Fernando Delage
 

Hace unos años, Robert McNamara, secretario de Defensa del presidente John F. Kennedy, comentó casualmente que durante la crisis de los misiles en Cuba (1962) -momento en que más cerca se estuvo de un enfrentamiento nuclear desde el fin de la segunda guerra mundial- nunca siguió la televisión. Si nos trasladamos a 1999, a la guerra de Kosovo, la evolución es evidente: los medios, que están en el lugar de la noticia y transmiten de manera instántanea, son un factor no menor en la elaboración de la política exterior. La información es hoy una dimensión esencial en las decisiones políticas, especialmente durante los conflictos armados y las crisis humanitarias. Durante la guerra de Kosovo, cómo comunicar los objetivos y los hechos del día era un asunto tratado al más alto nivel, tanto en la OTAN como en los gobiernos aliados y entre las autoridades serbias.

Esa transformación del papel y de la influencia de los medios ha sido paralela a la manera en que ha cambiado el mundo desde el fin de la guerra fría. El debate sobre cómo cubrir la información internacional tiene muchos elementos en común con la discusión de los analistas políticos acerca de cómo enfocar el desorden mundial. Son dos discusiones estrechamente relacionadas, en las que los medios actúan como observadores pero también como protagonistas.


La información internacional en la posguerra fría

"Globalización" es la palabra que mejor define al mundo contemporáneo. Es un socorrido término con el que se intenta dar coherencia a un sistema internacional desordenado y caótico, lleno de interrogantes e incertidumbres. En lo que aquí nos interesa, las telecomunicaciones y las nuevas tecnologías han unificado al mundo. La información circula 24 horas y de manera instantánea. Y esa información es sencillamente abrumadora por su volumen. Vivimos invadidos por la información. Pero la mundialización de la economía y de la información coincide con un fenómeno contradictorio: aunque lo internacional es más importante -no podemos vivir de espaldas a lo que ocurre fuera de nuestras fronteras-, el interés por esos asuntos se ha reducido.

La cobertura de los asuntos internacionales en los medios de información general, tanto en España como en el extranjero, es menor. El interés público por estas cuestiones siempre ha sido relativamente reducido; sin embargo, se está reduciendo aún más en la era de la globalización. Las razones de este hecho son diversas y tienen que ver tanto con la evolución de la política mundial como con la transformación del propio negocio periodístico.

Una primera causa puede ser la paz, la estabilidad política y la prosperidad. El consumismo conformista de nuestro tiempo hace que la curiosidad por los problemas de otros se reduzca. Los pueblos satisfechos tienden a mirar hacia dentro más que hacia el exterior. Por ello, el fin de la guerra fría quizá sea uno de los principales motivos de ese creciente desinterés público y de los medios.


Después de la guerra fría

La falta de peligros y amenazas directas hace que los problemas internos adquieran una nueva prioridad. La desaparición del comunismo privó a los asuntos internacionales de la urgencia que tenían anteriormente, así como del mapa político que permitía enfocarlos de manera coherente y sistemática.

La guerra fría definió durante varias décadas la manera en que debían cubrirse las noticias. En su seguimiento del mundo, los medios se concentraban en aquellas cuestiones que tenían relevancia por el enfrentamiento bipolar. La atención que recibía un determinado país estaba en función de su importancia en el conflicto Este-Oeste. Ello explica, por ejemplo, que durante un tiempo, América Central fuera más importante que Asia o África; o que Afganistán, tras la invasión soviética, fuera objeto de una atención inusitada. A la inversa, Indonesia, cuarto país más poblado del mundo y con una posición geopolítica clave, no recibía por el contrario ninguna. (En la célebre expresión de un antiguo embajador de EE UU en Jakarta, Indonesia era "the most under-reported country in the world"). Podrían citarse muchos otros ejemplos. El resultado era que los medios -aunque lo mismo ocurría en la esfera política- ofrecían una interpretacion sesgada y fragmentada del mundo. Se reconocían cada vez tres o cuatro puntos de conflicto, pero el resto del planeta prácticamente no existía para los medios de comunicación.

El fin de la guerra fría planteó un considerable desafio a los medios, que se veían obligados a buscar nuevas direcciones. La coincidencia de esa transformación política con los avances de las tecnologías hacían además posible, por primera vez, que se pudiera ofrecer información desde cualquier lugar del mundo. Muchos lugares antes distantes ahora se hacían accesibles.

El reto para los medios consiste en explicar y actuar conforme al concepto de globalidad, de cobertura global de la información, en la idea de que todas las partes del mundo deben estar representadas para que un lector o espectador pueda estar informado de manera equilibrada. Por ello, más que prestar una menor atención a los asuntos internacionales, lo que reclama la posguerra fría es tratarlos de manera diferente, atendiendo a todo tipo de cuestiones: no sólo información política y conflictos, sino también economía y finanzas, medio ambiente, tecnología, ideas, etc.


La nueva complejidad

Esto nos llevaría a otra razón que explicaría la pérdida de interés por las cuestiones exteriores: la notable complejidad que han adquirido las relaciones internacionales. La ausencia de paradigmas, la pérdida del orden y disciplina que suponía la guerra fría, ha dado paso a un mundo con gran número de protagonistas, tendencias y cuestiones que reclaman nuestra atención. El mundo es menos predecible y por eso también la política exterior de los gobiernos es más compleja. Todos estos factores hacen más difícil la labor de los medios.

Los periodistas y sus editores tienen que enfrentarse a nuevos problemas que apenas conocen, problemas que tienen que ver con enfrentamientos étnicos, disputas territoriales, viejos agravios históricos que parecían dormidos y ahora han vuelto a la superficie. Además, como ya se ha mencionado, la nueva agenda internacional obliga a hacer hincapié en cuestiones globales como el sida, medio ambiente, comercio internacional o proliferación de armamentos, que requieren todos ellos un considerable conocimiento técnico. Es mucho más difícil seguir el mundo de hoy y hacer comprender la relevancia o las implicaciones de hechos aparentemente inconexos.


El transformado papel de los medios

Pero junto con estas posibles causas no puede obviarse el transformado papel de los medios de comunicación. De la prensa, pero también de la televisión.

La influencia de esta última es innegable. Como principal intrumento de la comunicación de masas, se atiene a una regla no escrita: las noticias nunca deben aburrir. Si un canal nos aburre, pasaremos a otro, aunque se hable de cuestiones internacionales que afecten directamente a nuestra seguridad o bienestar. La televisión, naturalmente, depende de la audiencia y de los ingresos por publicidad.

El ciclo informativo de 24 horas y la obsesión con las imágenes y los "famosos" han cambiado muchas cosas. La vida sexual de un presidente provoca mayor interés por parte de los medios que el contenido de sus políticas. En la batalla por la audiencia y los ratings, el objetivo no es tanto cubrir cuestiones importantes, sino hacerlas interesantes, tratarlas de manera que no aburran, es decir, entretener (de ahí que se hable de la cultura del entertainment). La respuesta de los responsables de televisión es que la gente está más interesada en la personalidad de las figuras públicas y en sus intimidades, que en la política o los asuntos internacionales.

En el caso de la información internacional se llega al extremo. Como ha escrito un veterano corresponsal y periodista norteamericano, David Halsbertam, las noticias del mundo exterior sólo son importantes para la televisión si:

1. algo dramático y violento ocurre a los compatriotas;

2. si, a pesar de la ausencia de nacionales, hay imágenes violentas o

3. espectáculos como el entierro o coronación de un monarca o acontecimientos como la retrocesión de Hong Kong.

Cuanto más exótico el espectáculo, mejor.

Es innegable que un mundo extraordinariamente complejo debe ajustarse a un formato tan enemigo de la complejidad como es el de la televisión, pero eso no significa que no pueda hacerse de otra forma. Para muchas personas cuya única o principal fuente de noticias es la televisión, la imagen del mundo que se transmite es limitada y simplista, amenazadora -sólo se destaca la violencia- y profundamente distorsionada. Baste recordar, por mencionar un par de casos, la guerra Irán-Irak, en la que murieron más de un millón de personas y que recibió menor cobertura que los conflictos en los Balcanes. O las hambrunas de Sudán, más desapercibidas que las de Somalia. Como alguien dijo entonces, "Sudán fue Somalia sin la CNN".

Todo ello se traduce en un mayor aislamiento del mundo y en la convicción de que los hechos ordinarios -es decir, no espectaculares- que ocurren en otros lugares del planeta no tienen influencia sobre nuestra vida. Pero hay otro efecto enormemente empobrecedor. Si la televisión trivializa cuestiones complejas pero esenciales, o renuncia siquiera a cubrirlas, ¿no se banalizará también el debate público? En una sociedad democrática, la parte más crítica del sistema de comunicaciones -la televisión- está bloqueada porque lo que importa no es la perspectiva, el contexto o los problemas más urgentes, sino aquellos que proporcionan mejores imágenes.

La prensa siempre ha tratado la información de manera diferente a la televisión. Aunque no escapa a su influencia -debe pedirse el menor esfuerzo posible al lector, inundarlo de fotos y gráficos, hacerlo todo más visual....- los contenidos no dejan de ser importantes y por eso los medios impresos también tienen distintos problemas respecto a la asuntos exteriores. Uno no menor es el coste que implica tener información, analistas y corresponsables propios. Muchos medios lo suplen con los despachos de agencia que, por la concentración empresarial de los medios, ofrecen puntos de vista uniformes y no siempre adaptados a los lectores de cada país. Al mismo tiempo, hay una presión por cubrir noticias urgentes en artículos breves, sin que pueda disponerse de tiempo para elaborar artículos en profundidad.

En varios estudios realizados en EE UU, las cifras son ilustrativas. Según la Oficina Nacional de Publicidad, la cobertura de la información internacional en la prensa cayó del 10,2 por cien en 1971 al 6 por cien en 1982. Un estudio de la Universidad de California realizado en 1989, concluyó que en los 10 principales diarios norteamericanos, las páginas de información internacional se habían reducido al 2,6 por cien. Algo parecido ha ocurrido con los semanarios. El espacio dedicado a las cuestiones exteriores se redujo, entre 1985 y 1995, del 24 por cien al 14 por cien en la revista Time y del 22 por cien al 12 por cien en Newsweek. El director de esta última llegó a afirmar que sacar en portada un tema internacional se traducía en una caída del 25 por cien de las ventas en los quioscos.

El negocio periodístico se ha transformado. Al frente ya no hay periodistas, sino empresarios y financieros. Y la información internacional no parece ser muy rentable. Por ello, la principal amenaza a un seguimiento inteligente de las cuestiones internacionales quizá no sea tanto una falta de interés como la concentración de la propiedad de los medios, que se traduce en una estrategia orientada a la búsqueda de beneficios. Cuando se trata de atraer la atención del consumidor en un mercado muy competitivo, será difícil que se haga hincapié en los complejos asuntos de la agenda internacional. Sin embargo, es la prensa, como único medio que puede ofrecer una informacion global y de calidad, la que debe hacer que los asuntos internacionales sean relevante para los lectores.


Cómo influyen los medios

La inmediatez de la televisión, que ofrece imágenes instantáneas, e Internet son factores que afectan la manera en que hoy se elabora la política exterior. También influyen, sin duda, los editoriales de unos pocos periódicos de calidad. Evidentemente, los medios no deciden la política, pero hoy es prácticamente imposible formular una política exterior sin tener en cuenta a los medios. Tanto en lo que se refiere a prioridades como a decisiones específicas.


La nueva agenda política

Los medios de información, en primer lugar, pueden afectar a la agenda de la política exterior. Los conflictos en la antigua Yugoslavia son un buen ejemplo reciente.

De 1992 a 1995, los presidentes Bush y Clinton no creyeron que la guerra en Bosnia amenazara los intereses norteamericanos lo suficiente como para enviar sus tropas. No obstante, las repetidas imágenes sobre lo que estaba ocurriendo obligaron a los presidentes a prestar atención al conflicto. El pasado año, cuando estalló la violencia en Timor Oriental tampoco se consideró en principio una cuestión importante para EE UU. De nuevo, la televisión y los periodistas que ponían en entredicho la política seguida obligaron a que la Casa Blanca lo incluyera en su agenda. Los medios también actúan a la inversa, es decir, puede haber menos presión para que se preste atención a un conflicto -como las guerras civiles en África occidental- si éste no genera interés en los medios de comunicación y no hay ningún imperativo de seguridad nacional.

Una de las características más interesantes que presenta la era de la información es la democratización del acceso a los recursos de los medios, lo que significa que un mayor número de grupos tienen capacidad para influir en la política exterior. Políticos y diplomáticos tienen que compartir su función con actores no gubernamentales, ONG, defensores de los derechos humanos y ecologistas, entre otros, que tienen acceso a los medios y reflejan en ellos sus prioridades. Baste pensar en la movilización a través de Internet que detuvo las negociaciones en la OCDE sobre el Acuerdo Multilateral de Inversiones (MAI) u organizó las protestas en Seattle contra la reunión ministerial de la OMC el pasado año, o contra el Banco Mundial y el FMI en Praga a finales de septiembre.

Probablemente los medios influyen menos en la elaboración de la políitioca exterior de lo que se dice, pero sí se dejan sentir en una cuestión muy precisa: la política de ayuda humanitaria. Las imágenes de televisión de gente que sufre hambrunas, enfermedades o desastres naturales, o los movimientos de refugiados suelen ir acompañadas de la exigencia de "hacer algo". Por su efecto en la opinión pública pueden hacer que los gobiernos se involucren en lugares donde de otra manera nunca lo hubieran hecho. Ocurrió en Etiopía a mediados de los ochenta, en Ruanda tras el genocidio de 1994, en la ex Yugoslavia o en las inundaciones de Mozambique de este año. Pero que se preste atención a las urgencias humanitarias y que haya una nueva presión por parte de la opinión pública no significa que las decisiones finales vengan dadas por los medios.


Medios y políticos, ¿quién utiliza a quién?

La presencia de cámaras de televisión en los conflictos armados no sólo ejerce unos límites sobre las acciones que se emprenden, sino que traslada el foco de las hostilidades de las fuerzas del enemigo a la opinión pública en casa.

Desde el fin de la guerra fría, ningún oponente de EE UU ha tenido los medios para hacer frente a su poder. La única respuesta viable consiste no en fijarse objetivos militares, sino en la opinión pública de EE UU mediante actos terroristas contra civiles o instalaciones norteamericanas en el extranjero; la guerra cibernética contra ordenadores; o la utilización de los medios, sobre todo de la televisión. Somalia, Haití, Irak, Bosnia o Kosovo son algunos ejemplos.

Después de la primera noche de la Tormenta del Desierto, Saddam Hussein perdió sus defensas aéreas, pero supo utilizar los medios. Cuando los bombardeos de los aliados acabaron con un bunker en el que murieron carbonizados 300 mujeres y niños de familias militares, Saddam -el 13 de febrero de 1991- invitó a las cámaras de televisión occidentales a filmar el escenario. Resultado: el argumento de Washington de que se trataba de un legítimo objetivo militar -un centro de mando y control- se convertía en irrelevante. Al régimen iraquí le preocupaba poco la vida de mujeres y niños, pero comprendió que la mejor manera de detener el bombardeo de Bagdag consistía en permetir el acceso a los medios de comunicación. Y así ocurrió: al ver aquellas imágenes, la opinión occidental reaccionó contra los bombardeos y éstos se redujeron.

En la guerra de Kosovo, de manera parecida, el régimen de Milosevic tenía escasas posibilidades de derribar a los bombarderos o a los misiles crucero de la OTAN. Así que el régimen trató de utilizar los medios occidentales para reducir el apoyo a la guerra entre la opinión pública occidental. Las televisiones debidamente informaron del bombardeo de la estación de televisión serbia, de la sede del partido socialista serbio, los puentes, los convoyes de refugiados en Kosovo, etc... Esas imágenes sembraron las dudas entre un electorado que había estado a favor de la acción militar cuando comenzaron los bombardeos. Al concluir las operaciones, el apoyo al mantenimiento de los bombardeos había caído por debajo del 50 por cien y puede dudarse que la acción militar hubiera podido mantenerse durante mucho más tiempo.

Éste es un aspecto de los conflictos nuevo, propio de nuestro tiempo. No había reporteros de la alianza cuando se bombardeó Berlín, Hamburgo o Dresden. No había periodistas alemanes que cubrieran las trincheras de los aliados en la primera guerra mundial. La distancia entre los hogares y el campo de batalla ha desaparecido, y esto ha transformado a los periodistas de meros observadores en protagonistas.


Los medios, complementos de la diplomacia

Las nuevas tecnologías de la información, que permiten a los medios cubrir los acontecimientos en tiempo real, fácilmente superan la capacidad de la diplomacia para reaccionar a las crisis internacionales.

Los medios no reemplazan a la diplomacia, pero la complementan y crean nuevas presiones. Es posible que los líderes políticos reciban las primeras noticias de una crisis por medio de la CNN, antes que por un cable de una embajada, pero ello no elimina la necesidad del análisis y los informes de esa embajada. Los medios, por otra parte, también sirven para hacer llegar mensajes a líderes extranjeros, especialmente durante crisis en las que el contacto directo está suspendido.

Los medios crean sobre todo una presión de tiempo. Los largos días en que MacNamara se encerraba con Kennedy a puerta cerrada durante la crisis de Cuba son un lujo inimaginable hoy día. La transmisión inmediata de la información y la ubicuidad de los medios implica que los líderes deben tomar decisiones y hacer declaraciones más rápidamente de lo que quisieran. No pueden permitirse decir a los medios que esperen. Y, lógicamente, la presión del tiempo, junto con la guerra de información con el adversario puede llevar a cometer errores. La información fragmentada de la OTAN sobre el bombardeo accidental de un convoy de refugiados en Kosovo, luego corregida varias veces, minó la credibilidad de los esfuerzos de la Alianza.

Se trata, pues, de una espada de doble filo. Durante la guerra del golfo, el presidente George Bush utilizó la televisión en varias ocasiones para dirigirse directamente al líder iraqui. Durante la guerra de Kosovo, las secretaria de Estado de EE UU, Madeleine Albright, tambien utilizó los medios para llegar a distintos grupos serbios. A medida que los conflictos y el mantenimiento de la paz cada vez más se vuelven cuestiones multilaterales, ésta sera una tarea más difícil. Algunas veces es necesario enviar mensajes con matices diferentes a audiencias diferentes. La revolución en las telecomunicaciones y el fin de la guerra fría -que ha hecho que los asuntos internacionales parezcan menos urgentes- obliga a quienes elaboran formular la política exterior a tener en cuenta estrategias de comunicación más complejas y a emplear una diversidad de medios.

En caso de conflicto, el riesgo para los periodistas es el de manipulación. Kosovo constituye el ejemplo más reciente. Los periodistas occidentales en Belgrado tenían pocas opciones. Si participaban en las visitas organizadas por el gobierno para visitar los lugares atacados por la OTAN e informaban sobre lo que el régimen serbio les presentaba como la verdad, se arriesgaban a verse considerados como instrumentos serbios. Si se negaban, corrían el riesgo de su expulsión o de perder las imágenes a los medios de la competencia. En realidad, los periodistas se vieron explotados por los dos lados del conflicto. La OTAN intentó manipular a la prensa para que creyera en la fortaleza de la cohesión aliada y que los bombardeos estaban siendo efectivos. Los serbios, por su parte, utilizaron los medios occidentales para erosionar el apoyo político interno. El público tenía que contar con la desinformación de ambos lados.

Un general de la OTAN se expresó así, según recoge un libro recientemente publicado en Francia sobre los periodistas y la guerra de Kosovo: "Para los medios teníamos una táctica bastante eficaz. Casi siempre conocíamos las causas y consecuencias de nuestros errores. Pero a fin de anestesiar a la opinión pública decíamos que habíamos ordenado una investigación y no revelábamos la verdad hasta 15 días más tarde, cuando ya no interesaba a nadie. La opinión se fabrica como cualquier otro producto".

A pesar de todo, hoy existe una mayor transparencia. Antes de atacar determinados objetivos, ya se ha preparado a la opinión por los briefings (pero también se reducen por ello las opciones diplomáticas y militares: por ejemplo para decir, en un guiño a la opinión pública, que no habrá intervención terrestre). Ésta es otra importante novedad: en las guerras del pasado, los beligerantes escondían sus intenciones. Hoy, ambos lados la transmiten en directo. En la guerra tradicional los beligerantes querían hacer un daño real; hoy, como escribe Ignatieff, se trata más bien de causar un daño en las percepciones, para hundir o minar la moral civil, el ánimo de los ciudadanos.

Los serbios sólo tenían que seguir las conferencias diarias de prensa de la OTAN para conocer los próximos objetivos de la Alianza. Cuando los periodistas occidentales, por ejemplo, recibieron la orden de estar lejos del edificio de la televisión en Belgrado el día del previsto ataque, los funcionarios serbios supieron que ese ataque era inminente.


Conclusiones: la inevitable especialización

Aunque la cobertura de los asuntos internacionales se va reduciendo en los medios de información general, hoy más gente que nunca, incluidos los españoles, trabaja y viaja al extranjero: desde empresarios a estudiantes, desde turistas a profesionales. Es gente que demanda información internacional, aunque no siempre enfocada hacia la política.

La tensión entre las prioridades del periodismo y las comerciales probablemente no tiene solución. Pero el papel de los periodistas y de las organizaciones de información tiende a reducirse. Los flujos de información a través de Internet y otras tecnologías superan todo esfuerzo por controlarla. Vivimos en la era de la información, pero ésta ya no sólo la suministran los medios generalistas. Cualquier persona que viaja es, de facto, un corresponsal extranjero. Y quienes tienen interés en lo que ocurre en otros países encontrarán acceso a una gran diversidad de fuentes y de información muy superior a la que ofrecen esos medios de información general. Por eso quizá haya que preguntarse si el seguimiento de los asuntos internacionales sigue siendo importante.

Sin duda lo es. Aunque haya menos información internacional en las portadas y menos páginas, hay que pedir más de los corresponsales, no menos. No se trata de reducir la información internacional sino de enfocarla de manera diferente. Hay que hacer menos hincapié en los conflictos y en las historias políticas y más en otras cuestiones globales.

Pero ello exige saber distinguir lo relevante de lo que no lo es, poner los problemas en perspectiva y explicar las conexiones entre los hechos internacionales y las preocupaciones nacionales. No tiene sentido cubrir las elecciones en un determinado país sin proporcionar al lector un análisis de la situación de ese país y por qué esas elecciones son importantes. Hay que saber explicar por qué las cifras de la economía de EE UU o la estabilidad monetaria de China también afectarían a su vida diaria o cuáles son los verdaderos problemas de fondo en la nueva crisis del petróleo. El reto consiste, así, en la calidad y profundidad del conocimiento y del análisis de quienes escriben en los periódicos para satisfacer una demanda que, aunque relativamente pequeña, es cada vez más exigente.

Hoy hay muchas más fuentes, además de la prensa, para estar informados. Pero esos flujos de información a través de medios no tradicionales no convierten en irrelevantes a la prensa ni a los corresponsales. El acceso a mayor y más especializada información tiene sin duda sus ventajas. Pero incluso los expertos necesitan a los medios de información general para las noticias en campos que no son los suyos. Por eso la especialización de los periodistas es hoy esencial. Sin las viejas certezas de la guerra fría que sirvan de orientación, hay que procesar toneladas de información, en la que sobresale la banalidad y la superficialidad. Con curiosidad y con capacidad para informar desapasionadamente, los periodistas deberían estar bien equipados para observar e interpretar este mundo caótico y desordenado. Es un reto y al mismo tiempo una gran oportunidad para explorar todas las posibilidades de este oficio.

Quizá no haya razones para que un golpe de Estado en Liberia sea primera página. Y quizá el menor interés público y de los medios por los asuntos internacionales no sea alarmante. Como ya se ha dicho, el número de publicaciones y de fuentes para el experto se han multiplicado. Pero la política exterior de un país requiere la participación y el conocimiento de toda la sociedad. El periodismo consiste en buscar y ofrecer a los lectores la información necesaria para comprender los problemas públicos y, guste o no, las cuestiones internacionales son hoy inseparables de las nacionales. Las elites en el gobierno, las profesiones o las empresas tienen sus propias fuentes de información. Es el público general al que se aislará y apartará del debate público si los medios no saben cómo ofrecerles de manera interesante y relevante los grandes problemas internacionales de nuestro tiempo.


Fernando Delage es subdirector de la revista Política Exterior.

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ÚLTIMA REVISIÓN: 19/11/2000